CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

6 de febrero
SANTA DOROTEA, VIRGEN y MÁRTIR
P. Juan Croisset, S.J.


SANTA DOROTEA, VIRGEN y MÁRTIR P. Juan Croisset, S.J.

Santa Dorotea, virgen y mártir, tan célebre en toda la iglesia latina, fué natural de Capadocia, de una familia distinguida por su nobleza, pero mucho mas por su piedad, pues se cree que su padre y su madre habían ya merecido la dicha de derramar su sangre y darla vida por Cristo, cuando su hija Dorotea mereció también la corona del martirio.

Era tan umversalmente estimada la virtud y el raro mérito de nuestra tierna doncellita en la ciudad de Cesárea, donde habia nacido, que constantemente era tenida por un milagro de prudencia, de modestia y de piedad, mirándola como ejemplo de todas las doncellas cristianas.

Pretendiéronla muchos por esposa, movidos de su nobleza, de su discreción y de su hermosura, pero la santa se había declarado tan descubiertamente por la virginidad, que los cristianos la llamaban la esposa de Jesucristo; y su virtud, acompañada de una virginal modestia, la hacia respetable hasta a los mismos paganos.

Luego que llegó á Cesárea el gobernador Sapricio, oyó hablar mucho de las extraordinarias prendas de Dorotea, y no le dejaron de decir que ella era la que con su ejemplo y con su reputación estorbaba á los cristianos que obedeciesen los edictos de los emperadores. Con este aviso la mandó prender; y habiéndola hecho comparecer en su tribunal, la preguntó cómo se llamaba. Llamóme Dorotea, respondió la santa con aquella apacibilidad y aquella modestia que inspiraba á todos veneración y respeto á su persona. ¿Porqué rehusas adorar los dioses del imperio? replicó el gobernador; ¿ignoras por ventura los decretos imperiales? No ignoro, respondió la santa, lo que los emperadores han mandado, pero también sé que solo se debe adorar al único Dios verdadero; y que esos que vosotros llamáis dioses del imperio son unas puras quimeras, trasformadas en deidades por el antojo de los hombres, para autorizar los mayores desórdenes, y para consagrar hasta las pasiones mas vergonzosas. Pues juzgad vos mismo, señor, si será licito ofrecer sacrificio á los demonios, y si será mas puesto en razón obedecer á unos hombres mortales, cuales son los emperadores, ó al verdadcro Dios inmortal, criador del cielo y de la tierra.

Quedó como cortado Sapricio al oir una respuesta tan cuerda y tan no esperada; pero disimulando su admiración, se contentó con decirla en tono blando y cariñoso, que sino quería tener la misma suerte que sus padres, era menester obedecer, pues no había otro medio para salvar la vida.Yo no temo los tormentos, respondió la santa, ni tengo mayor ansia que dar mi vida por aquel que me redimió á costa de la mya.¿Y quién es ese por quien tanto deseas morir? replicó Sapricio —Es Jesucristo,mi Salvador y mi Dios, respondió Dorotea.— ¿Y dónde está ese Jesucristo? volvió á replicar el gobernador. —En cuanto Dios, dijo Dorotea, está en todas partes; y en cuanto hombre, está en el ciclo á la diestra de Dios Padre, siendo la gloria de todos los que le sirven, y donde después de mi muerte espero poseerle por toda la eternidad. Este es aquel paraíso delicioso, dulce estancia de los bienaventurados; esta es aquella hermosa región, donde reina una felicidad pura, sabrosa, eterna. Sapricio, para ella te convida á ti el mismo Salvador Jesucristo; pero no puedes ser admitido en ella sin hacerte primero cristiano.

No hizo caso el gobernador de lo que acababa de oir, y dijo á la santa - Déjate de todas estas vanas y extravagantes ideas; créeme, sacrifica á los dioses, y cásate: si no lo haces asi, voy á condenarte al último suplicio. No quiera Dios, respondió Dorotea, que siendo cristiana sacrifique á los demonios, ni que teniendo la dicha de ser esposa de Jesucristo, piense jamás en otro esposo. Interrumpióla Sapricio, y ordenó que la entregasen á dos hermanas llamadas Crista y Calixta, que pocos dias antes habian renunciado a la fe de Jesucristo, prometiéndolas un gran premio si lograban pervertir á Dorotea. Hicieron las dos cuanto pudieron para derribarla y para obligarla á apostatar, como lo habian hecho ellas-, pero sucedió tan al contrario, que nuestra santa las redujo á ellas al gremio de la santa iglesia, porque las habló con tanta viveza y con tanta eficacia, que, rendidas á sus exhortaciones, conocieron y detestaron su apostasía-, pero al mismo tiempo desconfiaban de su salvación á vista de un delito tan enorme.

