CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

TESTIMONIAR EL ÚLTIMO RECURSO [*]
Araí Daniele


Es natural que la Profecía de Fátima desencadene una silenciosa pero implacable oposición. El Maligno sabe que en ella está la verdadera amenaza contra su dominio del mundo y de la Iglesia. Pero sabe también que la mejor manera de combatirla es a través de críticas y contestaciones de tenor teológico, acompañadas de omisiones de tono prudencial.

Como se sabe Juan Pablo II se muestra gran devoto mariano (su lema es "Totus tuus"). Sin embargo, no puso especial atención en el Mensaje hasta el 13 de mayo de 1981, cuando sufrió el atentado en la plaza de San Pedro del que sobrevivió, según reconoció, protegido por Nuestra Señora de Fátima. En la difícil convalecencia se interiorizó cuanto pudo sobre el Suceso de Cova da Iria. Restablecido y conciente de la importancia del hecho, peregrinó a Fátima un año después y el 13 de mayo de 1982 intentó cumplir el pedido de Nuestra Señora consagrándole el mundo con una vaga alusión a Rusia, refiriéndose a la hecha por Pío XII en 1952. Empero formuló la pregunta: "¿Acaso no satisface [con ésta] a la evangélica elocuencia del pedido de Fátima?"

Ahora, para quien conoce la promesa celeste del Mensaje reservada para cuando se satisfaga ese pedido, en un mundo donde hasta el magno atentado fue perpetrado, precisamente, en quien es oriundo de un país que sufre por los errores que la Rusia Soviética le impone, es realmente extraño el pensamiento de que esa potencia haya sido convertida, ¿o sería una vana promesa? En esa ocasión Juan Pablo II dijo: "El contenido del pedido de Nuestra Señora de Fátima está tan profundamente radicado en el Evangelio y en toda la Tradición que la Iglesia se siente interpelada por este Mensaje. Justamente por esto la invitación evangélica a la penitencia y a la conversión, pronunciada con las palabras de la Madre, es siempre actual. Aún más actual que hace 65 años. Y aún más urgente. Por lo tanto ésta tórnase el asunto del Sínodo de Obispos del año próximo, para el cual ya nos estamos preparando."

"Pues bien, ese Sínodo de 1983 fue marcado por disparates y contradicciones doctrinarias sobre la noción del pecado y de justicia, que impresionaron a los propios participantes y provocaron hasta la ironía de los periodistas católicos. Hablaron de todo y de nada, menos de Fátima. Hacia el fin de los trabajos, el Arzobispo Mabutas de Las Filipinas halló necesario observar la increíble omisión: "Parece bastante extraño que tratándose de la misión de reconciliación... prácticamente todos hicieron silencio sobre la persona que la Iglesia invoca como «Refugmm pecatoriim»." No debe admirar, pues, que al día siguiente, 16 de octubre, Juan Pablo II considerara necesario repetir la consagración del mundo a Nuestra Señora con las mismas palabras usadas en mayo de 1982. Más tarde, alguien debe haberle recordado que esto no bastaba porque el 8 de diciembre de 1983 manda escribir a todos los Obispos del mundo invitándolos a unírsele, en sus respectivas diócesis, para la consagración al Inmaculado Corazón de María el día 25 de marzo de 1984. Con todo, adjuntaba el mismo texto anterior en el que evitaba nombrar a Rusia.

¿Qué podía oponerse a que un Papa en Roma pronunciase tal consagración?

A esta urgente y perdurable necesidad contestó, Juan Pablo II, con una iniciativa ecuménica degradante: en mayo de 1982, después de Fátima, la burla de la visita a Canterbury; en diciembre de 1983, después de la carta a los Obispos, la visita al templo luterano de Roma; después de la consagración del 25 de marzo de 1984, la vergüenza de Papua -Nueva Guinea- y de la visita al bonzo en Thailandia; para continuar en una escalada que pasando por la sinagoga de Roma llegó hasta el panteón de Asís el 27 de octubre de 1988. ¿Por qué? La lucha contra la Verdad de la Ley y la Voluntad divina, anunciada por los Profetas, está en la Biblia.

En el inicio del Antiguo Testamento, después de la caída de Adán y Eva, está revelada la victoria final de la Mujer sobre el Enemigo infernal. En el Apocalipsis este hecho retorna corno Gran Señal. En la exégesis de los grandes santos y doctores de la Iglesia, entre los cuales se destaca San Luis María Grignion de Montfort, este evento decisivo es enseñado y esperado como hecho inminente. Como se ve, es designio divino que los hombres, en especial los pastores, en la misma medida que vean avanzar en el mundo la iniquidad y la revolución satánica, invoquen y testimonien el triunfo final de la Mujer fuerte, de la Madre virginal, de María Inmaculada, sobre esos males.

