CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

A PROPÓSITO DE LA MEDIA SANCIÓN DE LA
LEY DE DESPENALIZACIÓN DEL ABORTO


18 de junio de 2018 - Publicamos el siguiente artículo, cuyas consideraciones, aunque referidas a la inicua ley de las uniones homosexuales, valen para el trágico momento que estamos viviendo.


SODOMA, AHORA AL AMPARO DE LA LEY

La Argentina se encuentra a las puertas de una gran desgracia, pues como decía lúcidamente Donoso Cortés: "Hay secretas analogías y profundas correspondencias entre las calamidades físicas y las desviaciones morales de la humanidad". Y admonitoriamente agregaba: "Las catástrofes se proporcionan siempre a las negaciones". (Fernando Roqué Garzón)


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   Ya en otra oportunidad (‘Alienación y anomia en los argentinos’) señalábamos, tomando como punto de partida el pensamiento de Sócrates acerca de la dike (justicia) que debe imperar en el recto ordenamiento de la polis, como reflejo de aquel otro orden inviolable que rige el universo cosmos, que en la comunidad política, no todo lo legal resulta justo, esto es conforme a esa dike superior, eterna, expresión en última instancia de la voluntad divina. En este mismo sentido, podemos afirmar que resulta de la propia naturaleza de las cosas, la necesidad de toda norma o instituto del derecho positivo, de respetar y conformarse con aquella dike o justicia entitativa,  es decir con los principios del derecho natural, las leyes que rigen el universo físico y las leyes morales que rigen la existencia del hombre -y que impresas en su conciencia, constituyen la base sobre la que ha de reglar su conducta; leyes y principios sabia y soberanamente estatuidos, de una vez para siempre, por el Creador, principio único y absoluto de todas las cosas.

   Pero he aquí que en estos días nos encontramos, en nuestro país, con una flamante  norma legal, que a todas luces no respeta  aquellos principios,  más aún, significa el desprecio liso y llano de las leyes con las que Dios estableció la humana criatura, junto a la sabia ordenación del mundo todo. Nos referimos, claro está, a la impúdicamente llamada ‘ley del matrimonio gay’ –y que nosotros preferimos llamar ‘ley primera del nuevo reino de Sodoma’ -, por la que se da sustento y respaldo legal a una forma de perversión y degradación moral del hombre, en clara transgresión –lo repetimos- de la voluntad misma de Dios, expresada de manera inequívoca en el “número y medida” (ley) con que cada cosa, y por cierto también el hombre, ha sido hecha y participa de la universal armonía de la Creación.

    Podríamos aducir aquí sólidas razones, incluso basándonos sólo en el derecho natural, es decir aun sin tener en cuenta los principios de la religión católica, con fundamento en la Revelación divina, para demostrar la torpeza e insanable nulidad de este engendro jurídico, pero queremos creer  que ya otros, especializados o peritos en estos temas, lo han de haber hecho con mejores recursos dialécticos que nosotros. Por lo demás, el solo hecho de entrar en este género de debate, aun cuando sea exhibiendo los más lícitos y contundentes argumentos, sobre una realidad que nunca debió ni pudo ser tema de discusión, se nos antoja  cuando menos innecesario, toda vez que lo obvio es justamente aquello que no necesita demostración. Lejos está de nuestro ánimo, entonces, el propósito de entrar en discusión con todos aquellos que se mueven como pez en el agua en la liza de las polémicas estériles, o que son avezados pescadores en ríos revueltos;  como  es el caso de esos insufribles “debates” sin fin que hemos presenciado en estos días, hasta saturar nuestros oídos, dentro y fuera del Congreso, en los medios de comunicación,  y en fin en casi todos los ámbitos de la vida ciudadana.

   Pero lo que sí no queremos dejar de subrayar, es la ominosa gravedad de este paso en dirección de la definitiva y abisal katábasis (descenso, caída) del hombre, como individuo y como sociedad. En efecto, ¿cómo podría minimizarse el que una comunidad política, por mano de sus representantes, elija la disolución moral de sí misma? Y éste es el caso, pues esta impía ley estatuye legalmente, sin más, las aberrantes uniones de hecho contra natura, esto es en abierta oposición y rebeldía –insistimos- hacia Dios, sumo y perfectísimo Creador y Legislador. Y para mayor abundamiento o colmo del mal, al darle rango y jerarquía de connubio a esos vergonzosos concúbitos, se trastrocar por completo la noción de matrimonio, y se destruye la institución misma, principio y fundamento de la propia sociedad civil, y no sólo para la civilización cristiana, sino también para muchos pueblos de la gentilidad  precristiana, como por ejemplo los romanos, que imbuidos de religiosa piedad, tuvieron la sabiduría de fundar sus instituciones políticas  y sociales sobre el firme basamento de leyes justas, respetuosas de un orden inviolable,  el de la justicia o dike superior al hombre, y que antes mencionamos. (Vid. Fustel de Coulanges: ‘La ciudad antigua’).

