CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

13 de febrero
LOS SANTOS MÁRTIRES DEL JAPÓN
PABLO MIKI, JUAN DE GOTO, Y DIEGO KISAI
P. Juan Croisset, S.J.

  
LOS SANTOS MÁRTIRES DEL JAPÓN PABLO MIKI, JUAN DE GOTO, Y DIEGO KISAI - - P. Juan Croisset, S.J.

Con verdad se puede decir que quiso Dios en estos postreros tiempos renovar en la iglesia del Japón todas las maravillas que obró su poder en los primeros siglos de la primitiva Iglesia. Los mismos milagros de la gracia en la pronta conversión de los pueblos y de los reyes; la misma piedad y el mismo fervor en los nuevos cristianos; los mismos prodigios obrados por san Javier, que fué el apóstol de aquella nueva porción del rebaño de Jesucristo, y en fin la misma persecución , que, así en el número de las personas como en el horror de los tormentos, excedió á las mas crueles persecuciones de los reyes de Persia y de los emperadores romanos; pero también el mismo valor en los nuevos cristianos, la misma magnanimidad y la misma constancia.

Siete años después que los portugueses aportaron al Japón la primera vez, entro en él san Francisco Javier para predicar la fe de Jesucristo, era el año de 1549, y su predicación hizo tanto progreso, asi por el inmenso celo y portentosos prodigios de este nuevo Apóstol, como por el que, á su imitación, mostraron los muchos de la Compañía que le sucedieron en sus apostólicas empresas, que se vio como renacer la,primitiva Iglesia en el Japón; y en pocos años se contaron en aquellas islas muchos millares de cristianos.

En el año 1587, treinta y oeho después que san Francisco Javier habia sembrado el primer grane del Evangelio en aquella yierra,se contaban ya mas de doscientos mil cristianos en el Japón entre los cuales había muchos reyes, muchos principes, muchos
generales, los primeros señores de la corte, y la flor de la nobleza japonesa. Aumentábase cada día la cristiandad, por la particular estimacion que bacía de la religión cristiana el emperador Cambacaundo que después tomó el nombre de Taycosama, que significa el muy alto y soberano señor. Pero envidioso el infierno del triunfo de Jesucristo, y asustado con sus conquistas, excitó una persecución deshecha y tan tenaz, que todavía dura en nuestros tiempos, habiendo convertido en víctimas de la fe aquel prodigioso número de cristianos.

Habiendo resuelto Taycosama (el tirano mas cruel que acaso ha visto hasta hoy la Iglesia de Jesucristo} exterminar el cristianismo de todo el imperio del Japón, comenzó por el destierro de los misioneros. Pero así los Jesuítas como otros religiosos que se hallaban en aquel imperio, quisieron mas exponer su vida que abandonar aquella afligida cristiandad, teniéndose por dichosos en derramar la sangre por la fe, y en merecer por su celo la palma del martirio. Como el fuego de la persecución se babia extendido por todo el vasto imperio del Japón; ellos se repartieron también por todas las provincias, no solo para conservar, sino para aumentar también, si pudiesen, ei rebaño de Jesucristo durante aquella furiosa tormenta. De tal manera bendijo Dios sus apostólicos trabajos, que desde el principio de la persecución hasta el año 1597, que quiere decir en menos de dos años, bautizaron más de setenta mil personas.

Hacia el fin del año de 1596 llegó orden del Emperador al gobernador de Osaka, para que prendiese á todos los religiosos de san Francisco y de la Compañía que se hallasen en aquella ciudad. No se encontraron en ella mas que seis frailes de San Francisco, y tres Jesuítas, porque los demás se habían repartido por ios lugares y aldeas de la provincia para animar á los cristianos, y para disponerlos á padecer aquella persecucion. Los jesuítas eran Pablo Miki, Juan Soan, y Diego Quisai: los dos últimos estaban todavía en el noviciado, pero su fervor y su celo no era inferior al de los mas antiguos.

