CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

LUEGO DE LA VICTORIOSA
DEFENSA LA VIRGEN GENERALA
R. P. Cayetano Bruno SDB


LUEGO DE LA VICTORIOSA DEFENSA LA VIRGEN GENERALA - R. P. Cayetano Bruno SDB

     Donde mayor regocijo provocó acaso la noticia del triunfo patriota fue en Córdoba. Tenían empeñada los cordobeses su devoción ya proverbial a la Virgen del Rosario en su advocación "del Milagro". Y mantuvieron viva la fe, según escribió Ambrosio Funes a Liniers después de la victoria:

   "Aquí estábamos en la firme confianza de que Ella era la que infundía a Vuestra Excelencia toda la virtud y brío que acreditan sus heroicas empresas; ...persuasión apoyada quizá en ciertas profecías de almas justas".

   Ahora que se recibía el anuncio de la victoria final, la impresión había de ser honda, incontenible.

   Describen los contemporáneos la escena inolvidable. Precisamente el 15, último día del novenario que había ordenado el Cabildo, llegaba a Córdoba la feliz nueva. Los documentos de la época, inéditos los más, abundan en pormenores acerca del gozo y clamoreo que produjo.

  Primeros depositarios de la noticia fueron los hermanos Funes, el deán Gregorio, gobernador del Obispado en sede vacante, y D. Ambrosio, alcalde de primer voto. A ellos se había dirigido Liniers oficialmente con arrebatados conceptos.

   Era "poco después de las oraciones de la noche", cuando azorados y temblorosos aprendieron en los firmes trazos del Reconquistador el feliz desenlace de la aventura que tan sobresaltados los había traído hasta esos instantes. Corrieron inmediatamente a informar a D. Martín de Sarratea, padre político de Liniers, que por entonces se hallaba en Córdoba. En la calle, pese a la rigidez de la estación invernal, se fueron formando grupos que crecían por momentos y atronaban los aires con sus aclamaciones destempladas...

   Pero dejemos la pluma al bueno de D. Ambrosio, quien, en carta a Liniers, volcará toda la emoción de aquellas horas. Así comienza:

   "¡Gloria a Dios, gloria a su Santísima Madre Nuestra
Señora del Rosario, gloria a Vuestra Excelencia! ...
"


  Y describe luego el efecto que había producido la noticia: "Al instante que se cercioró el público de tan esclarecido triunfo ya todos salimos fuera de nosotros mismos, y corríamos en tropas a casa de su padre político: se le llenó prontamente (la casa); y sin darnos lugar los unos a los otros nos arrebatábamos las cartas de las manos.¡Qué gozo! ¡Qué júbilo! ¡Qué alabanzas a Dios y a su Héroe invicto! ¡Qué de abrazos tan sencillos y tan tiernos aun entre quienes ni se trataban, ni acaso se conocían! ¡Qué encantadoras son las maravillas del Señor y de su dulcísima Madre!".

   Los convencí luego que "aunque fuese hora incómoda e intempestiva corriésemos todos a los pies de Nuestra Señora del Rosario..." "Al estar en la calle gritábamos: a Santo Domingo, a Santo Domingo..."

   Formóse de esta suerte una alegre teoría que enfiló clamorosa hacia el templo de la Madre "del Milagro". Sigue el propio Funes trayendo, en otros documentos, curiosos pormenores de aquella noche inefable:

   "Al momento resonaron las aclamaciones, el cañón y las campanas. Un inmenso pueblo fue, corrió, voló al templo y capilla de Nuestra Señora del Rosario, Madre Augusta del Salvador del Universo, a rendirle nuestra más tierna gratitud, en aquella noche a pesar de su frígida rigidez".

   Revestido con los ornamentos litúrgicos "en su propia capilla postrado ante la referida imagen entonó la Salve el señor deán Dr. D. Gregorio Funes, provisor y gobernador del Obispado, y después el tedéum con toda la comunidad (dominica)".

   Ni aun la gravedad del templo, aumentada por el silencio medroso de aquella noche de invierno, logró calmar el encendido entusiasmo del pueblo cordobés. Sigue describiendo Funes la escena patética en su carta a Liniers:

   Concluido el Tedeum "como ya no pude contener los vehementes impulsos del gozo prorrumpí en esta aclamación: ¡Viva María! Al instante los religiosos que me rodeaban repitieron la misma (aclamación) y luego el inmenso pueblo que ya no cabía en el templo, repitiéndose muchas veces. Entretanto que salía el Rosario por las calles unos lloraban, otros lo rezaban, otros suspiraban de tierno placer, y todos estábamos pendientes de la vista de aquella prodigiosa Señora que parecía entonces más bella, más augusta, más placentera y satisfecha de los gratos transportes de cuantos concurrimos".

