CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

Revista Roma N° 113 - Mayo de 1990
¿HAY SALVACIÓN FUERA
DE LA IGLESIA
CATÓLICA?


Una, Santa y Apostólica

“YO SOY EL CAMINO, Y LA VERDAD Y LA VIDA;
NADIE VA AL PADRE, SINO POR Mí”

Juan XIV,6

¿Hay salvación fuera de la Iglesia Católica? ¿Qué enseña al respecto el Magiste­rio? ¿Qué ha dicho el Vaticano II? Con el siguiente artículo volvemos sobre este asunto tratando de responder estos y otros interrogantes. Son sus partes:

I. - EL “DOGMA CATÓLICO” “FUERA DE LA IGLESIA NO HAY SALVACIÓN”
II. - LAS FALSAS “IGLESIAS” Y LA VERDADERA Y ÚNICA IGLESIA DE DIOS
III. - LA HEREJIA DEL VATICANO II: “HAY SALVACIÓN FUERA DE LA IGLESIA”
IV. - JUAN PABLO II, FIEL INTÉRPRETE DE LA HEREJÍA DEL VATICANO II
V. LA “COMMUNICATIO IN SACRIS”
VI. CONCLUSIÓN: EL VATICANO II NO ES CATÓLICO

ANEXOS: I. CARTA DEL SANTO OFICIO AL ARZOBISPO DE BOSTON (8-8-1949)
                  II. PROFESIÓN DE FE PRESCRITA A LOS ORIENTALES (MARONITAS)

I. EL “DOGMA CATÓLICO” “FUERA DE LA
IGLESIA NO HAY SALVACIÓN”

Un dogma de nuestra fe católica que la impiedad moderna rechaza y los católicos tocados por ella niegan prácticamente o ignoran, es éste: fuera de la Iglesia no hay salvación.

Por ello decía Pío XII en Humani generis: “Algunos reducen a una fórmula vana la necesidad de pertenecer a la Iglesia verdadera para alcanzar la salvación eterna” (D. 2319).

Este dogma está explícitamente afirmado repetidas veces por nuestro Señor y por San Pedro al Sanhedrín. El Apocalipsis no se entiende sin él. Está en casi innumerables pasajes de los Santos Padres y así dice San Cipriano: “No hay salvación fuera de la Iglesia”. Lo afirman expresamente en forma solemne los Papas y Concilios hasta Pío XII, que iremos citando.

Gregorio XVI condena [1] tal negación contra los indiferentes de su época:

 

"No Ignoráis, Venerables Hermanos, con qué celo tan intenso y constante han inculcado Nuestros Predecesores aquel mismo artículo de la fe que ellos se atreven a negar, referente a la necesidad de la fe y da la unidad católicas para conseguir la salvación. A esto se refieran las palabras del celebérrimo discípulo de los Apóstoles, San Ignacio mártir, en su carta a los filadelfos: ‘No erréis, hermanos rnlos; h¡ alguno sigue al que hace cisma, no obtendrá la herencia del reino de Dios’. San Agustín, por su parte, y otros Obispos africanos congregados en el concilio Cirtense el año cuatrocientos doce, expli­caban esto mismo más explícitamente: “Quienquiera que sea separado de. esta Iglesia Católica, por más que crea vivir laudablemente, con todo, por el solo delito de estar separado de la unidad de Cristo, no tendrá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él’. Y, pasando por alto otros muchos, casi innumerables pasajes, de los antiguos Padres, mencionaremos con honor a aquel glorioso predecesor Nuestro, San Gregorio Magno, que expresamente afirma ser esa la doctrina de la Iglesia Católica. Dice así: ‘La santa Iglesia Universal predica que a Dios no se le puede honrar con verdad sino dentro de ella, afirmando que cuantos están fuera de ella de ninguna manera se salvarán’.

Tenemos, además, los actos solemnes de la misma Iglesia con los que se anuncia el mismo dogma. Así, en el decreto de fe que publicó Nuestro predecesor Inocencio III, en el IV Concilio Ecuménico de Letrán, se dice: ‘Una es la Iglesia universal de los fieles, fuera de la cual nadie puede salvarse[*]. Finalmente, el mismo dogma se encuentra expresamente indicado en las profesiones de fe propuestas por la Sede Apostólica, tanto en la común a todas las Iglesias latinas, como en las otras dos, en uso, una entre los griegos y otra entre los demás católicos orientales. No hemos enumerado estos testimonios, entresecados de entre otros muchos, Venerables Hermanos, con ánimo de enseñaros un artículo de fe que vosotros ignoráis. Lejos de Nos el haceros objeto de una sospecha tan absurda e injusta. Pero es tal la preocupación que Nos apremia por este importantísimo y conocidísimo dogma, impugnado por algunos con audacia desmedida, que no pudimos contener el deseo de escribir algo apoyando esta verdad con múltiples argumento."

¿Cómo ha de ser esta pertenencia a la Iglesia Católica?

¿Pueden salvarse los que de hecho (actu) no pertenecen a Ella?

"La necesidad de pertenecer a la Iglesia no es únicamente de precepto sino también de medio como indica ... la comparación con el Arca [de Noé] [2] que era el único medio de escapar a la catástrofe del diluvio universal. Pero la necesidad de medio no es absoluta sino hipotética ... En caso de ignorancia invencible o de imposibilidad, la pertenencia actual a la Iglesia puede ser sustituida por el deseo de la misma (votum).”[3]

Dice el Concilio de Trento:

 

“La justificación. . . no puede darse sin el lavatorio de la regene­ración [el bautismo], o su deseo, conforme está escrito: ‘Si uno no hubiere renacido del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios’ (Joh. 3,5)” (D. 796).

Este deseo puede ser explícito, y es el caso de los catecúmenos.

Dice Santo Tomás: “Éstos pueden salvarse, aun sin bautismo actual, por el solo deseo del sacramento, deseo que procede de «la fe que obra por la caridad», por la cual Dios, que no ligó su poder a los sacramen­tos visibles, santifica interiormente al hombre. De ahí que diga San Am­brosio acerca de Valentiniano, muerto siendo aún catecúmeno: «Yo per­dí al que había regenerado, más él no perdió la gracia que había pedido».” Sigue L. Ott: “Ni es necesario que este deseo sea explícito, sino que puede también traducirse por una disposición moral para cumplir fiel­mente la voluntad de Dios (votum implicitum). De esta manera pue­den asimismo alcanzar la salvación los que se hallan de hecho fuera de la Iglesia católica. (Cf. Carta del Santo Oficio de 8-8-1949 [D. 3866- 73])[4]” [...]