Era Pablo Miki natural del reino de Ava, el mas oriental de los cuatro en que se divide la isla de Licoco. Su padre Fandaidono, uno de los capitanes de Nubanangua mas estimados y mas favorecidos del Emperador, había recibido el bautismo el año de 1568 juntamente con sus hijos, siendo nuestro Pablo el menor de todos, y leniendo á la sazón solo cinco añas; pero ya desde esta edad mostraba tanta inclinación á la virtud, que todos se prometían una santidad eminente, y por eso se dedicó su piadoso padre con particular desvelo al cuidado de su educación. Y descubriéndose en el niño un natural feliz, un ingenio vivo y penetrante, con una piedad, que aunque tierna, parecía muy superior ásu edad, le envió al seminario de Anzuquiama, que estaba á cargo de los Padres de la Compañía, donde en brevísimo tiempo hizo admirables progresos, así en el estudio de las letras, como en la verdadera ciencia de los Santos. La inocencia de costumbres, junto á una devoción ardiente y fervorosa, encendió luego en aquel pequeñito corazón un celo tan abrasado de la salvación de sus paisanos, tanto, que apenas supo Pablo el catecismo cuando comenzó á enseñárselo á los otros; y supo ya hacer catecúmenos en una edad en que hacia mucho en saber lo que era ser cristiano.

Una virtud tan anticipada y tan pura le inspiró luego un gran disgusto del mundo; y su ardiente, amor á Jesucristo no le permitió dedicarse á servir á otro dueño. Apenas conoció á los Jesuítas cuando pidió con instancia ser adnvitido en la Compañía; siendo los principales motivos que le determinaron á esta elección la particular profesion que hace la Compañía de honrar singularmente a la Madre de Dios, de quien el niño Pablo Miki era devotísimo; y después de esto le movió el dedicarse por instituto á trabajar sin treguas ni intermisión en la salvación de los prójimos. Fue recibido en ella, y desde luego dio las señales menos equívocas de lo mucho que había de honrarla con el tiempo, en el extraordinario fervor con que hizo su noviciado. Concluido este, y acabados los estudios, le aplicaron los superiores enteramente al ministerio de la predicación, para el cual descubrió tan singular talento, que se hacia dueño de los corazones da todos con admirable facilidad. Solo con dejarse ver en el púlpito no habia pecador tan obstinado que no se le rindiese; no habia idólatra tan ciego, que pudiese resistir á la eficacia de sus discursos, y a la invencible fuerza de su elocuencia siempre victoriosa. Los primeros años predicó en el reino de Arima, y en el principado de Omara con tan prodigiosos concursos, y con tan asombrosas conversiones, que no habia memoria de haberse visto jamás semejante conmoción; Noticiosos los superiores del fruto que hacia nuestro predicador, pusieron en él los ojos para que fuese á ayudar al P. Organtino; que cultivaba la cristiandad de Osaka y de Meaco con trabajos inauditos. El mismo Miki se dejó admirar en el centro del imperio, que había sido el asombro de los dilatados reinos de Ximo. Concurrían á oirle de las partes mas distantes, y era una especie de milagro que se viese un solo sermón suyo sin alguna conversión de mucho ruido. En vano se coligaron los bonzos contra el portentoso predicador del Evangelio, ninguno lo combatió, ninguno los confundió mas felizmente ni triunfó de ellos como quiso, ya fuese de viva voz en sermones y en disputas, ya por escrito en los numerosos tratados de controversias que publicó. 

A la verdad la eminente virtud del siervo de Dios, aquella tierna devoción, aquella humildad profunda, aquella natural modestia, y aquella vida penitente se apoderaban de los corazones de tal maneera, que ninguno podia resistirse á la impresión que hacian en ellos sus dulcísimas palabras. Solo con verle en el pulpito cautivaba; pero en comenzando á hablar derretía, convencía y conquistaba. Justamente le merecieron el nombre de Apóstol estas evangélicas conquistas; y como entre ellas se contaban muchas conversiones portentosas, le veneraban todos como á hombre extraordinario. Sin temeridad se puede creer y aun afirmar, que su inocencia de vida, su piedad tan edificativa, y sus grandes trabajos apostólicos le merecieron la dicha y la gloriosa corona del martirio. 