Nuestro Señor preanunció la época de odio revolucionario: "Y porque se multiplicará la iniquidad, se enfriará la caridad de muchos" (Sn. Mateo 24, 12). He aquí que para los males extremos la Misericordia reservó una suprema gracia: las grandes Apariciones de Nuestra Señora en una sucesión luminosa y creciente; suaves intervenciones maternales que vienen a alimentar la Fe, la Esperanza y la Candad de los hombres en peligro. La Madre de Dios solicita, además de la devoción, la inteligencia filial:

® Las apariciones de La Salette y Fátima, reconocidas por la Iglesia, tuvieron por fin dar a los hombres mensajes profetices. Luego, ¿de qué sirve reconocerlas si se desconocen los mensajes?

El sello divino del milagro y la profecía fue dado "para que todos puedan creer". ¿En qué, sino en los avisos, pedidos y promesas que manifiestan la voluntad divina? ¿La contradicción del mundo no nos confirma aún su origen y necesidad? ¿No es inevitable la oposición del mal al bien, de las tinieblas a la luz, de Satanás a Jesucristo?

Delante del nuevo signo de contradicción dado en Fátima se vuelve inevitable tomar una posición. Toda tentativa de redimensionamiento, "aggiornamento", u ocultación de una profecía es negación de su origen e inestimable importancia; una señal divina es infalible e irreformable. Si han de ser los mismos pastores de la Iglesia quienes vengan a reformarla, un doble testimonio fiel nos urge:

1°) El misterio de iniquidad alcanza a la cúpula de la Iglesia impidiendo todo recurso humano;
2°) Para este momento culminante el recurso está en la Profecía de Fátima.

Y el testimonio ha de ser doble: no sólo el primero, que puede inducir a la revuelta y la división, ni sólo el segundo, que sin la conciencia de la pasión que vive la Iglesia, puede terminar en un conformismo pietista privado de la verdadera caridad mariana.

En el vigésimo aniversario de Vaticano II se convocó a Sínodo Extraordinario a fin de realizar un balance de los resultados. Meses antes el Card. Ratzinger había reconocido el estado de profunda crisis en que ivia la Iglesia, razón por la cual se alimentaba una leve esperanza de que en dicho Sínodo se enfrentaran los errores del Concilio, del comunismo y de la oposición a Fátima, de cuyo Secreto el cardenal habló en la misma entrevista en que admitió la crisis.   No pasaron de ilusiones.

El Manifiesto Episcopal de Mons, Lefebvre y Mons. de Castre Mayer no recibió más respuesta que la implementación acelerada de las doctrinas que ellos acusaban como anticatólicas y modernistas; justamente, por esta razón volvieron a escribir a Juan Pablo II expresando una grave cuestión de conciencia respecto al Papa y a la Jerarquía Sinodal, que pedía una solución.

En aquella oportunidad organizamos rápidamente un "encuentro" sobre Fátima el 24 de noviembre, vísperas del Sínodo, a pocos pasos del Santo Oficio, con la participación de exponentes internacionales del verdadero apostolado de Fátima, tales como el bien recordado Hamish Fraser, los Padres Gruner y Caillon y el Hno. Michel de la Sainte Trinité.

Pues bien, hicimos una memoria que fue ignorada por los Padres Sinodales, como permanecieron ignorados los verdaderos problemas del mundo y de la Iglesia. Hoy sabemos por el mismo Card. Oddi que su pedido de condenación al comunismo, a pesar de su posición en la Curia, ni siquiera fue registrado. En cuanto a la carta de Mons, Lefebvre y Mons. de Castro Mayer que debió haber sido enviada desde los inicios, fue distribuida a los Padres al finalizar los trabajos ya que Juan Pablo II la mantuvo reservada para sí. Viéndose sorprendido por esto ironizó públicamente: "cuidado que soy el mal pastor" (Corriere della Sera, 9-12-85).

El Sínodo Extraordinario terminó exaltando la "nueva Pentecostés" conciliar y proclamando que los frutos del Concilio Vaticano II (que sabemos nefastos) eran dones del Espíritu Santo. Fátima permaneció olvidada.

Nótese, con todo, que esta indiferencia e interdicción de los pastores conciliares durante las asambleas romanas, tomará enseguida otra dirección. En septiembre de 1986 se organizó en Fátima un gran simposio para "aggiornare" el apostolado, dejando de lado los términos del Mensaje y dedicándose, solamente, a sus pías devociones. Liderando esta nueva política mariana estaba nada menos que el Card. Sin, el "libertador de Las Filipinas", que pocos meses después viajaría a Moscú y luego a China comunista," para llevar a cabo la nueva e iluminada apertura al mundo sovietizado y ateo que esparce errores y persecuciones por la Tierra.