“Todos aquellos que con ignorancia inculpable desconocen la Iglesia de Cristo, pero están prontos para obedecer en todo a los mandatos de la voluntad divina, no son condenados, como se deduce de la justicia divina y de la universalidad de la voluntad salvífica de Dios, de la cual existen claros testimonios en la Escritura (I Tim. 2,4).”

Dios Nuestro Salvador... quiere que todos los hombres sean salvos y lleguen al conocimiento de la verdad. Pues hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres: el hombre Cristo Jesús (I Tim 2; 4-5).

Los hombres se salvan pues por su pertenencia a la Iglesia Católica in re vel in voto, en la realidad o en el deseo o anhelo. Los no católicos, si se salvan, será pese a su pertenencia visible a las falsas religiones, que no son instrumentos de la gracia divina.

Por ello decía Pío XII, en Mystici Corporis: “A quienes no forman parte de la estructura visible de la Iglesia católica... los hemos confiado a la protección y providencia suprema ... y los invitamos, de lo más íntimo del corazón, a todos y a cada uno de ellos, a que, secundando libre y de buen grado los impulsos internos de la gracia divina, se esfuercen por escapar de una situación en la que no pueden estar seguros de su propia salvación eterna” (D.S. 3821).

El Vaticano II en cambio, aprobó, decretó y estableció —no sólo en forma implícita— repetida y solemnemente [5] hace 25 años y lo siguen manteniendo los “papas conciliares” en documentos y alocuciones, que: fuera de la Iglesia hay salvación.

Veremos, entonces, cómo los documentos conciliares presentan a las “Iglesias y comunidades eclesiales cristianas separadas” y aun a las “grandes reigiones” no cristianas, como instrumentos de salvación.

En cambio los católicos creemos firmemente que una sola es. la mística Esposa Inmaculada del Cordero y que esas “grandes religiones” no son sino las concubinas de Satanás.

Las palabras de Nuestro Señor

Cristo Nuestro Señor enseñó reiteradamente que Él es el único camino de salvación para el hombre.

...Jesús les dijo: “La obra de Dios es que creáis en Aquél a quien Él envió. ... Porque ésta es la voluntad del Padre, que todo aquél que contemple al Hijo y crea en Él, tenga vida eterna; y Yo lo resucitaré en él último día. ... Ninguno puede venir a Mí, si el Padre que me envió, no lo atrae; y Yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en los profetas: ‘Serán todos enseñados por Dios’. Todo el que escuchó al Padre y ha aprendido, viene a Mí. ... En verdad, en verdad os digo, el que cree tiene vida eterna” (Jn. VI, 29, 40-45, 47).

A Mí me ha sido transmitido todo por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre conoce bien nadie sino el Hijo y aquél a quien el Hijo quisiere revelarlo (Mt. XI, 27).

...a fin de que todos honren al Hijo como honran al Padre. Quien no honra al Hijo, no honra al Padre que lo ha enviado. En verdad, en verdad, os digo: El que escucha mi palabra y cree a Aquél que me envió tiene vida eterna y no viene a juicio, sino que ha pasado ya de la muerte a la vida (Jn. V, 23-24).

Y a quienes no creen:

Por esto, os dije que moriréis en vuestros pecados. Sí, si no creéis que Yo soy [el Cristo] moriréis en vuestros pecados (Jn. VIII, 24).

Pues: Yo soy la resurrección y la vida; quien cree en Mí, aunque muera, revivirá. Y todo viviente y creyente en Mí, no morirá jamás. ¿Lo crees tú? (Jn. XI, 25, 26).

Así habló Jesús. Después, levantando sus ojos al cielo, dijo: “Padre, la hora es llegada, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a Ti —conforme al señorío que le conferiste sobre todo el género humano—; dando vida eterna a todos los que Tú le has dado. Y la vida eterna es: que te conozcan a Ti, solo Dios verdadero, y a Jesucristo Enviado tuyo (Jn. XVII, 1-3).

Quien cree al Hijo tiene vida eterna; quien no quiere creer al Hijo no verá la vida, sino que la cólera de Dios permanece sobre él (Jn. III, 36).

Y el Cuerpo Místico de Cristo y la Iglesia Católica Romana son una misma cosa (v. Pío XII: Mystici Corporis y Humani Generis).

Quien a vosotros recibe, a Mí me recibe, y quien me recibe a Mí, recibe a Aquél que me envió (Mt. X, 40). El que a vosotros oye, a Mí me oye (Luc. X, 16).

Mis ovejas oyen mi voz, Yo las conozco y ellas me siguen. Y Yo les daré vida eterna, y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano. ... Yo y mi Padre somos uno (Jn. X, 27-28, 30).

.. .a fin de que todos sean uno, como Tú, Padre, en Mí y Yo en Ti, a fin de que también ellos sean en nosotros, para que el mundo crea que eres Tú el que me enviaste. ... Padre Justo, si el mundo no te ha conocido, te conozco Yo, y éstos han conocido que eres Tú el que me enviaste ... (Jn. XVII, 21, 25).

Id, pues y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo: enseñándoles a conservar todo cuanto os he mandado. Y mirad que Yo con vosotros estoy todos los días, hasta la consumación del siglo (Mt. XXVIII, 19-20).

Quien creyere y fuere bautizado, será salvo; mas quien no creyere será condenado (Marcos XVI, 15-16).

El Magisterio de la Iglesia

Por ello la Iglesia, fiel a Cristo su Divina Cabeza, enseñó que fuera de Ella no hay salvación: “extra Ecclesiam nulla salus”.

Pues hay “un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo” (Ef. IV,5), “un solo rebaño y un solo pastor” (Jn. X,16).

Los credos o Símbolos repiten esto y así dicen que Cristo ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.

El Símbolo Quicumque o Atanasiano [6] comienza: “todo el que quiera salvarse, ante todo es menester que mantenga la fe católica; y el que no la guardase íntegra e inviolada, sin duda perecerá para siempre”.

Y termina: “Esta es la fe católica y el que no la creyere fiel y fir-memente, no podrá salvarse”.

