CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

BREVE REFUTACIÓN DEL LIBREPENSAMIENTO
Abbé Freyet


Abominación endiosada por el Vaticano II

¿Qué es el librepensamiento del que algunos se jactan tanto? Ciertamente no es la libertad de decir cuanto yo quiera, pues hay quien me castigue con justicia cuando mis palabras hieren ciertos principios. Menos aún es la libertad de hacer cuanto quiera, pues hay quien me encarcele entre los aplausos de mis conciudadanos cuando hago ciertas cosas. ¿Es la libertad de pensar en mí mismo todo lo que quiera sin manifestarlo al exterior por la escritura, la palabra y el gesto?

Aquí, es verdad, estoy al resguardo. Dios y yo somos los únicos que penetramos en este santuario. El poder civil y la autoridad infalible que no conocen lo que pasa en mí no pueden juzgar de ello. No pudiendo uno ni otra juzgar al respecto, no tengo que temer su censura ni esperar sus recompensas. En este santuario estoy en casa, y sólo en él puedo decir en cierto sentido: pienso lo que quiero sin temer nada de parte de los hombres.

Claro que si éste es el librepensamiento y sólo allí puede existir, no hay nada que distinga a los librepensadores de los demás hombres, pues todos tienen esta libertad.

Para ejercer esta libertad al exterior, es decir para poder manifestar al exterior todo lo que uno piensa, por la palabra, la escritura y el gesto, sin temer los castigos de los hombres, hace necesariamente falta, pues, estar solo. Si vivo con mis semejantes, me probarán en muchas ocasiones que no soy libre de decirles y hacerles todo.

Si entonces quiero ser librepensador en el sentido que acabo de indicar, puesto que no puedo serlo de otra manera, me hace falta retirarme a una caverna de roca, y allí alimentarme de lo que se deje comer. Esta estadía y este género de vida no serán quizás muy alegres, pero, ¿qué importa, si en otra parte no puedo ser lo que quiero? Quien quiere el fin debe querer los medios que conducen a este fin.

Lo he probado, quien quiera habitar con sus conciudadanos no puede ni decirles ni hacerles todo lo que piensa. Tiran a la basura sus pretendidos títulos al librepensamiento y a él mismo lo meten en un calabozo todas las veces que falte a esta regla. El librepensamiento y la vida de sociedad son completamente incompatibles; nunca habitaron ni habitarán juntos. Porque si cada uno tiene la libertad de decir y hacer todo, los hombres se portarán entre ellos como los lobos en medio de los corderos. Querer a la vez ser librepensador y estar en sociedad, es parecerse a los locos que creen ser libres cuando doblan la espalda bajo el peso de sus cadenas.

Me viene una duda: ¿es seguro que en mi caverna de piedra yo pueda pensar todo lo que quiera? Si acaso pienso que no veo más claro al mediodía que a la medianoche, mi razón me dice en seguida que mi pensamiento es falso; y no soy libre de creer lo contrario. Si quiero pensar que dos y dos no son cuatro, se da la misma solución. Si pienso que no hay más que yo en el mundo y que nada hay sobre mí, las montañas que me rodean me contestan al punto que no son yo, que son más grandes y viejas que yo, que hay alguien sobre mí que las hizo, puesto que no puedo hacerlas existir ni mandarles que vuelvan a la nada; y no soy libre de contradecir esta decisión.

¿Dónde está pues en esta caverna el librepensamiento, si aún donde los poderes de la tierra no penetran, no puedo pensar todo lo que quiero? ¿Adónde huiría yo, pues, para ser librepensador? El librepensamiento no está en medio de los hombres, ni en los peñascos, ni dentro de mí mismo.

El Dueño que está en mí, a pesar de mí, me obliga a reconocer que sólo puede estar en quien no necesita de nadie. Quien necesita de alguien, depende de este alguien. El librepensamiento, pues, sólo está en Dios y no en el hombre, que no es dueño ni en sí mismo, ni junto a los demás.

Decirse, pues, librepensador, queriendo dar a entender con ello, como se lo hace, que uno tiene el derecho de decir y hacer todo lo que quiera, es como decir —aunque uno fuera ministro de instrucción pública— que sólo es un necio o un loco. ¡Si las teorías de este necio o loco se hacen contagiosas, el brazo secular tiene el derecho y el deber, después de haberlo degradado, de castigarlo, si es sólo un figurón mentiroso, y de encerrarlo en un manicomio, si acaso hay prueba de que cree en serio lo que dice!

De: L’Alphabet Politique, Abbé Freyet,

Traducción: Gentileza del Sr. Patricio Shaw

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MODERNISMO - LIBERALISMO