    No podemos pasar adelante sin citar aquí unos párrafos esclarecedores de Donoso Cortés, referentes al matrimonio y la familia. En su ‘Ensayo sobre la Historia’ dice: ”Entre Dios y el hombre no hay unidad sino porque el hombre, apartado de Dios por su delito, vuelve a Dios purificado por la pena....Entre el hombre y la mujer no hay unidad sino porque los junta el matrimonio... Por esta razón, el matrimonio, la pena y las leyes todas del mundo físico fueron instituidas por Dios desde el principio de los tiempos. Al sacar al mundo de la nada, al formar al hombre del barro de la tierra, al sacar a la mujer de su costado, al constituir la primera familia, quiso Dios declarar de una vez para siempre las condiciones de su existencia, sustrayendo todas estas cosas de la jurisdicción del hombre y poniéndolas fuera del alcance de los vanos antojos y de las locas especulaciones de su entendimiento.” Y algo másadelante agrega: “De esta manera el supremo Hacedor de las cosas, al partir con el hombre en su infinita bondad el imperio de todo lo criado, se reservó para sí la suprema guarda de las leyes físicas, que son como otras tantas condiciones puestas a la existencia del mundo; de las leyes morales, que son como otras tantas condiciones puestas a la existencia del hombre, y de la familia, que es el fundamento inmortal de todas las asociaciones humanas. Sin esta sabia precaución y sin esta admirable providencia, el mundo físico y el moral, y el social y el hombre mismo, hubieran acabado a manos del hombre.”

   Ahora bien, no hay duda que la sanción de semejante ley, así como toda esa charlatanería sofística, todos esos discursos altisonantes que la acompañaron, sólo pudieron  tener lugar gracias a un hombre y una sociedad sumidos en densa oscuridad, en una atmósfera de profunda ceguera espiritual, acentuada con ritmo creciente conforme al aumento de la iniquidad, a modo de espiral que se realimenta en cada giro de la misma. Y como es natural, junto a ese oscurecimiento espiritual, va de suyo no sólo la pérdida del sentido moral y, obviamente, de toda noción de pecado, sino, lo que es más grave aún, la obnubilación de la conciencia misma.

    En efecto, hemos hablado a menudo, cada vez que hemos intentado describir la situación actual del mundo, y de nuestro país en particular, de una babélica confusión. Sabemos pues, por la narración escrituraria, que aquella fue una confusión de lenguas, que echó por tierra el insensato proyecto nacido del orgullo humano. Y justamente por la fuerza simbólica que encierra, acudimos ahora de nuevo a la imagen de aquella bíblica torre, para referirnos a nuestro presente, a este oscurecimiento, a esta niebla espiritual, que se traduce al nivel conceptual, y por ende al lenguaje, como pérdida del sensus, que configura al hombre como ser orientado a la verdad, como capax veritatis, desde la verdad de los entes a la verdad  del ser, desde la verdad relativa del hombre a la verdad absoluta de Dios. De ahí la sentencia de la filosofía perennis, según la cual la inteligencia del hombre tiene por objeto propio la verdad, y no se satisface sino con ella.

   Mas como también es poseedor el hombre de ese otro don que llamamos libre arbitrio, he aquí que por singular paradoja, este ser dotado de inteligencia, y por  ende capaz de alcanzar la verdadera  libertad, puede  renunciar o renegar de esa capacidad, obrando como si fuera irracional. La conocida palabra, salida de los labios de nuestro Divino Maestro,“la verdad os hará libres” (Jn.8,32), nos alumbra suficientemente al respecto. Por cierto que tal decisión, como no puede ser menos, acarrea   trágicas consecuencias, pues entonces el hombre se precipita al abismo del sinsentido, se hace esclavo de las apetencias más oscuras de su ser, y camina por los laberintos de la mentira como en casa propia. A todo esto, siendo necio se considera prudente; y siendo un ignaro en el orden del espíritu, mira con orgullo tonto a todo aquel que rechaza tales descarríos, despreciando sus advertencias. En fin, de un humano así degradado no cabe esperar sino decadencia y ruina, para sí mismo y para la sociedad.

   Y esto, por desgracia, es lo que vemos hoy en nuestrasociedad, en la que el fermento del nihilismo y la disolución amenazan día a día con ganar toda la masa. Y si por ventura alguien, con una visión un poco más optimista, adujese que es cosa de una minoría, en tanto que la inmensa mayoría está seguramente en desacuerdo, de todos modos sería admitir que unos pocos depravados o desquiciados pueden más que muchos en sus cabales (!)

   Para ir cerrando este breve comentario, por un instante queremos acallar nuestra voz, para dar paso al logos de la Sabiduría eterna, fuente del sensus universal, inscripto en el nous del hombre como testimonio de su libre pertenencia a la Verdad, y raíz de su vocación celeste. Oigamos pues lo que nos dice el Verbo por boca de sus profetas y apóstoles.