El Símbolo llamado de Dámaso termina: “Tenemos esperanza de que hemos de alcanzar de Él o la vida eterna, premio de nuestro buen mérito, o el castigo de suplicio eterno por nuestros pecados. Esto lee, esto retén, a esta Fe has de subyugar tu alma. De Cristo alcanzarás la vida y el premio".

Esto repitió siempre la Iglesia hasta Pío XII, frente a todos los errores que tuvo que enfrentar.

Asi los Papas Pelagio II (D. 246, D. 247) ; Inocencio III (D. 423); el IV Concilio de Letrán (XII ecuménico, D. 430); Bonifacio VIII (D. 468-469) ; Clemente VI (D. 570b); Martín V (D. 621); Eugenio IV y el Concilio de Florencia (XVII ecuménico, D. 714); Pío IV y el Concilio de Trento en la profesión tridentina de fe (D. 1.000) ; Benedicto XIV en la profesión de fe prescrita a los orientales (D. 1473); Pío IX (D. 1646- 1647; D. 1677; D. 1716-1717); León XIII (D. 1955) ; Pío XII (D. 2319).

Así el Concilio de Trento: “Mas cuando el Apóstol dice que el hombre se justifica por la fe (Can. 9) y gratuitamente (Rom. 3,22-24), esas palabras han de ser entendidas en aquel sentido que mantuvo y expresó el sentir unánime y perpetuo de la Iglesia Católica, a saber, que se dice somos justificados por la fe, porque ia fe es el principio de la humana salvación’, el fundamento y raíz de toda justificación; ‘sin ella es imposible agradar a Dios’ (Hebr. 11,6) y llegar al consorcio de sus hijos” (II. 801).

"Y esto reitera el Concilio Vaticano bajo Pío IX (D. 1789-D. 1793): “Porque sin la fe... es imposible agradar a Dios (Hebr. 11,6) y llegar al consorcio de los hijos de Dios; de ahí que nadie obtuvo jamás la justificación sin ella, y nadie alcanzará la salvación eterna, si no perseverare en ella hasta el fin (Mt. 10,22; 24,13)”.

¿Se pueden salvar los no católicos?

Enseña Pío IX [7]: “Otro error no menos pernicioso... se ha asentado en los ánimos de muchos católicos que piensan ha de tenerse buena esperanza de la salvación de todos aquellos que no se hallan de modo alguno en la verdadera Iglesia de Cristo (D. 1717). Por eso suelen con frecuencia preguntar cuál haya de ser la suerte y condición futura, después de la muerte, de aquellos que de ninguna manera están unidos a la fe católica y, aduciendo razones de todo punto vanas, esperan la respuesta que favorece a esta perversa sentencia. Lejos de nosotros, Venerables Hermanos, atrevernos a poner límites a la misericordia divina, que es infinita; lejos de nosotros querer escudriñar los ocultos consejos y juicios de Dios que son abismo grande [Ps. 35, 7] y no pueden ser penetrados por humano pensamiento. Pero, por lo que a nuestro apostólico cargo toca, queremos excitar vuestra solicitud y vigilancia pastoral, para que, con cuanto esfuerzo podáis, arrojéis de la mente de los hombres aquella a la par impía y funesta opinión de que en cualquier religión es posible hallar el camino de la eterna salvación. Demostrad, con aquella diligencia y doctrina en que os aventajáis, a los pueblos encomendados a vuestro cuidado, cómo los dogmas de la fe católica no se oponen en modo alguno a la misericordia y justicia divinas” (D. 1646).

“En efecto, por la fe debe sostenerse que fuera de la Iglesia Apostólica Romana nadie puede salvarse; que ésta es la única arca de salvación; que quien en ella no hubiere entrado perecerá en el diluvio. Sin embargo, también hay que tener por cierto que quienes sufren ignorancia de la verdadera religión, si aquélla es invencible, no son ante los ojos del Señor reos por ello de culpa alguna. Ahora bien, ¿quién será tan arrogante que sea capaz de señalar los límites de esta ignorancia, conforme a la razón y variedad de pueblos, regiones, caracteres y de tantas otras y tan numerosas circunstancias? A la verdad, cuando libres de estos lazos corpóreos, veamos a Dios tal como es [1 Ioh, 3, 2], entenderemos ciertamente con cuán estrecho y bello nexo están unidas la misericordia y la justicia divinas; mas en tanto nos hallamos en la tierra agravados por este peso mortal, que embota el alma, mantengamos firmísimamente según la doctrina católica que hay un solo Dios, una sola fe, un solo bautismo [Eph. 4, 5] : Pasar más allá en nuestra inquisición es ilícito” (D. 1647).

“Por lo demás, conforme lo pide la razón de la caridad, hagamos asiduas súplicas para que todas las naciones de la tierra se conviertan a Cristo; trabajemos, según nuestras fuerzas, por la común salvación de los hombres, pues no se ha acortado la mano del Señor [Is. 59, 1] y en modo alguno han de faltar los dones de la gracia celeste a aquellos que con ánimo sincero quieran y pidan ser recreados por esta luz. Estas verdades hay que fijarlas profundamente en las mentes de los fieles, a fin de que no puedan ser corrompidos por doctrinas que tienden a fomentar la indiferencia de la religión, que para ruina de las almas vemos se infiltra y robustece con demasiada amplitud” (D. 1648).

El mismo Papa en la Encíclica Quanto conficiamur moerore, a los obispos de Italia, del 10 de agosto de 1863, recalca nuevamente la doc­trina tradicional:

 

“Y aquí queridos Hijos nuestros y Venerables Hermanos, es menester recordar y reprender nuevamente el gravísimo error en que míseramente se hallan algunos católicos, al opinar que hombres que viven en el error y ajenos a la verdadera fe y a la unidad católicas pueden llegar a la eterna salvación [v. 1717]. Lo que ciertamente se opone en sumo grado a la doctrina católica. Notoria cosa es a Nos y a vosotros que aquellos que sufren ignorancia invencible acerca de nuestra santísima religión, que cuidadosamente guardan la ley natural y sus preceptos, esculpidos por Dios en los corazones de todos y están dispuestos a obedecer a Dios y llevan vida honesta y recta, pueden conseguir la vida eterna, por la operación de la virtud de la luz divina y de la gracia; pues Dios, que manifiestamente ve, escudriña y sabe la mente, ánimo, pensamientos y costumbres de todos, no consiente en modo alguno, según su suma bondad y clemencia, que nadie sea castigado con eternos suplicios, si no es reo de culpa voluntaria. Pero bien conocido es también el dogma católico, a saber, que nadie puede salvarse fuera de la Iglesia Católica, y que los contumaces contra la autoridad y definiciones de la misma Iglesia, y los pertinazmente divididos de la unidad de la misma Iglesia y del Romano Pontífice, sucesor de Pedro, «a quien fue encomendada por el Salvador la guarda de la viña» [Conc. de Calcedonia en la relación a León I (cf. D. 149)]. no pueden alcanzar la eterna sal-vación (D. 1677).