Representólas Dorotea, que si había sido grande el delito de negar á Jesucristo, aun Santa Dorotea y las dos hermanas Crista y Calixtaera mucho mayor el de desconfiar de su misericordia ; que no habia enfermedad incurable para la virtud de un médico omnipotente, el cual, decia la santa doncella, quiso tomar el nombre de Salvadoi; solo por salvar á todos los hombres de sus pecados. Arrojaos pues en los brazos de su misericordia, abrazad la penitencia, arrepentios de corazón de todas vuestras culpas, y yo salgo por fiadora de vuestra eterna salvación.

Deshechas en lágrimas las dos hermanas Crista y Calixta, se arrojaron á los pies de nuestra santa, suplicándola hiciese oración por ellas, para que el Señor se dignase de aceptar su penitencia. Ilízolo Dorotea, y las fortificó lanto en la fe, que, llamadas por el gobernador para saber si la habían reducido á sacrificar á los ídolos, le respondieron que harto arrepentidas estaban ellas de haber cometido esta vileza, cuanto mas persuadir á nadie que la ejecutase. Arrebatado Sapricio de furor al oír esta respuesta, mandó que si luego al punto no sacrificaban de nuevo, en aquella misma hora fuesen arrojadas las dos, ligadas por las espaldas, en una gran caldera de agua hirviendo á vista de Dorotea. Ejecutóse así, y las dos santas hermanas pidieron al Señor que aceptase aquel tormento en satisfacción de sus pecados, teniendo la dicha de recibir la corona del martirio antes que la misma que tan felizmente las habia restituido al camino de su salvación.

Enfurecido Sapricio á vista de un suceso tan poco esperado, mandó que Dorotea fuese aplicada á cuestión de tormento, dando orden para que la atormentasen sin piedad. No es posible imaginar lo mucho que padeció la santa doncella por la inhumana crueldad de los verdugos. En medio de eso estaba tan extraordinariamente alegre en el potro, que, admirado Sapricio, no se pudo contener sin preguntarla la causa de aquella extraordinaria alegría. Estoy sumamente gozosa, respondió la santa, porque en mi vida he tenido el consuelo que hoy experimento, considerando que mi Dios se ha valido de mi para restituir á Jesucristo aquellas dos almas que vosotros le Habíais quitado, y espero que muy presto iré á hacer compañía á los bienaventurados en la alegría que tienen también por lo mismo.

Mandó Sapricio que la apaleasen cruelmente, y que la abrasasen los costados con hachas encendidas. Cuanto mas la atormentaban, mas alegre se mostraba Dorotea; tanto, que podia parecer insultaba á Sapricio aun mas que le temía. Al fin, avergonzado éste de verse como vencido por una tierna doncellitá, pronunció sentencia de que la cortasen la cabeza. Apenas la oyó la santa, cuando, llena de alegría, exclamó: Bendito seáis, Señor, por la gracia que me hacéis de darme lugar en vuestro paraíso, adonde me llamáis.

Cuando la llevaban al suplicio, la encontró un abogado joven, llamado Teófilo, grande enemigo de los cristianos, y la dijo, haciendo chacota de ella : Mira que te encargo, esposa de Jesucristo, que no dejes de enviarme unas flores y unas manzanas del jardín de tu esposo, cuando llegues á él. Prometióselo Dorotea; y cuando estaba al pie del cadalso, donde había de ser degollada, sé le apareció un gallardo mancebo, que traía en un canastillo tres hermosísimas manzanas pendientes de un ramo, con ojas verdes y frescas, no obstante de ser tan fuera de tiempo. Suplicóle la santa que de su parte las llevase á Teófilo, mientras ella se iba al cielo en busca de su divino Esposó; y habiéndose puesto de rodillas, inundado el semblante de celestial alegría, alargó el cuello al cuchilló, y la cortaron la cabeza el dia 6 de febrero del año de 308.