   No pararon allí. Al salir del templo, "a pesar de una noche tan fría", formóse nueva procesión entre bulliciosa y devota; "cantando las alabanzas del Santísimo Rosario con otra imagen de su advocación". El entusiasmo iba en aumento así que llegaba más gente atraída por el clamoroso concierto de voces de hombres, mujeres y niños. Era aquello un grito del alma entremezclado de lágrimas y sollozos, el desahogo espontáneo de un pueblo dichoso, el palpitar sonoro y atropello de mil corazones amantes que rendían a la Reina del Rosario el homenaje sensible de su amor y gratitud.

   Terminada la procesión continuó la algazara. Los corrillos se formaban y deshacían bulliciosos, vocingleros, en un ir y venir apresurado que contrastaba sensiblemente con el somnoliento agonizar de los faroles. Por tres veces -comenta Funes- se organizó aquella noche el desfile popular a los gritos. de: "Viva María, viva nuestro Monarca, viva nuestro héroe el Excmo. Sr. D. Santiago Liniers, viva la España, viva el Cabildo de Buenos Aires. ... y así seguirá siempre.

  Casi siempre se empezaba o terminaba en casa de Sarratea o en la del alcalde Funes. Y así una y otra vez.

   Tal era la Córdoba de antaño: devota, bulliciosa, ingenua... Liniers ofrece a la Virgen del Rosario los trofeos tomados "a los enemigos de su culto".

   Quedó fijado el domingo 23 de agosto para dar "gracias al Dios de las batallas por medio de su Divina Madre". Más lucidos habían de resultar los festejos porque ya se tendrían entonces las dos banderas tomadas a los ingleses que Liniers ofrendaba a la milagrosa imagen del Rosario.

   El 27 de julio las remitió el Reconquistador a su apoderado Letamendi "para que como hermano mayor de nuestra Augusta Cofradía del Rosario, las ofrezca usted al convento de Predicadores de esa Ciudad, en testimonio de mi gratitud del novenario solemne que hicieron pidiendo a la Madre de Misericordia el feliz éxito de mis esfuerzos contra los enemigos de su culto".

   Llegaron, efectivamente, dichas banderas y ocuparon el puesto de honor junto al altar. Letamendi, sin embargo, las entregó oficialmente semanas después, por haberse extraviado el oficio con que se las remitía. Consignábalas el apoderado de Liniers al Prior del convento de Santo Domingo "como un testimonio público de la tierna gratitud que acredita (el Reconquistador) a la Excelsa Madre de Nuestra Señora del Rosario, en reconocimiento de la divina especial protección con que consiguió dicha victoria, tan debida a Ella, como la que reportó en la Reconquista".

   Al recibirlas el Prior del convento prometía su conservación "para perpetua memoria de los admirables triunfos que han logrado todos los devotos de esta Divina y portentosa Madre de las Misericordias".

   La fiesta debía revestir extraordinaria suntuosidad. Nada podía faltar para que fuese completo el homenaje a la Excelsa Reina.

   La Virgen debía bajar de su nicho de Reina y ponerse al alcance del pueblo, para que pudiera este desahogar su piedad, teniéndola allí cerca como a una Madre a quien sus hijos alborozados hacen mil cumplidos cariñosos. y así, a su vista, recibirían todos con más fervor la visita de Jesús.

   El Ayuntamiento, y singularmente su Alcalde, se deshacen en estos piadosos sentimientos cuando en 19 de agosto resuelven la celebración de la victoria en Santo Domingo, "con el objeto de tributar las más sentidas gracias y la más expresiva gratitud al Dios de los Ejércitos ya su Santísima Madre Nuestra del Rosario, por la insigne victoria que mediante su visible especial protección consiguieron las armas de nuestro Soberano".

   "En esta inteligencia -agregan dirigiéndose al Prior de los dominicos- espera el Ayuntamiento, se sirva franquear esa santa iglesia para el primer domingo 23 del corriente, y conceder que se extraiga de su nicho a la prodigiosa imagen de esa advocación, al Altar Mayor, a fin de que éste su devoto pueblo, desahogue el gozo habitual que tiene de su augusta presencia disfrutándola así más de lleno, y más en circunstancia de que también conseguirá la de su Divino Hijo en el Sacramento del Altar."

Solemnes ceremonias.

   Llegó por fin el gran día, Descríbelo en página trunca D. Ambrosio Funes, "el más electrizado -según propia confesión- con estos prodigios de la Augusta Madre de Dios, Nuestra Señora del Rosario, gran devoto de esta advocación".

   Comenzaron los festejos el sábado por la mañana con "repiques generales, cohetes y camaretas". "A mediodía y a la noche... se cantó la célebre Salve de Pergolese, que gustó acompañar dicho Alcalde de primer voto, que la maneja con fina destreza". La entonó el Deán después de haber puesto al Señor de manifiesto.