Lejos, sin embargo, de los hijos de la Iglesia Católica ser jamás en modo alguno enemigos de los que no nos están unidos por los vínculos de la misma fe y caridad; al contrario, si aquéllos son pobres o están enfermos o afligidos por cualesquiera otros miserias, esfuércense más bien en cumplir con ellos todos los deberes de la caridad cristiana y en ayudarlos siempre y, ante todo, pongan empeño por sacarlos de las tinieblas del error en que míseramente yacen y reducirlos a la verdad católica y a la madre amantísima, la Iglesia, que no cesa nunca de tenderles sus manos maternas y llamarlos nuevamente a su seno, a fin de que, fundados y firmes en la fe, esperanza y caridad y fructificando en toda obra buena [Col. 1, 10], consigan la eterna salvación” (D. 1678).

O sea, como lo condensa la doctrina católica, para salvarse hay que estar en la Iglesia: in re vel in voto, de hecho o de deseo.

Hay que estar en la Iglesia de hecho o de deseo, mas no basta cualquier deseo

La decisión de la Sagrada Congregación del Santo Oficio (del 27 de julio de 1949) aprobada por Pío XII, a este respecto cita a la Carta dogmática Mystici Corporis. Ésta, al invitar con amantísimo ánimo a la unidad a los que no pertenecen a la estructura de la Iglesia católica, recuerda a aquellos que “por un cierto deseo y anhelo inconsciente están ordenados al Cuerpo Místico del Redentor”, a los que de ningún modo los excluye de la salvación eterna, y por otra parte, sin embargo, afirma que se encuentran en tal estado “en el cual nadie puede estar seguro de su propia salvación eterna”, “puesto que (...) están privados de tantos y tan grandes dones y auxilios celestiales, de los que es posible gozar solamente en la Iglesia católica” (D.S. 3821).

Con esas cautas palabras reprueba tanto a quienes excluyen de la salvación eterna a todos aquellos unidos a la Iglesia sólo por un deseo implícito, como a quienes afirman erróneamente que los hombres pueden salvarse en todas las religiones de la misma manera (cfr. D. 1641; 1677).

Ni tampoco se debe pensar que basta cualquier deseo de entrar en la Iglesia para que uno se salve. En efecto, se requiere que el deseo, por el cual uno se ordena a la Iglesia, esté informado con una caridad perfecta, y el deseo implícito no puede tener su efecto si uno no tiene la fe sobrenatural “porque el que se acerca a Dios debe creer que existe y que es remunerador de los que le buscan” (Hebr. 11, 6) [D.S. 3872].

Santo Tomás pregunta a este respecto qué debe creer aquél que viviese en las selvas o entre brutos animales y responde (De Veritate, 14, 11, 1m): “A la Providencia Divina le corresponde el proveer a cada uno con lo necesario para la salvación, con tal de que éste no ponga impedimento de su parte. Por consiguiente, si alguien que ha vivido de tal manera siguiese el gobierno de la razón natural en apetecer el bien y huir del mal, hay que afirmar como cosa certísima que Dios o le revelaría a él mediante una inspiración interna lo que es necesario creer, o le enviaría un predicador de la fe, como lo envió a Pedro a lo de Cornelio (Act. X)”.

“Porque así amó Dios al mundo: hasta dar a su Hijo único, para que todo aquél que cree en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo por Él sea salvo. Quien cree en Él, no es juzgado, mas quien no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios” (Jn. III, 16-18).

Extra Ecclesiam est salus

El Syllabus (Pío IX; 8-XII-1864) condensa toda esta doctrina, condenando las siguientes proposiciones:

“15. Todo hombre es libre en abrazar y profesar la religión que, guiado por la luz de la razón, tuviere por verdadera.” (D. 1715)

“16. Los hombres pueden encontrar en el culto de cualquier religión el camino de la salvación eterna y alcanzar la eterna salvación.” (D. 1716)

“17. Por lo menos deben tenerse fundadas esperanzas acerca de la eterna salvación de todos aquellos que no se hallan de modo alguno en la verdadera Iglesia de Cristo (v. 1646 y 1677).” (D. 1717)

El “Concilio” Vaticano II, en cambio, en casi todos sus documentos afirma de modo más o menos claro, implícita y aun explícitamente que fuera de la Iglesia hay salvación.

Así, el decreto “Unitatis Redintegratio” enseña (U.R. n. 3):

 

“Porque éstos, que creen en Cristo y recibieron debidamente el bautismo, están en una cierta comunión con la Iglesia católica, aun¬que no perfecta. Es cierto que, por discrepancias de varios modos entre ellos y la Iglesia católica tanto en materia doctrinal y a veces también disciplinar como en lo referente a la estructura de la Iglesia, se oponen no pocos obstáculos, a veces bastante graves, a la plena comunión eclesiástica, los cuales intenta superar el movimiento ecuménico. Sin embargo, justificados en el bautismo por la fe, están incorporados a Cristo y, por tanto, con todo derecho se honran con el nombre de cristianos, y los hijos de la Iglesia católica los reconocen, con razón, como hermanos en el Señor.”

¡Falso! En cambio el constante Magisterio dice, como en la profesión de fe del Papa San Hormisdas: “...siguiendo en todo a la Sede Apostólica y proclamando sus constituciones todas. Y por tanto, espero merecer hallarme en una sola comunión con vosotros, la que predica la Sede Apostólica, en la que está la íntegra, verdadera y perfecta solidez de la religión cristiana...” (D. 172).