Estaba Teófilo contando á sus amigos lo que le había pasado, cuando el mancebo de lle presentó aquellas manzanas y aquellas flores en nombre de Doroteaas manzanas se llegó á él, y retirándole aparte, le presentó aquellas manzanas y aquellas flores en nombre de Dorotea y al punto desapareció. El milagro era evidente, porque era el mes de febrero, y estaba á la sazón toda la Capadocia cubierta de nieve y hielo. Teófilo le tuvo por tal, y sintiéndose mudado de repente, comenzó á clamar que solo Jesucristo era Dios verdadero, y que eran bienaventurados los que á ejemplo de Dorotea derramaban su sangre por él. Publicóse luego por toda la ciudad una conversión tan milagrosa como repentina. Preguntado el mismo Teófilo, confesó la fe de Jesucristo, publicó el milagro, y fué á hacer compañía á Dorotea en la gloria,' recibiendo la corona del martirio.

Las reliquias de esta santa son muy solicitadas de los pueblos por la singular devoción que la profesan. Roma se gloría de tener la mayor parte de su cuerpo en la iglesia de su nombre, donde todos los años en el dia de su fiesta se bendicen unas manzanas en memoria del milagro que dejamos referido. En Bolonia de Italia, en Arles, en Lisboa y en la cartuja de Sirch hay reliquias de santa Dorotea.

MARTIROLOGIO ROMANO

En Cesárea de Capadocia, la fiesta de santa Dorotea, virgen y mártir, que fué primeramente atormentada en el caballete por orden de Sapricio, gobernador de la provincia, después abofeteada largo tiempo, y últimamente sentenciada á perder la cabeza. Un joven abogado, por nombre Teófilo, convertido en vista de su martirio, fué también atormentado cruelísimamente sobre el caballete, y luego degollado.

El mismo dia, los santos mártires Saturnino, Teófilo y Revócate.

En Emesa en Fenicia, san Silvano, obispo, el cual, después de haber gobernado cuarenta años aquella iglesia, fué con otros dos cristianos expuesto á las bestias en tiempo del emperador Maximiano, y habiendo sido su cuerpo enteramente despedazado, recibió así la palma del martirio.

En Clermont de Auvernia, san Antoliano, mártir.

El mismo día: san Vedasto y san Amando, cuya vida y muerte han sido esclarecidas con un gran número de milagros: el primero gobernó la iglesia de Arras, y el segundóla de Maestric.

En Bolonia, san Guarino, obispo cardenal de Palestina, recomendable por la santidad de su vida.

La misa es en honra de la santa, y la oración es la que sigue.

Indulgentiam nobis quaesumus Domine, beata Dorotea virgo et martyr imploret: quae tibí semper grata extilit, et mérito castitalis, et tuae professione virtutis: Per Dominum nostrum Jesum Christum Filium tuum....

Suplicárnoste, Señor,nos concedas el perdón de nuestros pecados por intercesión de la bienaventurada virgen y mártir Dorotea, que siempre le fué tan grata, así por el mérito de su virginal pureza, como por lo que acreditó tu poder en el valor con que padeció el martirio por confesar tu fe : l'or nuestro Señor Jesucristo...

La epístola es del cap. 51 del libro del Eclesiástico.

Domine Deus meus, exaltasti super terram habitationem meam, el pro morte defluente, deprecatus sum. Invocavi Dominum patrem Domini mei, ut non derelinquat me in die tribulationis meae, el in témpora superborum sine adjutorio. Laudabo nomen tuum assidue et collaudabo illud in confessione, et exaudita est oratio mea. El liberasti me de perdi- tione, et eripuisti me de tempore ini- quo.Propterca confitebor, et laudem dicam tibi, Domine Deus noster.