Juan Soan, llamado Juan de Goto, porque era natural de este, reino, nació en el año de 1518, reinando Luis I, uno de los más cristianos y mas celosos príncipes de aquellas islas. Eran sus padres cristianos, y luego que nació el niño fue bañado con las saaludables aguas del Bautismo. Pero como no solo eran cristianos, sino también muy piadosos, no contentos con haberle hecho bautizar, le criaron en toda virtud con el mayor cuidado; y recayendo esta vigilante educación en una alma prevenida ya con la divina gracia, formó en Juan un mozo con todas las señas de verdaderamente predestinado. Habiendo muerto Luis I, un hermano suyo usurpó la corona á Luis II, hijo del difunto monarca; y muchos cristianos por evitar la persecución que se siguió inmediatamente á la usurpación de la corona, se refugiaron en el reino de Ximo, entre los cuales fueron el padre y la madre de nuestro Juan; quien hallándose trasplantado á un país donde ninguno le conocía, comenzó á serlo desde entonces con el nombre de Juan de Goto; y con este nombre se le apellida también en las actas de su martirio. Viéndole sus padres tan niño, y temiendo no se manchase su inocencia, y se perdiese el fruto de su educación con el contagioso comercio de otros niños de su edad, le metieron en el seminario de los Padres de la Compañía. Estaba Juan dotado de un excelente ingenio, y de un corazón verdaderamente dócil; con que en poco tiempo se habilitó en las letras humanas, y se hizo recomendable en la ciencia de los Santos. Por sus costumbres angélicas mereció ser propuesto como modelo á la juventud del Japón: y habiendo pasado algunos años en la isla de Xequi le enviaron los Padres de la Compañía á que sirviese de catequista en Osaka al P. Morejon, que cultivaba con feliz suceso aquella nueva viña. No era fácil encontrar otro mozo de mas bello natural, ni de una virtud á toda prueba que nuestro joven catequista.

Toda su ansia era dar su vida por la fe, y solo aspiraban sus deseos á la corona del martirio. Había pretendido muchos años antes ser recibido en la Compañía; pero como era de tan tierna edad, y el Padre Provincial estaba muy distante, no habia podido lograr sus fervorosos deseos. Luego que llegó la noticia de haberse encendido la persecución, y de que el Emperador estaba resuelto á quitar la vida á todos los cristianos, no es explicable el gozo que le causó la esperanza de ser mártir, y el ansia con que instó para que le diesen la ropa, muy persuadido á que la persecución habia de comenzar por los Jesuitas. Fueron finalmente oidos sus deseos, y no bien habia sido recibido en la Compañía, cuando llegó el gobernador de Osaka á poner guardas á la casa, que es el modo con que se hacen las prisiones en el Japón. Bien pudo Juan libertarse; pero estaba muy lejos de malograr tan bella ocasión el que con tan ardientes ansias suspiraba por la corona del martirio.

El tercero de la Compañía, que fue preso, se llamaba Diego Quisai. Era natural del reino de Bigen, y habiendo recibido el Bautismo en su juventud, se había siempre distinguido por su celo, por su fe, por sus arregladas costumbres, y por una vida ejemplar. Aunque era un pobre oficial de oscuro y humilde nacimiento, tenia un corazón noble y generoso para con Dios, sin ceder a nadie en fervor, en celo y en virtud. Habia sido casado, y mientras lo fue vivió con tanta inocencia y con tanta piedad, que era dechado de todos, y confusión de muchos. No asi su mujer, cuyas desarregladas costumbres la precipitaron, no se sabe con qué ocasión, en la apostasía de la fe. Dejóla Diego, y llevándose consigo un hijo único que habia tenido de ella, le colocó en lugar seguro, donde pudiese ser educado en la religión cristiana. Después de dar orden en sus negocios se retiró á la casa de los Padres de Osaka, donde hacia oficio de portero, sin dejar de ayudar al hermano Juan de Goto, en el ministerio de catequizar á los que deseaban recibir el santo Bautismo. El grande amor á la penitencia le hacia atormentar su cuerpo con las mas dolorosas mortificaciones, y su devoción sobresaliente era la tierna que profesaba á la santísima Virgen María. Todo el tiempo que tenia libre le empleaba en oración, y en meditar la pasión de Jesucristo, que leia infaliblemente toda entera cada dia, trayendo siempre consigo para este fin un libro de la pasión. Ya habia tiempo que era pretendiente de la Compañía, deseando ser admitido por hermano coadjutor; y luego que supo la orden que habia llegado de prender á los Jesuitas de Osaka, reiteró sus instancias con tanto fervor, que logró en fin sus deseos, y fue contado en el número de los novicios. El gozo de Verse ya en la Compañía fue mayor cuando se halló preso por amor de Jesucristo, y no cesaba de dar gracias á Dios en compañía de sus nuevos hermanos por este singular favor que les dispensaba á todos.