Y Bonifacio VIII en la Bula Dogmática Unam Sanctan:

 

“Por apremio de la fe, estamos obligados a creer y mantener que hay una sola y Santa Iglesia Católica y la misma Apostólica, y nosotros firmemente la creemos y simplemente la confesamos, y fuera de ella no hay salvación ni perdón de los pecados como quiera que el Esposo clama en los Cantares: Una sola es mi paloma, una sola es mi perfecta, única es ella de su madre, la preferida de la que la dio a luz (Cant. 6, 8). Ella representa un solo cuerpo místico, cuya cabeza es Cristo, y la cabeza de Cristo, Dios. En ella hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo (Eph. 4,5)...”

“Si, pues, los griegos u otros dicen no haber sido encomendados a Pedro, y a sus sucesores, menester es que confiesen no ser de las ovejas de Cristo, puesto que dice el Señor en Juan que hay un solo rebaño y un solo pastor (Juan X, 16) ” (D. 468).

Dice León XIII [8] citando a San Agustín: “Los que toman el nombre de Cristo es necesario que lo tomen todo entero. Cristo todo entero es una cabeza y un cuerpo: la cabeza es el Hijo único de Dios, el cuerpo es su Iglesia; es el esposo y la esposa, dos en una sola carne”. [...] “Todos los que piensen como la Sagrada Escritura respecto de la cabeza, pero que no viven en comunión con la autoridad de la Iglesia, no están en la Iglesia.”

Y Pío IX como ya vimos:

 

“Lejos de nosotros... atrevernos a poner límites a la misericordia divina, que es infinita... Pero... arrojad de la mente de los hombres aquella a la par impía y funesta opinión de que en cualquier religión es posible hallar el camino de la salvación...” (D. 1646).

“Cuando libres de estos lazos corpóreos veamos a Dios tal cual es (1 Jo. 3,2) entenderemos ciertamente con cuán estrecho y bello nexo están unidas la misericordia y la justicia divinas; mas en tanto nos hallamos en la tierra... mantengamos firmísimamente según la doctrina católica que hay un solo Dios, una sola fe, un solo bautismo (Eph. 4, 5). Pasar más allá en nuestra inquisición es ilícito” (D. 1647).

Continúa “Unitatis Redintegratio” (n. 3):

 

“Los hermanos separados de nosotros practican también no pocas acciones sagradas de la religión cristiana, las cuales, de distintos modos, según la diversa condición de cada Iglesia o Comunidad, pueden sin duda producir realmente la vida de la gracia y hay que considerarlas aptas para abrir el acceso a la comunión de la salvación.

Por ello, las Iglesias y Comunidades separadas, aunque creemos que padecen deficiencias, de ninguna manera están desprovistas de sentido y valor en el misterio de la salvación. Porque el Espíritu de Cristo no rehúsa servirse de ellas como medios de salvación, cuya virtud deriva de la misma plenitud de gracia y de verdad que fue confiada a la Iglesia católica.”

“Sin duda” acá está dicho y reiterado, explícitamente, que fuera de la Iglesia hay salvación. “De ninguna manera” puede negarse la contradicción con el dogma de nuestra Fe.

 

“Sin embargo, los hermanos separados de nosotros, ya individualmente, ya sus Comunidades e Iglesias, no disfrutan de aquella unidad que Jesucristo quiso dar a todos aquellos que regeneró y convivificó para un solo cuerpo y una vida nueva, y que la Sagrada Escritura y la venerable Tradición de la Iglesia confiesan. Porque únicamente por medio de la Iglesia católica de Cristo, que es el auxilio general de salvación, puede alcanzarse la total plenitud de los medios de salvación. Creemos que el Señor encomendó todos los bienes de la Nueva Alianza a un único Colegio apostólico, al que Pedro preside, para constituir el único Cuerpo de Cristo en la tierra, al cual es necesario que se incorporen plenamente todos los que de algún modo pertenecen ya al Pueblo de Dios.”

La Iglesia católica aparece sólo como una especie de hermana mayor que recibió los dones más en abundancia, “la total plenitud de los medios de salvación”, o sea, una mera distinción cuantitativa.

Es la concepción modernista que condenara San Pío X en la Pascendi: “A lo sumo podrían acaso afirmar los modernistas, y es que la religión católica por tener más vida posee más verdad y que es más digna del nombre cristiano porque responde con mayor plenitud a los orígenes del cristianismo”.

II. LAS FALSAS “IGLESIAS” Y LA VERDADERA
Y ÚNICA IGLESIA DE DIOS

El Pueblo de Dios

El Concilio presenta así a un “Pueblo de Dios” al cual “pertenecen ya” (iam aliquo modo pertinent) los cristianos separados, y como veremos, aun los no cristianos. En la Iglesia Católica esa pertenencia se daría en “plenitud”. Este es un tema reiteradísimo por el Concilio.

La Constitución dogmática Lumen Gentium (Cap. II) trata de “El Pueblo de Dios”. Dice que está “unido no en la carne sino en el Espíritu” y que “tiene por cabeza a Cristo”.

“La condición de este pueblo es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios en cuyos corazones habita el Espíritu Santo” como en un Templo. Tiene por ley el nuevo mandato de amar como el mismo Cristo nos amó a nosotros (cf. lo. 13, 34) y tiene ... como fin, el dilatar más y más el reino de Dios...”

"Este pueblo mesiánico... aunque no incluya a todos los hombres... es sin embargo, para todo el género humano, un germen segurísimo de unidad, da esperanza y de salvación: Cristo que lo instituyó para ser comunión [paíabra que gusta mucho al Concilio y la usa con varios sentidos] de vida, de caridad y de verdad, se sirve también de él como de instrumento da la redención universal...” (L. G. II, 9).

"Todos los hombres son llamados a esta unidad católica del Pueblo de Dios, que simboliza y promueve la paz universal, y a ella pertenecen o se ordenan de diversos modos, sea los fieles católicos, sea los demás cre­yentes en Cristo, sea también todos los hombres en general, por la gracia de Dios llamados a la salvación” (L.G. II, 13).