Señor Dios mío, ensalzaste mi habitación sobre la tierra, y yo te rogué por la muerte, que todo lo destruye. Invoqué al Señor, Padre de mi Señor, para que no me deje sin socorro en el día de mi tribulación y en el tiempo que dominan los soberbios. Alabaré continuamente tu nombre, y le celebraré con nacimientos de gracias, porque mi oración fue oída. Y me libraste de la perdición, y me salvaste del tiempo inicuo. Por todo esto te daré gracias, diré tus alabanzas y bendeciré el nombre del Señor.

NOTA.

«En el último capítulo del Eclesiástico, de donde se sacó esta epístola, Jesús hijo de Sirach, autor de dicho libro, da gracias al Señor por haberle librado de muchos peligros en que se habia visto. Todo el contexto de este capitulo viene como nacido á los santos mártires, y por eso se le aplica la santa » iglesia.»

REFLEXIONES

Todos fuimos criados para el Cielo, donde, por lo que toca al Señor, todos tenemos preparado nuestro lugar. ¿Nos damos mucha prisa, suspiramos mucho por vernos cuanto antes en aquella feliz estancia? Pues no hay medio: ó Cielo ó Infierno. Si Dios no fuere nuestra suprema felicidad, necesariamente ha de ser eterna nuestra desdicha; terrible disyuntiva que nos hace conocer cuan necesario es salvarnos. Ciudadanos somos de aquella ciudad celestial; pues ¿qué atractivos podemos hallar en la Tierra? La mayor de todas las desdichas es la eterna condenación, pero con la gracia del Señor podemos evitarla. Y ¿á qué otro fin más justo ni más importante se podrán dirigir nuestras oraciones? El orgullo domina en el mundo imperiosamente. El es el que introduce el fausto, la profanidad, el pomposo aparato de galas, el tren soberbio, la altanería y el desdén. Pero todo se acaba con la vida; y ¿qué efectos produce á la hora de la muerte ese espíritu de mundo? Los buenos sufren aquí con paciencia el reino de los soberbios; es decir, de los mundanos, que, siendo enemigos de Cristo y del Evangelio, hacen continua guerra á la virtud. ¡Qué indignamente suelen tratarla en el mundo! Siempre está expuesta á las insulsas chanzonetas de los disolutos. Pero, si el Señor la protege, ¿qué tiene que temer? Los impíos ejercitan la virtud de los buenos; así es, pero no podrán hacerlos daño. Toda su malignidad se reduce á purificar la virtud y á aumentarlos el mérito. Cuando se le pide á Dios lo que es de su mayor gloria, y mas conveniente para nuestra salvación, siempre son bien despachadas nuestras peticiones. ¿Debemos por ventura hacerle otras? Vivimos en pais enemigo; este mundo és nuestro destierro, és un valle de lágrimas; sentados estamos á la orilla del rio de Babilonia. Los santos lloraban continuamente acordándose de la Jerusalen celestial, y la multitud de peligros les obligaba á estar perpetuamente en centinela para librarse de tantos lazos. Colocaban en Dios toda su confianza, en ella fundaban todo su aliento en tiempo de tempestad: librólos Dios de la perdición, sacándolos de muchos riesgos. ¿Quién nos quita que experimentemos siempre la misma protección, y que tengamos perpetuamente el mismo motivo para rendirle gracias? No nos arrojemos atolondradamente en los peligros, tengamos una sincera voluntad de agradar á Dios, sirvámosle con fidelidad, mirémonos en la tierra como desterrados, suspiremos sin cesar por nuestra celestial patria, pongamos toda confianza en Jesucristo; y lograremos la dicha de bendecirle eternamente, y de cantar sin cesar sus alabanzas.

El evangelio es del cap. 13 de san Maleo.

En aquel tiempo dijo Jesús á sus discípulos esta parábola: Es semejante el Reino de los Cielos á un tesoro escondido en el campo, que el hombre que le halla le esconde, y muy gozoso de ello va y vende cuanto tiene, y compra aquel campo. También es semejante el Reino de los Cielos al comerciante que busca piedras preciosas, y en hallando una, fue y vendió cuanto tenía, y la compró. También es semejante el Reino de los Cielos á la red echada en el mar, que coge toda suerte de peces, y en estando llena la sacaron y, sentándose á la orilla, escogieron los buenos en sus vasijas, y echaron fuera los malos. Así sucederá en el fin del siglo. Saldrán los ángeles y apartarán los malos de entre los justos, y los echarán en el horno de fuego: allí habrá llanto y rechinamiento de dientes. ¿Habéis entendido todo esto? Respondiéronle: Sí. Por eso todo escriba instruido en el Reino de los Cielos es semejante á un padre de familias, que saca de su tesoro lo nuevo y lo viejo.