Fueron conducidos á Meaco por orden del Emperador estos tres héroes de la fe, y en aquella ciudad se encontraron con otros quince cristianos condenados á ser sus compañeros en la corona del martirio. Eran tos mas criados ó domestícos de los religiosos de san Francisco, y casi todos de la tercera Orden del santo Patriarca. Entre ellos habia tres niños, cuya constancia llenó de admiración á los mismos gentiles, y dio mucho honor á nuestra Religión. Llamábanse Luis, Antonio y Tomé; el primero de doce años, los otros dos no pasaban de quince, y los tres estaban dedicados á servir en la iglesia y sacristía del convenio. El niño Luis al principio no estaba puesto en la lista; pero sabiéndolo él, fue tanto lo que lloró, lo que se afligió, y daba laies gritos, que para acallarle fue preciso escribirle en ella con todos los demás. Hallándose un dia en el convento donde estaba preso el santo niño cierto caballero gentil, le dijo que si quería, él tenia modo seguro para librarle; al punto le respondió el fervoroso Luis: Mejor harías lú en recibir el santo Bautismo, sin el cual serás infeliz por toda la eternidad; y en esto sí que estaría bien empleada tu industria.

El 3 de enero de 1597 sacaron de la prisión á los veinticuatro confesores de Jesucristo, llevándolos á pié con las manos atadas á las espaldas por las calles de Meaco, y conducidos á la plaza : allí les cortaron á lodos la parte superior de la oreja siniestra, cuyas preciosas reliquias, arrojadas al suelo por los verdugos, recogieron los cristianos con tierna devoción. El secretario del gobernador de Osaka, que se llamaba Víctor, tuvo cuidado de recoger las de los tres Jesuítas, y se las regató allí mismo al P. Organdino, provincial del Japón. Cuando las tuvo en sus manos aquel venerable anciano, se las ofreció á Dios derramando dulces lágrimas y diciéndole: Estos son, Señor, los primeras frutos y estas las primicias de esta nueva Iglesia vuestra, que consagro á vuestra Majestad. La sangre de estos vuestros fieles siervos, que riega esta inculta tierra, sea como semilla de otros innumerables, que en este úlimo ángulo del mundo os honren con sus ejemplos, con sus virtudes, con sus tormentos, con su vida y con su muerte. Concluida esta primera ejecución hicieron subir los ministros á los santos Mártires de tres en tres en unas carretas que estaban prevenidas, y de calle en calle los fueron paseando por toda la ciudad de Meaco. Fue innumerable el gentío que concurrió á este ezpectáculo; y pareciéndole al santo Pablo Miki que no debia malograr tan bella ocasión, convirtió en pulpito la carreta, y comenzó á predicar con gran fervor, exhortando a los Cristianos á la constancia en la fe, y persuadiendo á los gentiles que se hiciesen cristianos, sin lo cual no podía haber salvación.