"La Iglesia se reconoce unida por muchas razones con quienes, estando bautizados, se honran con el nombre de cristianos, pero no profesan la fe en su totalidad o no guardan la unidad de comunión bajo el sucesor de Pedro. Pues hay muchos que honran la Sagrada Escritura como norma de fe y vida, muestran un sincero celo religioso, creen con amor en Dios Padre todopoderoso y en Cristo, Hijo de Dios Salvador, están sellados con el bautismo, por el que se unen a Cristo, y además aceptan y reciben otros sacramentos en sus propias Iglesias o comunidades eclesiásticas. Muchos de entre ellos poseen el episcopado, celebran la sagrada Eucaristía y fomentan la piedad hacia la Virgen Madre de Dios. Añádase a esto la comunión de oraciones y otros beneficios espirituales, e incluso cierta verdadera unión en el Espíritu Santo, ...” (L.G. c. II, 15).

¡No! La Iglesia no está “unida por muchas razones” con herejes y cismáticos, no tiene con ellos “cierta verdadera unión en el Espíritu Santo”.

¿Cómo se concilian misericordia y justicia divinas? Lo sabremos Dios mediante en la otra vida. Mientras vivamos debemos sostener que fuera de la Iglesia no hay salvación. “Pasar más allá en nuestra inquisición es ilícito” (D. 1647).

Otra explícita contradicción del dogma

Luego el Concilio reitera ¡y cómo! que fuera de la Iglesia Católica hay salvación, presentando una Iglesia de Cristo, instrumento de unión con Dios, que comprende también a las iglesias separadas.

15. “Todos conocen también con cuánto amor realizan los cristianos orientales el culto litúrgico, especialmente la celebración eucarística, fuente de la vida de la Iglesia y prenda de la futura gloria, por la cual los fieles, unidos con el Obispo [hereje o cismático], al tener acceso a Dios Padre por medio de su Hijo, el Verbo encarnado, que padeció y fue glorificado, en la efusión del Espíritu Santo, consiguen la comunión con la Santísima Trinidad, hechos partícipes de la divina naturaleza (2 Petr 1,4). Así, pues, por la celebración de la Eucaristía del Señor en cada una da estas Iglesias, se edifica y crece la Iglesia de Dios... y por la concelebración se manifiesta la comunión entre ellas [...].

¿Cómo ha podido ser aprobado esto por más de 2000 “Padres conciliares” sin reacción ni antes ni después ? ¡ Este solo párrafo basta para condenar al “Concilio” Vaticano!

Según éste los “hermanos separados” se santificarían, no ya por el voto implícito [9] de pertenecer a la Iglesia Católica, sino en cuanto miembros de una iglesia separada por el cisma y la herejía, y unidos al obispo “separado”.

Pero, “Nuestro Señor quiso que su religión estuviera de tal manera ligada a la sociedad instituida por Él, que permaneciera enlazada y como concretada en ella, de forma que fuera de la Iglesia no haya ninguna religión verdaderamente cristiana” [10].

“Así, pues, como en la verdadera asamblea de los fieles no hay más que un solo Cuerpo, un solo Espíritu, un solo Señor y un solo bautismo, así no puede haber sino una sola fe (cf. Ef 4,5); y, por lo tanto, quien rehusare oír a la Iglesia, debe ser considerado, según el mandato del Señor, como un gentil y publicano (Mt. 18,17). En consecuencia, quienes están separados mutuamente en la fe o en el régimen, no pueden vivir en este único Cuerpo, ni de este único Espíritu divino” [11]. No tienen pues “cierta verdadera unión en el Espíritu Santo.”

Y enseña la Unam Sanctan (D. 468):

“Por apremio de la fe, estamos obligados a creer y mantener que hay una sola y Santa Iglesia Católica y la misma Apostólica, y nosotros firmemente la creemos y simplemente la confesamos, y fuera de ella no hay salvación ni perdón de los pecados; como quiera que el Esposo clama en los cantares: Una sola es mi paloma, una sola es mi perfecta, única es ella de su madre, la preferida de la que la dio a luz [Cant. 6, 8]. Ella representa un solo cuerpo místico, cuya cabeza es Cristo, y la cabeza de Cristo, Dios. En ella hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo [Eph. 4, 5]. Una sola, en efecto, fue el arca de Noé en tiempo del diluvio, la cual prefiguraba a la única Iglesia (...) y fuera de ella leemos haber sido borrado cuanto existía sobre la tierra. Mas a la Iglesia la veneramos también como única, pues dice el Señor en el Profeta: Arranca de la espada, oh Dios, a mi alma y del poder de los canes a mi única [Ps. 21, 21]. Oró, en efecto, juntamente por su alma, es decir, por sí mismo, que es la cabeza, y por su cuerpo, y a este cuerpo llamó su única Iglesia, por razón de la unidad del esposo, la fe, los sacramentos y la caridad de la Iglesia. Ésta es aquella túnica del Señor, inconsútil [Ioh. 19, 23], que no fue rasgada, sino que se echó a suertes. La Iglesia, pues, que es una y única, tiene un solo cuerpo, una sola cabeza, no dos, como un monstruo, es decir, Cristo y el vicario de Cristo, Pedro, y su sucesor, puesto que dice el Señor al mismo Pedro: Apacienta a mis ovejas [Ioh. 21, 17]. Mis ovejas, dijo y de modo general, no éstas o aquéllas en partlcular; por lo que se entiende que se las encomendó todas. Si, pues, los griegos u otros dicen no haber sido encomendados a Pedro y a sus sucesores, menester es que confiesen no ser de las ovejas de Cristo, puesto que dice el Señor en Juan que hay un solo rebaño y un solo pastor” [Ioh. 10, 16].

“Las Iglesias y comunidades separadas en Occidente” (“Unitatis Redintegratio”)

Mas no sólo en las “iglesias” orientales separadas habría salvación. También en las protestantes.

 

“A partir de entonces [la Reforma] muchas comuniones ya na­cionales, ya confesionales, quedaron separadas de la Sede Romana. Entre aquéllas en las que las tradiciones y estructuras católicas con­tinúan subsistiendo en parte, ocupa lugar especial la comunión angli­cana” [U.R. 13].

“Nuestra atención se dirige, ante todo, a los cristianos que confiesan públicamente a Jesucristo como Dios y Señor y Mediador único entre Dios y los hombres, para gloria del único Dios, Padre e Hijo y Espíritu Santo. Sabemos que existen graves divergencias con la doctrina de la Iglesia católica aun respecto de Cristo, Verbo de Dios encarnado, y de la obra de la redención, y, por consiguiente, del misterio y ministerio de la Iglesia y de la función de María en la obra de la salvación. Nos gozamos, sin embargo, viendo a los hermanos separados tender hacia Cristo como fuente y centro de la comunión eclesiástica. Movidos por el deseo de la unión con Cristo, se ven impulsados a buscar más la unidad y también a dar testimonio de su fe delante de todo el mundo” [U. R. 20].

