CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

PEQUEÑO GRAN MILAGRO
Hernán Federico Buteler Bonaparte


30 de marzo de 2019 - Por medio de la señora Mirta, la Santísima Virgen nos manda un claro mensaje de esperanza: a pesar de lo difícil que es encontrar verdaderos sacerdotes católicos, sacramentos verdaderos, a pesar de toda la oposición que la vida moderna presenta a quienes queremos llevar una vida que sea verdadero camino al cielo, a pesar de los obstáculos que humanamente parecen insalvables, debemos creer con toda fuerza que si cumplimos con nuestras obligaciones de cara a Dios, Nuestra Señora en la hora de la muerte no nos abandonará.


Pequeño gran milagro

Los sacerdotes de “El Retiro,” Molinari, provincia de Córdoba, Argentina, padres Julián y Pío Espina Leupold y Gabriel Graciani, tenían una benefactora en la cercana localidad de Cosquín, que sin ser parte de su feligresía, siempre se mostró generosa y atenta con ellos.

Mirta era su nombre; dueña de una panadería y como tal tenía atenciones que demostraban un alma noble. Hace un tiempo enfermó de gravedad y fue internada en un renombrado hospital de Córdoba.

Enterado de esto, en uno de sus habituales viajes a la ciudad a celebrar misa, el padre Julián fue a visitarla, conversó un rato y le dejó un escapulario verde, que tiene la gracia de dar una muerte en gracia de Dios a quien lo lleve.

Mientras tanto, la enfermedad progresaba y nunca se planteó de parte de Mirta el deseo de que fuera uno de los sacerdotes de El Retiro quien la asistiera con los sacramentos.

En otra oportunidad, fue el padre Pío quien viajó a Córdoba y acordó con el padre Julián hacer una visita a Mirta. Por un descuido, no llevó la información acerca de dónde debía buscarla en el hospital. Una vez en el lugar, intentó hablar con el padre Julián para que le diera el número de habitación y por diversas razones - falta de señal en Molinari, ocupaciones del padre Julián, etc. - no pudo hacerlo. Intentó localizarla por su nombre (no sabía el apellido) en recepción y aunque lo atendieron con mucha amabilidad no pudieron ayudarlo. El sanatorio en cuestión es muy grande, tiene cientos de camas y después se enteraron que la señora estaba inscripta allí como Marta y no con su verdadero nombre. Todo parecía conspirar para que la visita no se concretara.

Ya en la calle y a punto de retirarse, el padre Pío recordó que en la agenda de su teléfono tenía registrado un número que había sido de Mirta pero que actualmente lo usaba su hija. Llamó a ese número, lo atendió la hija de Mirta y le contó que estaba en la habitación con su madre. Pudo por fin entrar a saludarla. Su estado había empeorado; era frecuente que pidiera silencio y que la dejaran descansar. No obstante esto, el padre Pío la encontró lúcida como hacía días que no se la veía; la señora aceptó que le diera los sacramentos que el sacerdote había llevado, sabedor de la condición de gravedad de su enfermedad. Así lo hizo el sacerdote y se retiró del lugar contento con el buen suceso de esa visita que al principio se le planteó como imposible de concretar.

Al día siguiente Mirta falleció en Gracia de Dios. La promesa de la Virgen para quienes llevaran el escapulario se había cumplido.

Dos o tres días después, el padre Julián se encontró en Cosquín con un hijo de Mirta; le dio el pésame y le comentó lo aliviado que estaba por saber que había fallecido con los sacramentos. La respuesta del hijo fue sorprendente:

– “¿Sabe una cosa padre? Mi hermana tenía el teléfono apagado en su bolso. De repente mamá le dijo que atendiera el teléfono porque estaban llamando. Sorprendida, buscó el teléfono en el bolso, lo encendió y recibió la llamada del padre Pío…”

No existen los milagros pequeños. Pero éste sin duda lo es en un sentido. No hay filmaciones ni grabaciones ni “selfies” para difundirlo en las redes. En un marco de intimidad – una señora enferma, su hija y un sacerdote - “apenas” si sirvió para llevar un alma al cielo.

Se dice que el milagro, para ser tal, debe llevar una enseñanza, un significado.  En este caso, es lícito hacer un análisis que puede parecer irreverente: ¿quiso Nuestra Señora cumplir con su promesa? No podría ser de otra manera, pero convengamos que el camino elegido fue por lo menos complicado. Más simple hubiera sido si el padre Pío, al salir de Molinari hacia Córdoba hubiera llevado la información necesaria: nombre de la señora, habitación en que se encontraba…

Debemos creer que la Santísima Virgen nos manda por medio de la señora Mirta un claro mensaje de esperanza: a pesar de lo difícil que es encontrar verdaderos sacerdotes católicos, sacramentos verdaderos, a pesar de toda la oposición que la vida moderna presenta a quienes queremos llevar una vida que sea verdadero camino al cielo, a pesar de los obstáculos que humanamente parecen insalvables, debemos creer con toda fuerza que si nosotros cumplimos con nuestras obligaciones de cara a Dios, Nuestra Señora en la hora de la muerte no nos abandonará.

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IGLESIA CATÓLICA 2019