Al día siguiente los condujeron en las mismas carretas desde Meaco á Osaka, desde Osaka á Sacay, y desde allí á Nangasaqui; paseándolos en todas partes por las calles, como se habia hecho en Meaco, predicando en todas nuestro Pablo con el mismo celo, con la misma intrepidez, y coa .el mismo feliz suceso. No hay voces para explicar lo mucho que padecieron los santos Mártires en viaje tan penoso, en estación tan rígida, y en frios tan crueles como los del Japón. Pero la risueña alegría que se dejaba ver en sus semblantes mostraba bien la dulzura interior con que acompañaba el cielo sus tormentos. Parecía que los llevaban en triunfo, según el gozo con que derramaban su sangre, y daban sus vidas por la fe de Jesucristo. El gobernador de Nangasaqui, Fazemburo, no pudo reprimir las lágrimas, viendo entre los presos á su antiguo amigo Pablo Miki. Rogóle el Santo que no llorase su dicha; y le pidió dos favores : el primero, que les permitiese recibir la sagrada Comnnion; y el segundo, que dispusiese fuesen ajusticiados en viernes. Esta última circunstancia era la única que faltaba á la muerte de nuestro Santo para ser en todo semejante á la de nuestro Salvador. Yo, repetía Pablo muchas veces inundado de alegría, yo tengo ahora la misma edad en que Jesucristo murió; yo estoy también sentenciado á morir en una cruz; pues solo me falla la fortuna de morir en el mismo día en que murió mi divino Maestro. Oyó el cielo sus piadosos deseos; porque todos lograron el consuelo de morir en viernes, y crucificados también, si no en el monte Calvario, en un montecilló ó monlañuela que se elevaba á doscientos ó trescientos pasos de la ciudad de Nangasaqui, que se llamó desde entonces el monte de los Mártires. Habiendo llegado nuestros ilustres confesores de la fe a una pequeña capilla, se les permitió el dulce consuelo de reconciliarse con el P. Pasio, que les esperaba en ella; y en sus manos hicieron allí los votos de la Compañía los dos hermanos Juan de Goto y Diego Quisai. Apenas se había acabado esta devota función, cuando llegó aviso de que Fazemburo los estaba aguardando en la colina donde se habia de consumar el sacrificio: al punto se pusieron en camino los santos Mártires, seguidos de un infinito gentío, marchando con tanta velocidad, que apenas los podian alcanzar los que les seguían.

Luego que descubrieron las cruces desde bastante distancia, corrió cada cual á abrazar la suya con tanto gozo y con tanta presteza, que la ternura hizo derramar muchas lágrimas á los Cristianos, y la admiración dejó como suspensos y atónitos á los gentiles. Tendiéronlos en ellas, y los aseguraron por brazos, piernas y cintura con fuertes bandas, añadiendo un collar de hierro por el cuello, que sin estorbarles la respiración les apretaba la garganta, obligándoles á mantener las cabezas rectas con dolor y con violencia. Elevaron después las cruces, y dejándolas caer en unos profundos hoyos abiertos en la roca viva para asegurarlas, el estremecimiento del golpe les causó por precisión agudísimos dolores.

íbase á dar principio á la ejecución, y ya los verdugos habían empuñado las lanzas para sacrificar al Señor aquellas valerosas víctimas de la fe, cuando descubriendo el santo Juan de Goto á su piadoso padre, que venciendo heroicamente los tiernos impulsos de la naturaleza había venido á decir el último adios á su querido hijo, le dijo con animosa generosidad: Bien veis, padre y señor, que no hay en el mundo cosa tan amable, que no se deba sacrificar por asegurar la salvación eterna. Yo tengo la dicha de dar la vida por la fe de Jesucristo: rendid mil gracias al cielo por este gran beneficio que á vos y á mí nos ha hecho. Tienes razón, hijo mio, respondió el animoso padre, yo se las rindo al Señor por gracia tan singular, y humildemente le ruego te asista con la suya, para que lleves adelante hasta el último suspiro esos nobles sentimientos, tan dignos de tu profesión y de tu estado. Puedes morir con el consuelo de que tu madre y yo estamos resueltos á seguirte en el combate, si somos tan dichosos que la ocasión se nos presente. Tuvo valor el esforzado padre para mantenerse inmoble á sus pies, hasta que vino volando la lanza á pasar de parte á parte el corazón del felicísimo hijo; y aun se dice que se mantuvo al pié de la cruz, hasta que bien empapado el vestido en aquella noble sangre, se retiró aun mas bañado el corazón de gozo, que de púrpura el vestido, rindiendo al cielo mil gracias por haberle hecho padre de un mártir, ilustrando con ese inmortal honor á su familia.

Pablo Miki predicaba desde la cruz con elocuencia divina, y habiendo dado principio á una devota oración por los verdugos que le crucificaban, vino la lanza por el aire, y abrió puerta para que volase su dichosa alma á concluir la caritativa súplica en el cielo. Á los sesenta y cuatro años de su edad el santo Diego Quisai estaba íntimamente penetrado de los mas vivos sentimientos de admiración, de devoción y de ternura, fijo el pensamiento en la Pasión dolorosa de Jesús, dulce y perpetuo empleo de su meditación y de su memoria desde sus mas tiernos años: y cuando se vio ya tendido, y amarrado en una cruz, no le cabían en el pecho los amorosos ímpetus del gozo, considerando que iba ya á expirar en ella por el amor, y á ejemplo de su divino Maestro.