“El amor y la veneración, y casi culto, a las Sagradas Escrituras conducen a nuestros hermanos al estudio constante y solícito de la Biblia, pues el Evangelio es poder de Dios para la salud de todo el que cree, del judío primero, pero también del griego (Rom 1, 16).

Invocando al Espíritu Santo, buscan en las Escrituras a Dios, que les habla en Cristo, preanunciado por los profetas, Verbo de Dios encarnado por nosotros. En ellas contemplan la vida de Cristo y cuanto el Divino Maestro enseñó y realizó para la salvación de los hombres, sobre todo los misterios de su muerte y de su resurrección” [U.R. 21],

“El Evangelio es poder de Dios para la salud (eterna) de todo el que cree”... todo lo que Dios manda creer. No para quien según su “libre examen” acepta o rechaza unas cosas u otras.

A menos que hubiere ignorancia invencible, y estén dispuestos a a obedecer a Dios en todo (D. 1677).

Repetimos lo que dice en Satis Cognitum León XIII citando a San Agustín y San Ireneo:

“Los que toman el nombre de Cristo es necesario que lo tomen todo entero. Cristo todo entero es una cabeza y un cuerpo, la cabeza es el Hijo Único de Dios; el cuerpo es su Iglesia: es el esposo y la esposa, dos en una sola carne”. (...) “Todos los que piensen como la Sagrada Escritura respecto de la cabeza, pero que no viven en comunión con la autoridad de la Iglesia, no están en la Iglesia” (S. Agus­tín, ver nota 2).

“Escuchad a San Ireneo: «La verdadera sabiduría es la doctrina de los Apóstoles... que ha llegado a nosotros por los Obispos... al transmitirnos el conocimiento muy completo de las Escrituras, conservándolas sin alteración»[12]”.

“He aquí por qué escribía San Ireneo hablando de los herejes: «Confiesan las Escrituras, pero pervierten su interpretación» [13]. San Agustín: «... las Escrituras que son buenas, se entienden [por los herejes] de una manera que no es buena»[14]”.

Por eso los hijos de la Reforma no “contemplan [en las Escrituras] ... cuanto el Divino Maestro enseñó y realizó para la salvación de los hombres”.

Los protestantes “mientras conmemoran en la Santa Cena la muerte y la resurrección del Señor, profesan que en la comunión de Cristo se significa la Vida” (Vaticano II)

 

“El bautismo, por tanto, constituye un vínculo sacramental de unidad, vigente entre todos los que por él se han regenerado. Sin embargo, el bautismo por sí mismo es sólo un principio y un comienzo, porque todo él tiende a conseguir la plenitud de la vida en Cristo. Así, pues, el bautismo se ordena a la profesión íntegra de la fe, a la plena incorporación a la economía de la salvación tal como Cristo en persona la estableció, y, finalmente, a la íntegra incorporación en la comunión eucarística”.

“Las Comunidades eclesiales separadas, aunque les falte esa unidad plena con nosotros que dimana del bautismo, y aunque creamos que sobre todo por la carencia del sacramento del orden, no han conservado la genuina e íntegra sustancia del Misterio eucarístico, sin embargo, mientras conmemoran en la Santa Cena la muerte y la resurrección del Señor, profesan que en la comunión de Cristo se significa la vida, y esperan su glorioso advenimiento. Por esto, la doctrina sobre la Cena del Señor, sobre los demás sacramentos, sobre el culto y los ministerios de la Iglesia, debe ser objeto del diálogo” [U.R. 22].

“¿Qué clase de ‘comunión de Cristo’ es ésta, en qué se parecen la renovación incruenta del sacrificio del altar, el milagro (incomprensible a los ángeles y a los hombres) de la Transubstanciación, con el relato protestante de la Ültima Cena? Esta falsificación del misterio central de la Santa Misa no da ni ‘significa la Vida’.

"Éste no es un lenguaje católico, sino ambiguo y aún falso que no revela amor ardiente a las almas de los hermanos separados ni a la gloria de Dios.

"Pensemos que las comunidades separadas comprenden sectas que sostienen hasta la poligamia (mormones), pues el libre examen no tiene límites, ni el decreto sobre el Ecumenismo los pone ni los quiere poner."[15]

Como vimos, según el Concilio, los cristianos separados “pertenecen ya" al Pueblo de Dios. Les faltaría la “plena incorporación” a la Iglesia Católica, donde se daría la “total plenitud de los medios de salvación”. Estarían con ella, según Juan Pablo II, en “comunión incompleta pero real”.

León XIII, en la Satis Cognitum, ya citada, refuta de antemano el ecumenismo que impregna al Concilio. Y aporta otras innumerables citas de Santos Padres y autores sagrados.

Así: “Hay —dice San Cipriano— un solo Dios, un solo Cristo, una sola Iglesia de Cristo, una sola fe.. . Todo el que se separa del centro de la vida no podrá vivir por sí solo ni respirar”[16].

¿Se puede agradar a Dios en el protestantismo?

Y el Concilio en cambio:

 

“La vida cristiana de estos hermanos (los protestantes), se nutre de la fe en Cristo y se robustece con la gracia del bautismo y con la palabra de Dios oída. Se manifiesta en la oración privada, en la meditación bíblica, en la vida de la familia cristiana, en el culto de la comunidad congregada para alabar a Dios. Por otra parte, su culto presenta a veces elementos valiosos de la antigua liturgia común.

”La fe con la que se cree en Cristo produce frutos de alabanza y de acción de gracias por los beneficios recibidos de Dios; únesele también un vivo sentido de justicia y una sincera caridad para con el prójimo. Esta fe activa ha producido no pocas instituciones para soco­rrer la miseria espiritual y corporal, para cultivar la educación de la juventud, para humanizar las condiciones sociales de la vida, para establecer la paz en el mundo” [U. R. 23].