   En la segunda carta del apóstol San Pedro se lee: “Pues si Dios no perdonó a los Ángeles que pecaron, sino que, precipitándolos en los abismos tenebrosos del Tártaro, los entregó para ser custodiados hasta el Juicio; si no perdonó al mundo antiguo, aunque preservó a Noé, heraldo de la justicia, y a otros siete, cuando hizo venir el diluvio sobre un mundo de impíos; si condenó a la destrucción las ciudades de Sodoma y Gomorra, reduciéndolas a cenizas, poniéndolas como ejemplo para los que en el futuro vivirían impíamente; y si libró a Lot, el justo, oprimido por la conducta licenciosa de aquellos hombres disolutos –pues este justo, que vivía en medio de ellos, torturaba día tras día su alma por las obras inicuas que veía y oía --  es porque el Señor sabe librar de las pruebas a los piadosos y guardar a los impíos para castigarlos en el día del Juicio, sobre todo a los que andan tras la carne con apetencias impuras y desprecian el Señorío.” (2 P.2, 4-10).

   A su vez el apóstol San Judas, coincidentemente, nos dice: “Quiero recordaros a vosotros, que ya habéis aprendido todo esto de una vez para siempre, que el Señor, habiendo librado al pueblo de la tierra de Egipto, destruyó después a los que no creyeron; y además que a los ángeles que no mantuvieron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada, los tiene guardados con ligaduras eternas bajo tinieblas para el juicio del gran Día. Y lo mismo Sodoma y Gomorra  y las ciudades vecinas, que como ellos fornicaron y se fueron tras un uso innatural de la carne, padeciendo la pena de un fuego eterno, sirven de ejemplo”. (Judas, 5-7)

   Por último, San Pablo nos instruye convenientemente acerca de por qué los impíos, por su libre elección del mal, llegan a ser acreedores al castigo que les espera. Oigámoslo en la carta que dirige a los romanos: “En efecto, la cólera de Dios se revela desde el Cielo contra la impiedad e injusticia de los hombres que aprisionan la verdad en la injusticia, pues lo que de Dios se puede conocer, está en ellos manifiesto: Dios se lo manifestó. Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad, de forma que son inexcusables; porque, habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, antes bien se ofuscaron en vanos razonamientos y su insensato corazón se entenebreció: jactándose de sabios se volvieron estúpidos, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una representación en forma de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos, de reptiles.”

   “Por eso Dios los entregó a las apetencias de su corazón hasta una impureza  tal que deshonraron entre sí sus cuerpos; a ellos que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en vez del Creador, que es bendito por los siglos...”

   “Por eso los entregó Dios a pasiones infames; pues sus mujeres invirtieron las relaciones naturales por otras contra la naturaleza; igualmente los hombres, abandonando el uso natural de la mujer, se abrazaron en deseos los unos  por  los otros, cometiendo la infamia de hombre con hombre, recibiendo en su propia persona el castigo merecido por su aberración.”

   “Y aunque conocedores del veredicto de Dios que declara dignos de muerte a los que tales cosas practican, no solamente las practican, sino que aprueban  a  los que las cometen.” (Rom.1, 18-27, 32).

    Así pues, sin ser agoreros ni profetas de desgracias, nos permitimos reproducir  lo que decíamos allá por el 2004 en una hojita titulada ¿Arte o talibanismo anticatólico? a propósito de unas muestras blasfemas, pretendidamente artísticas, y que bien miradas las cosas, guardan una íntima conexión con la sanción de esa inicua ley que ha motivado la presente nota, pues ambos actos proceden de un mismo espíritu, el espíritu de acedia y rebeldía, y se nutren de un mismo odioal  orden justo, el orden fundado en la ley divina: “Si como creían los antiguos griegos, la asébeia (impiedad) es causa de innumerables y profundos males para la sociedad y para la polis; y si tenía razón aquel lúcido pensador hispánico, Donoso Cortés, quien afirmaba que las catástrofes se proporcionan siempre a las negaciones (o nihilismos), entonces no nos debemos asombrar de estos vientos de destrucción que soplan hoy a todo nivel, antes bien debemos prepararnos para ver guerra y más guerra en lugar de la anhelada paz, y para soportar impensados desequilibrios de las fuerzas naturales, de la mano de un humano prometeico y demencial. No habrá, pues, salida para el hombre en su extrema penuria  y miseria existencial y espiritual, más que oyendo y acogiendo la Palabra que lo salva, es decir lo re-crea y lo re-ordena definitivamente según Dios. Así se entiende la justa sentencia de San Agustín: “la paz es la tranquilidad del orden”; ya que se trata no de cualquier orden, o como lo entiende el mundo, sino del único orden entitativo posible, que expresa y revela los grados jerárquicos del ser, esto es, conforme a la voluntad del Creador. Pero para lograr esto, el hijo de Adán debe emprender humildemente el verdadero camino, el “camino de retorno a la casa del Padre”. (Lc.15,11).

 Córdoba, julio 2010  

                                                                                                                   

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