Luego que se elevaron las cruces, levantaron todos los Mártires los ojos al cielo, y ofreciendo á Dios el sacrificio de sus vidas, pronunciaron todos el dulcísimo nombre de Jesús, que aun tenian en los labios, cuando llegaron las lanzas á introducírseles por el corazón, consumando todos casi á un mismo tiempo la gloria de su martirio.

Dícese en las Actas, que el santo niño Luis no cesó de rezar en alta voz el Padre nuestro y el Ave María todo el tiempo que se conservó vivo en la cruz, y que el tiernecito Antonio convidaba á los asistentes á que le ayudasen á cantar el salmo Laúdate pueri Dominum, correspondiendo todos, no con voces que ahogaba dentro del pecho el dolor y la ternura, sino con lágrimas que á torrentes brotaban dulcemente por los ojos. Viernes 5 de febrero del año 1597 fue el dichoso dia en que esta generosa tropa, primiicias de la sangre cristiana del Japón, aumentó el casi infinito número de Mártires que registra la Iglesia en sus anales.

No lardó el cielo en mostrar con señales sensibles y brillantes la gloria con que había premiado el valor de aquellos invictos campeones de Jesucristo. Conserváronse sus cuerpos por espacio de cuarenta dias, que se mantuvieron en las cruces, frescos, incorruptos y aun hermosos. Las aves de rapiña los miraron con respeto, no solo sin maltratarlos, pero huyendo reverentes de acercarse á ellos; y exhalaban todos tal fragancia, que hasta los gentiles confesaban el milagro, porque se les entraba por los sentidos. Con otras muchas maravillas testificó el cielo la gíoria de nuestros Mártires, autorizadas todas con multitud de testigos, que judicialmente se examinaron en los procesos. Habiéndose mezclado entre los santos Mártires dos famosos cristianos para asistirles en el camino, les acompañaron también en el del cielo, porque tuvieron parte en la misma corona, digno premio de su caridad ardiente. Treinta años después de su martirio, precediendo las informaciones necesarias, decretó el papa Urbano VIII á los veintiseis confesores de Jesucristo los honores debidos á los Mártires, dando licencia para que en todas las iglesias de la Compañía, por lo que toca á los tres Jesuítas, y en toda la religión Seráfica, por lo qwe toca á los demás, se pudiese rezar de ellos, y celebrar misa en su memoria, por cuantos quisiesen concurrir á rendirles este culto; todo provisionalmente hasta que se procediese á su solemne canonización, sin dejar por eso el mismo sumo Pontífice de apellidarlos con el glorioso título de Mártires. Las reliquias de los tres de la Compañía están expuestas á la pública veneración en el colegio de Meaco.

La misa es en honor de los santos mártires, y la oración es la siguiente:

La misa es en honor de los santos mártires, y la oración es la siguiente.

La epístola es del cap. 10 de san Pablo á los Hebreos.

La epístola es del cap. 10 de san Pablo á los Hebreos.

REFLEXIONES.