   "Se colocó el Sacramento en la parte superior del nicho del altar principal, en el centro de un óvalo de esmaltes de diversos colores que variaban en cada momento, según variaban las luces artificiales y los puntos de vista adonde despedían los reflejos. Estaba circundado de rayos bien formados y todo el óvalo se sostenía en una graciosa nube envestida de los rayos inferiores, diseminada de Serafines. En la parte de arriba, al ancho del cornijón, se puso una gran corona que hacía las veces de un dosel, adornada de flores y de pedrería artificial, todo sobre el campo de color de caña de que lo era el tafetán destinado a este efecto. Partían de sus lados dos largas cortinas celestes que se asemejaban aun pabellón."

   Al pie de la nube se puso el famoso simulacro de N. Sra., con un vestido de rico brocado encarnado con flores de plata y sus joyas comunes, sobre un sencillo y vistoso pedestal proporcionado a su tamaño, cubierto de vestido de razo que remedaba al jaspe liso de claro amarillo con fajas y filetes de esmaltes violados. Tenía dos ángeles pequeños a los lados, que mostraban en sus banderas los nombres de Jesús y María, que son escultura facultativa. Todo lo demás lo ocupaban velas de bello adorno, jarras de flores acomodadas con simetría y buen orden, seis banderas de seda de distintos colores que cubrían los costados del altar hasta el friso y las dos inglesas que consagró por trofeos a la Divina Señora a los pies del altar, sueltas hasta el pavimento. Las pilastras de la nave principal se cubrieron de tapices, y todo respiraba gravedad, sencillez, gusto y devotos afectos, pareciendo entonces que el Santísimo y la Soberana Emperatriz despedían más destellos de sus bondades y su gloria".

   La fiesta del domingo 23 fue un desborde de piedad y sana alegría. Precedidos por repiques y salvas "que tan bien se imitaban con camaretas", entraron en el templo de Santo Domingo para la Misa Solemne lo más representativo de la sociedad cordobesa, todas las autoridades, ambos Cabildos, el Clero "y un inmenso pueblo que parecía ahogarse consigo mismo".

   Pronunció en esa ocasión el Deán, como gobernador eclesiástico del Obispado en sede vacante, una conceptuosa pieza oratoria, síntesis acabada de las bondades de María en ambas Invasiones. Aludiendo ala feliz coincidencia de haberse obtenido la victoria final por los mismos días en que se postraba la Ciudad a los pies de la Virgen tuvo frases elocuentes: "Ella os oyó más allá de vuestros deseos, y para manifestar su clemencia, hizo que fuese tan rápida la ventura que apenas se distinguiese del ruego".

   No podía esperarse más válido apoyo de la Reina de cielos y tierra a la causa patriota. Por lo que debían todos mostrar su gratitud a la gloriosa Reconquistadora: "La Religión y la Patria convidan hoy, pues; a sus oradores a rendir acciones de gracias a la Virgen del Rosario, autora de nuestra dicha, como también a los héroes que le han vengado".

   No se les agotó con este acto a los cordobeses la gratitud a la Virgen. Habían resuelto los frailes de Santo Domingo celebrar todos los años "una Misa solemne en gloria de Dios y de su Santísima Madre". Y el 18 de septiembre propuso el alcalde Funes "al notorio celo de este Ilustre Cabildo en aumentar las glorias de la Augusta Madre de Dios Nuestra Señora del Rosario y a su piadosa gratitud, se digne acordar... la demuestre por un testimonio perpetuo: ...que asista siempre este Ilustre Cabildo a la festividad anual establecida en el primer domingo de octubre en conmemoración de tan insignes prodigios y victorias". 

   Quiso asimismo la cofradía del Santísimo Rosario recordar perpetuamente la victoria, conforme notificaba Funes a Upiers el Ira:'! 16 de octubre de 1807 :

   "La cofradía del Rosario también ha instituido una Misa solemne todos los domingos primeros de julio con tedéum en memoria y gratitud de la última victoria, y por las banderas que se dignó Su Excelencia dar por trofeos a esta milagrosa imagen".

   Consérvanse dichas banderas en sendas vitrinas junto a la efigie secular. La luz, el polvo, los años, han apagado el vívido resplandor de sus colores primitivos, hasta cubrirlas de esa pátina esfumada que da a las cosas el tiempo cuando las reserva para la eternidad.

   Pero son un símbolo de lo que puede el hombre cuando se apoya en María. Simbolizan algo más: nuestra idiosincracia, nuestras tradiciones, nuestro ser específico y aun nuestra vida de nación la, soberana que halla en María su más válido sostén, como que es Ella cifra y pendón de nuestra fe católica.

PROTECTORA DE CÓRDOBA

   La Virgen del Milagro del Rosario, de Córdoba, ha seguido después dispensando sus favores a esa ciudad, en los momentos más angustiosos de su rico y atormentado acervo histórico.

   Como, por ejemplo, en 1846, en que fecundó los campos con una lluvia largamente esperada, caso que se repite casi todos los años, pero que ese fue el de la sequía más apocalíptica de que tienen memoria los cordobeses.

  Igual protección les concedió en 1867, cuando el cólera morbo los azotó despiadadamente, dejando como saldo cientos de muertos. La epidemia cesó al sacar la imagen por las calles de su amada ciudad mediterránea.

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