CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

Revista Roma N° 2 - Noviembre de 1967
LA VOLUNTAD DE DIOS, HOY


LA VOLUNTAD DE DIOS, HOY

"He aquí la esclava del Señor, hágase en Mí según tu palabra" (Lc. 1, 38). Esta contestación de María Santísima al anuncio del arcángel San Gabriel encierra toda la perfección y sabiduría humana, la absoluta conformación de la voluntad con la de Dios. Nada más a propósito para los tiempos actuales, tan llenos de "cristianismo adulto" y de "autonomías" que meditar estas palabras. Nuestra Señora, que es la Inmaculada, la que nunca tuvo pecado alguno, dijo en verdad —pues de su boca no podía salir mentira— que era la esclava del Señor, es decir, éste era el estado que le correspondía. No pretendió hablar como la más perfecta de las criaturas, ni alegar méritos, sino tan sólo cumplir la voluntad del Altísimo. Por eso mereció ser llamada Bienaventurada por todas las generaciones, ser Madre del Redentor, Mediadora de todas las gracias y Reina de todo lo creado, lo que significa Señora en el sentido más estricto de la palabra, es decir a la que todo está sujeto en los cielos y tierra. Ella es un ejemplo viviente de la palabra de Cristo: "Cualquiera que se ensalza será humillado y quien se humilla será ensalzado" (Le. 14, 11).

Para santificarse es necesario hacer la voluntad de Dios. Hasta la mortificación, la pobreza y las obras, si se hacen contra su voluntad, no sólo no sirven un ápice para la salvación, sino que son nefastos, pues el hombre ha sido creado para conocer, amar y servir a Dios y después gozarlo eternamente y no para realizar tal o cual acto heroico y vanagloriarse de él. Es posible —no lo sabemos— que exista alguien que haya hecho mayores penitencias que Nuestra Señora, pero nadie —eso sí lo sabe todo cristiano— ha cumplido de un modo más perfecto la voluntad de Dios.

No es con la constante afirmación de unos pretendidos derechos humanos que se eleva el hombre sino siguiendo el camino de la Cruz. Jesucristo no dijo: reclama derechos, sino: "si alguno quiere venir en pos de Mí, niegúese a sí mismo y cargue su cruz y sígame" (Marc. 8, 34). No predicó el orgullo ni la rebelión, sino la humildad y la pureza, virtudes de María, contra las cuales muve Satanás la guerra religiosa de la Revolución anticristiana, utilizando profundas transformaciones sociales para crear un mundo en que esas virtudes serían borradas de la faz de la tierra.

Todas las épocas cristianas han sido marianas, mas la actual debe serlo especialmente. Dios lo quiere de un modo manifiesto. ¿Si es, como vimos más arriba, condición indispensable para cualquier progreso espiritual cumplir con la voluntad de Dios, cómo podemos imaginarnos que sea posible conseguir algún bien oponiéndose al deseo de Nuestro Señor que hizo bailar al sol delante de cincuenta mil personas para confirmarnos que quiere establecer en el mundo la devoción al Inmaculado Corazón de Maña, al que puso como piedra fundamental de la historia contemporánea? Para conseguir la paz, tan ansiada por las naciones, necesitamos de poderosa intercesión. No sólo en FATIMA se ha visto el poder de Dios desplegarse para mostrarnos el único camino, sino la Vir­gen —que siempre hace la voluntad del Señor— ha hablado en muchas oportunidades en los tiempos modernos desde su aparición en la rué du Bac a Santa Catalina Labouré. El mismo desarrollo dentro de la Iglesia del culto mariano, que tantos frutos excelentes ha dado, se debe atribuir a la acción del Espíritu Santo.

Recordar esto es más actual que nunca, en especial ahora en el cincuentenario de FATIMA, donde la grandeza de Dios se puso de manifiesto en alabanza de María, mostrándonos, por medio de Ella, el único camino para construir la ciudad católica —oración y penitencia.

En ese año 1917 se produjeron los dos acontecimientos de mayor significación histórica de nuestro siglo: el mensaje del cielo que nos infunde esperanza en el caos y la decadencia actual, y la tentativa del infierno —por medio de la revolución de octubre— de edificar una sociedad comunista, tentativa condenada al fracaso, por más éxitos temporales que coseche, pues nadie puede vencer a Cristo Rey, quien en estos tiempos reservó a su Madre la misión de triunfar sobre el enemigo.

Por eso son locos —sí, locos, no dudamos subrayarlo y repetirlo otra vez— y también instrumentos del Demonio, los que minimizan al culto mariano y desalientan a la devoción popular, poniendo obstáculos en el camino de la solución de la crisis iniciada por la Reforma, cuya última consecuencia es el comunismo que nos amenaza tanto desde afuera como desde adentro, infiltrado en todas nuestras instituciones, siendo la toma de conciencia de esa civilización moderna con la cual, como lo señala el Syllabus, es imposible la reconciliación para la Iglesia.

La solución única e irreemplazable es Nuestra Señora. Por eso la devoción mariana es tan actual y es una necesidad absoluta. Esto lo siente el pueblo fiel al resistirse a abandonarla a pesar de tantos profetas que andan por el mundo combatiéndola. Virgen  Santísima  aplastará  los errores  modernos  para que se haga realidad lo anunciado hace cincuenta años:

"Al fin mi Inmaculado Corazón triunfará"

Revista "Roma" N° 2, Pg. 1

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