MEDITACIÓN

De la salvación eterna.

Punto primero.—Considera que la salvación es el tesoro escondido, cuyo precio ignoran muchos, haciendo muy poca atención á su importancia; pero, al mismo tiempo, los prudentes lo sacrifican todo por conseguirle. ¿Tenemos negocio más importante que tratar? ¿Tenemos mayor fortuna que hacer?

Del bueno ó del mal suceso de este negocio depende, ó la bienaventuranza eterna ó la eterna desdicha. Todos los demás solamente nos son permitidos en cuanto nos sirven de medios para salir bien con éste. Perdido este negocio, todo se perdió; pues el mismo Dios, fuente de todos los bienes, se perdió para nosotros por toda la eternidad y sin remedio.

Mi grande negocio es el de mi salvación. ¿Puedo tener nunca otro de mayor consecuencia, ni en que me interese más? Pues un negocio grande, de tal manera sorbe los otros, que apenas deja lugar para pensar en ellos. Fácilmente se consuela uno, aunque pierda éstos, como aquél otro se gane. Por salir bien en un negocio importante, todo se pone en movimiento: amigos, empeños, razones; se sacrifica el descanso, la diversión y hasta los mismos bienes temporales. ¿Hácese lo mismo por el negocio de la salvación?

Pues éste es mi principal negocio; todos los demás deben ceder á éste. Pero ¡ah!, que quizá éste cede á todos los demás. ¿Empleamos mucho tiempo en trabajar por él? ¿Es la salvación el objeto de nues­tras ansias, de nuestras obras, de nuestros pensamientos? ¡Cosa que aturde! Apenas se mira esto de la salvación como negocio impor­tante; no hay cosa más despreciada. ¡Y no será la mayor maravilla del mundo, si procediendo de esta suerte nos salvamos! 

No tenemos cosa más indispensable que la salvación. Háyase perdido una batalla, un reino entero, paciencia; háyase perdido una rica herencia, un pleito, un empleo honorífico y lucroso, paciencia; háyase perdido toda la hacienda, la salud, la misma vida; paciencia. La salvación nos consuela; éste es el recurso de los recursos. Pero ¿hallará algún consuelo el que se condena por toda la eternidad?

No es absolutamente necesario que yo sea rico, que sea poderoso, que sea hábil; pero es absolutamente necesario que sea santo. Busca alguna otra cosa que te sea más necesaria, ni que aun lo sea igualmente. Pero ¿lo creemos así? Cuando nada, ó apenas nada, hago por mi salvación; cuando no salgo de mi paso regular y ordinario, sin hacer más que lo acostumbrado, ¿creo bien que ésta es para mí la cosa más necesaria? ¿Creo bien que el que una vez se condenarse condena para siempre?

¡Ah, Señor! ¿Qué suerte será la mía? Pero ¿cuál es mi conducta? ¿Me salvaré? Mas ¿qué respondería yo á otro que me hiciese esta pregunta, si viviera como yo vivo?

Punto segundo.—Considera que la salvación, no solamente es el grande, el principal negocio, sino nuestro único negocio personal; es decir, el negocio que únicamente y con toda propiedad es nuestro. Adelantando aquel negocio, comprando aquel empleo, cultivando bien la hacienda, ganando aquel pleito, se hace, hablando en rigor, el negocio de los hijos ó el de los herederos; en suma, se hace el negocio de otro. Sólo trabajando en mí salvación hago mi propio negocio: éste sí que es mío, y que ningún otro le puede hacer por mí. Pero ¿he trabajado mucho en él? ¿Le tengo muy adelantado?