Mas ¿qué vale esa fe y qué valen esas obras en orden a la salva­ción? Nos contesta León XIII apoyado en los Santos Padres. Así San Cipriano: “Quien no guarda esta unidad [católica] no guarda la ley de Dios, ni guarda la Fe del Padre y del Hijo, ni guarda la vida ni la salud” [17].      

"Y San Hilario: Cristo sentado en la barca para enseñar, nos da a entender que los que están fuera de la Iglesia no pueden tener ninguna unión con la palabra divina. Pues la barca representa a la Iglesia, en la que sólo el Verbo de verdad reside y se hace escuchar, y los que están fuera de ella y fuera permanecen, estériles e inútiles como la arena de la ribera, no pueden comprenderle”[18].

Sigue la Satis Cognitum: “En efecto, por la salud del género humano se sacrificó Jesucristo, y con este fin relacionó todas sus enseñanzas y todos sus preceptos, y lo que ordenó a la Iglesia que buscase en la verdad de la doctrina, fue la santificación y la salvación de los hombres. Pero este plan tan grande y tan excelente, no puede realizarse por la fe sola; es preciso añadir a ella el culto dado a Dios en espí­ritu de justicia y de piedad, y que comprende, sobre todo, el sacrificio divino y la participación de los sacramentos y, por añadidura, la san­tidad de las leyes morales y de la disciplina”.

Luego concluye León XIII: “Todos los medios de salvación que en el plan ordinario de la Providencia son necesarios a los hombres, sólo ella [la iglesia] es quien los procura”.

Por ello el Syllabus en su proposición 18, condena: “El protestan­tismo no es otra cosa que una forma diversa de la misma verdadera religión cristiana y en él, lo mismo que en la Iglesia Católica, se puede agradar a Dios” (D. 1718).

Y la profesión tridentina de fe, aprobada por la Bula de Pío IV, Iunctum nobis (13.XI.1564) termina así:

 

“Reconozco a la Santa, Católica y Apostólica Iglesia Romana como madre y maestra de todas las Iglesias, y prometo y juro ver­dadera obediencia al Romano Pontífice, sucesor del bienaventurado Pedro, príncipe de los Apóstoles y vicario de Jesucristo.” D. 999

“Igualmente recibo y profeso indubitablemente todas las demás cosas que han sido enseñadas, definidas y declaradas por los sagra­dos cánones y Concilios ecuménicos, principalmente por el sacrosanto Concilio de Trento (y por el Concilio ecuménico Vaticano [I], seña­ladamente acerca del primado e infalibilidad del Romano Pontífice)19; y, al mismo tiempo, todas las cosas contrarias y cualesquiera here­jías condenadas, rechazadas y anatematizadas por la Iglesia, yo las condeno, rechazo y anatematizo igualmente. Esta verdadera fe cató­lica, fuera de la cual nadie puede salvarse, y que al presente espon­táneamente profeso y verazmente mantengo, yo el mismo N. N. prometo, voto y juro que igualmente la he de conservar y confesar íntegra e inmaculada con la ayuda de Dios hasta el último suspiro de vida, con la mayor constancia, y que cuidaré, en cuanto de mí dependa, que por mis subordinados o por aquellos cuyo cuidado por mi cargo me incumbiere, sea mantenida, enseñada y predicada: Así Dios me ayude y estos santos Evangelios.” D. 1000

SIGUE

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ÍNDICE DEL N° 113

________________________________________

1] Gregorio XVI: Encíclica Summo Jugiter, Editorial Guadalupe, Bs. As., 1963, pp. 32-33.
[*] Ver Denringer-Umberg, Enchiridion Symb. 430; S. Cipriano Ep. 73 a Iubaiano, n. 21 (Migne PL, 3, col. 1123-B).
[2] Comparación que hacen Bonifacio VIII y Pío IX.
[3]
Ludwig OTT, Manual de Teología Dogmática, Herder, Barcelona, 1969.
[4]
Que reproducimos en el Anexo I y más brevemente en el texto.
[5]
Todos los documentos conciliares fueron promulgados con la misma fórmula: “Todas y cada una de las cosas establecidas en esta Constitución dogmática (este De¬creto o Declaración) han obtenido el beneplácito de los Padres del Sacrosanto Con¬cilio. Y Nos, con la potestad apostólica que nos ha sido conferida por Cristo, jun¬tamente con los venerables padres, las aprobamos, decretamos y estatuimos en el Eapfritu Santo, y ordenamos que lo así decretado conciliarmente sea promulgado para gloria de Dios”. “Roma, en San Pedro, día 21 de noviembre de 1964. Yo, PABLO, obispo de la Iglesia Católica.”
[6]
Este símbolo lo rezaban cada domingo los sacerdotes y religiosos, pues el Breviario Romano lo incluía en el Oficio de Prima. Por la Rubricarum Instructum, promulgada por Juan XXIII el 25 de junio de 1960 [n° 203], sólo se reza el Domingo de Trinidad.
[7]
Singular! quadam, de 9-XII-1854.
[8]
En la Encíclica Satis Cognitum. Cit. S. Agustín. Contra Donat. ep. sive de TJnltate Eccl. c. IV, n. 7, P.L. 43, 395.
[9] 9
En las condiciones ya indicadas: ignorancia invencible, deseo informado con caridad perfecta, fe en un Dios justo remunerador (D. 1647, D. 1648, D. 1677, D. 1678, D.S. 3872).
[10]
9 Conc. Vaticano I, Constitución Pastor aeternus, del 18-VII-1870, C. II.
[11]
9 Pío XII, Mystici Corporis.
[12]
S. Iren. Ad. Haer. 1, IV, C. 33, ni 8, P. G. 7, 1077.
[13]
S. Iren. Ad. Haer. III, 12, ni 12, P. G. 7, 906.
[14]
S. Agus. Evang. Joa. trad. 18, C. S., n° 1.
.[15]
Ver Roma 85 y 108. 17 S. Cipr.
[16]
S. Cipr. De Catth. Eccl. Unit. 23, P. L. 4, 517.
[17]
De Cath. Eccl. Unit. 6, P. L. 4, 503.
[18]
S. Hilar. Comment. in Mat. 23, n1? 1, P. L. 9, 993.
[19]
Lo incluido entre paréntesis debe ahora añadirse por decreto de la S. C. del conc. (20-1-1877) [ASS 10 (1877) 74]. (Nota del Denzinger.)