Y llegamos al Sínodo de 1987, donde presentamos nuestra Instancia, que no hace más que repetir el candente Testimonio de dos Obispos fieles. Pero nos han querido hacer creer que ya todo está resuelto y superado cuando, al contrario, reinó un clima de sospecha y de censura para con todo lo que pudo despertar inquietud en los pastores y en la feliz asamblea, En contacto con Cardenales hemos sabido que la participación en los trabajos del diplomático M. De Saventhem de Una Voce, fue vetada. Hasta los diarios italianos hablaron de ese clima de vigilancia escolar contra cualquier "infiltración" externa; de hecho, los sobres conteniendo la Instancia dirigida a nueve Cardenales y un Patriarca dejados en la Secretaría del Sínodo jamás llegaron a destino y tuvieron que ser entregados en las respectivas residencias o en sus propias manos,   Paralelamente al Sínodo, la maquinaria del Vaticano buscó neutralizar toda acción proveniente del Arzobispo Lefebvre prometiendo y ofertando generosamente, hecho es que el 29 de octubre, en el cierre del Sínodo y antes del comunicado final, el Card. Ratzinger tomó la palabra para anunciar públicamente la elección del Card. Gagnon como visitador apostólico de la Fraternidad San Pío X, con el objeto de regularizar su funcionamiento y la situación de sus sacerdotes. ¿Preténdese así tranquilizar a Monseñor Lefebvre y cerrar la cuestión?

Se comprende que con este espíritu animándolo, el Sínodo debía concluir sin verdaderos esclarecimientos y, tanto menos, una profesión de Fe católica delante de un mundo que se funda en la apostasía y en la indiferencia. Y lo que es peor, una asamblea de Obispos que festejó los 25 años de la inauguración del Concilio Vaticano II no tuvo ni una palabra para recordar el 70° aniversario del gran milagro del sol que imprimió el sello de la voluntad divina al Mensaje de Fátima.

Un Sínodo que trató de reciclar en lo "interno" los graves problemas de la Iglesia y en lo "externo", empero, consiguió transferir al corazón mismo de la Cristiandad, el escandaloso espíritu ecuménico-pacifista de Asís ¡como un hecho normal! Esta vez, la "reunión por la paz", tuvo lugar en la antigua iglesia de Santa María de Trastevere con la presencia del Cardenal Vicario de Roma, Ugo Poletti; del Arzobispo Silvestrini, "ministro de Relaciones Exteriores del Papa"; del Cardenal Martini, de Milán; del Card. Glemp, de Varsovia; del patriarca maronita Pierre Sfeir; del Ministro Andreotti y de tantísimas otras figuras del mundo político-conciliar, ansiosos de alargar la confiada apertura al "glasnost" del nuevo gobierno soviético. A este encuentro de pacifismo lo precedieron iniciativas de un mismo jaez; los frailes franciscanos de Asís volaron en misión de paz a Moscú y a capitales europeas. Del mismo modo el Patriarca Sfeir de Antioquía fue a abrazar en Rusia al Patriarca ortodoxo soviético Pimem, de quien recientemente apareció en Roma un libro patrocinado por la Editorial Paulina, enseñando los elementos de la paz socialista.

Sintetizando, podemos decir, que este Sínodo tuvo por objetivo dos testimonios: la normalidad conciliar interna en la Iglesia de la nueva Pentecostés y la madurez del mundo -y de esa Iglesia- por el diálogo que es el verdadero camino de la paz. Estos debían anular a los testimonios católicos anteriormente dichos.

No podría haber mayor prueba de esta oscuridad que invadió a la Iglesia:

  1. La increíble tergiversación sobre Fátima de parte de quien, estando en el trono de Pedro, tiene una estrecha relación con ese Suceso, con su Vidente y, además, conoce el Secreto;

  2. La inaudita oposición a Fátima, velada mas radical, de parte de una mayoría episcopal que acostumbra a enorgullecerse de su gran comprensión para con todos y todo;

  3. Las crecientes iniciativas ecuménicas, pacifistas y de liberación religiosa que contrarían el espíritu de Fátima.

  4. Hay, pues, que continuar repitiendo como la viuda al juez inicuo (Sn. Lucas 18, 18) que quien tiene el poder debe ejercitar también la justa autoridad, reparando los errores, corrigiendo las falsedades, condenando toda iniquidad, sabiendo usar los recursos de Dios.

  5. Quien persiste en ignorar a la Madre que llora por la perdición de los hijos ¿cómo puede esperar paz y salvación?

ÍNDICE DEL N° 102

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[*] Revista "Roma" N° 102, Páginas centrales