Si al salir de este mundo todo lo hubieres hecho bien, menos tu salvación, haz cuenta que nada has hecho. Y aquellos por quienes trabajaste tanto, quizá á costa de tu pobre alma; tus herederos, tus amigos, tus parientes, ¿podrán por ventura resarcirte el irreparable daño de tu perdición eterna? ¿Podrás esperar de ellos servicios muy importantes? Al contrario; si acertaste á trabajar bien en tu salvación, aunque en todas las demás pretensiones hubieres sido infeliz, hiciste tu fortuna; nada tienes de qué arrepentirte; nada te resta que hacer. ¡ Dios mío! ¿Dudamos acaso de esta verdad? Y si la creemos, ¿cómo se compone nuestra indolencia, nuestra indiferencia, nuestra inacción con nuestra fe?

El negocio de la salvación es muy delicado; no hay otro más espinoso. Ninguno pide ni más atención, ni más cuidado. ¡Buen Dios! ¿Cuántos enemigos hay que combatir? ¿Cuántos estorbos que vencer? ¿Cuántos lazos que evitar? Todo es peligro en la vida, todo tentación. Es menester velar y orar incesantemente; es menester una continua violencia. El camino que conduce á la vida es estrecho; nacen en él las cruces, por decirlo así, debajo de los pies; no es vida cristiana la que no es inocente, humilde, mortificada. Esta es la filosofía moral de Jesucristo. Pero ¿es también la nuestra?

No nos ha dado Dios la vida sino para trabajar toda ella en el negocio de nuestra salvación; juzgó que toda ella la habíamos menester para salir bien de este negocio. Mas nosotros ¿juzgamos también lo mismo? ¿Cuánto tiempo hemos dedicado á él? ¡Oh Dios! Vivimos con una certeza moral de que no nos hemos de salvar: la fe, la palabra de Jesucristo, nuestra misma razón nos está convenciendo de que infaliblemente nos hemos de condenar, si vivimos como hemos vivido hasta aquí; y todavía perseveramos tranquilamente en nuestra insensible ociosidad. ¡Válgame el Cielo! ¿En qué se funda esta fatal confianza?

¡Oh Dios mío! Si estas reflexiones que ahora estoy haciendo, ó, por mejor decir, si la gracia que me hacéis de que haga estas reflexiones no me empeña en trabajar sin dilación desde este mismo punto seriamente en mi eterna salvación, ¿á qué podré esperar? Todo lo espero, Señor, de vuestra misericordia; Vos me queréis salvar, yo quiero salvarme; pues ¿de quién dependerá qué me condene?

JACULATORIAS

Vuestro soy, Señor: salvadme.—Ps. 118.             
 
Trabajad, corred de suerte que merezcáis el premio. I Cor., 9.

PROPÓSITOS

1.    No hay punto de religión en qué más fácilmente se convenga que en éste; y, con todo eso, puede ser que tampoco le haya menos eficaz. Ingenuamente se confiesa que nada se ha hecho por salvarse. Pero ¿qué fruto se saca de esta confesión? Acaso ningún otro sino hacernos más delincuentes. Se ve, se palpa que ni siquiera se ha dado principio á este negocio. La edad va creciendo cada día; quizá va ya volviendo hacia el ocaso. Y ¿qué diligencias se hacen? ¿Qué medidas se toman? En buena fe, ¿ésta es impiedad ó es locura? Seguramente es uno y otro. Sé más prudente y más cristiano. Tu conciencia te está reprendiendo tu inacción; no se pase este día sin que des alguna prueba de tu celo.

2. Siendo indispensable dirigir todas nuestras acciones al punto céntrico de la salvación, dispón desde luego el plan de vida que has de observar en adelante, ó si ya le tienes dispuesto, vuélvele á leer. Pero son ociosas las reglas para vivir bien, si no se guardan. Ten perpetuamente á la vista este oráculo de Jesucristo. Una sola cosa es necesaria. Despierta ya de ese fatal letargo en que has vivido hasta aquí en el negocio de tu salvación. Ten un rato de conversación sobre este punto, ó con tu confesor, ó con algún otro sujeto de tu confianza. Si se consulta con hombres hábiles un negocio temporal, el negocio de la eternidad, el negocio de la salvación, ¿no merecerá siquiera aquel mismo cuidado que se aplica á un negocio de ninguna importancia? ¿Es posible que los hijos del siglo hayan de ser siempre más hábiles y más prudentes en sus negocios que los hijos de la luz?

SANTORAL