Adhuc mim modicum aliquantulum. Lo que resta de tiempo es breve, y muy breve, ¡Qué impresión tan viva como saludable no debiera hacer en el corazón de un cristiano una verdad de tanto desengaño! Esta brevedad de vida, esta cortedad de días que nos restan, fueron los que hicieron mirar con tanto hastío cuanto puede lisonjear los sentidos en el mando, á los que compararon el fugaz tiempo de la vida oon la duración de la eternidad. Á estas reflexiones debieron tastos generosos Mártires aquel mas que humano aliento con que no solo menospreciaron los deleites de la vida, sino la vida misma á vista de aquel bien infinito, de aquella dichosa eternidad que nos espera en el cielo, y merece bien el corto sacrificio que se la hace de unos días tristes, casi nunca serenos, casi siempre turbados, y llenos siempre de inqatetud, de turbación, de congoja, de sobresaltos y de perpetuos arrepentimientos. El tiempo es breve. ¿Cuántos que íeen esto no llegarán al fin del año en que lo leen? El tiempo es breve y en este breve tiempo bay un largo y peligroso viaje que emprender hay el negocio de mayor importancia que tratar; hay un sin número de obligaciones que cumplir ; hay mil enredadas cuen¬tas que ajustar; bay la mayor de todas las fortunas que pretender. El tiempo es breve. Luego es menester no perder tiempo: luego es menester darse prisa: luego es forzoso no perdonar diligencia para aprovecharle bien. Esta consecuencia es naturalísima; ni puede sacar otra un bombre cristiano, un hombre de juicio. Sin embargo, son otras, muy otras las consecuencias que se sacan comunmente. El tiempo es breve. Luego es preciso malograrle, desperdiciarle, perderle en diversiones poco cristianas, en frivolos pasatiempos, en vanidades, en naderías. El tiempo es breve. Y con todo eso muchos le emplean en una ociosidad inútil ó regalona, sin saber en qué gastarle: y aun los que están menos ociosos no por eso le ocupan mejor. Dedícase todo el tiempo á correr tras de un humo que se disipa; tras de una sombra que se desvanece; tras de un fantasma que no tiene cuerpo. Empléase el tiempo en amontonar grandes riquezas, sin saber por qué, ni para qué: en fabricarse una fortuna elevada, de donde ha de ser precipitado el mismo que la fabrica: en dejar de sí un grande nombre, del cual solo queda memoria en unos pergaminos viejos, ó en unos registros cubiertos de polvo y roídos de ratones. El tiempo es breve, dice el Apóstol; pues los que logran abundancia de bienes temporales, traten de no ser ricos, sino para socorrer con ellos á los pobres: los que nacieron entre la púrpura y el oro, suspiren únicamente por el cielo: los que viven llenos de aflicciones y de adversidades, claven fijamente los ojos en el premio que les aguarda: aquellos á quienes en todo se les muestra risueña la fortuna, considérense como desterrados, y respondan á los mundanos lo que respondieron los israelitas á los de Babilonia: ¿Cómo puede alegrarse en tierra extraña un cristiano verdadero? Siendo criado para el cielo, ¿qué cosa le puede divertir en esle triste destierro? No le pueden gustar, sino causarle mucho tedio los gustos y las diversiones con que el mundo le brinda. Quien está altamente persuadido á que certísimamente dentro de pocos meses, y quizá dentro de pocas horas ha de ser despojado de cuantos bienes, de cuantas riquezas, de cuantas dignidades posee, ¿cómo puede poner su corazón en ellas? Ser rico, y no saber si lo serás por poco ó por mucho tiempo, es propiamente no serlo. ¡Oh cuantas y cuan poderosas razones para usar de las cosas de este mundo como si no se usase de ellas! Porque la figura de este mundo es fugaz y transitoria. Hablando en propiedad, el mundo no es mas que una figura sin solidez y sin sus¬tancia: un sueño que divierte; una sombra que engaña; un fantasma que alucina y después hace llorar. De real no tiene mas que las amarguras y las pesadumbres. Los trajes que brillan, las honras que deslumbran, y todas esas diversiones de borbotón y de tumulto, en suma, no son mas que unas pinturas sin cuerpo, unas perspectivas aparentes: bellas exterioridades, apariencias risueñas, bastidores que á cada paso se corren, escenas que se mudan; y aquí no hay mas. ¡Necedad de necedades, correr tras de una sombra, y dedicarse á servir á una figura que pasa y se desvanece!

El Evangelio es del capitulo xxi de san Lucas

 

In illo tempore dixit Jesús discipulis suis; Cum audieritis praelia, et se-ditiones nolite terreri, oportet primum haec fieri, sed nondum statim finís. Tunc dicebat illis: Surget gens contra gentem, et regnum adversus regnum. Et terraemotus magni erunt per loca, et pestilentiae,et fames, terroresque de coelo, et signa magna erunt. Sed ante haec omnia injicient vobis manus suas, et persequentur, tradentes in synagogas, et custodias, trahentes ad reges et praesides propter nomen meum: continget autem vobis in testimonium. Ponite ergo in cordibus vestris non praemeditari quemadmodum respondeatis; ego enim dabo vobis os, et sapientiam, cui non poterunt resistere, et contradicere omnes adversarii vestri. Trademini autem áparentibus, et fratribus, ei cognatis, et amicis, et morte aflicient ex vobis: et eritis odio ómnibus hominibus propter nomen meum: et capillus de capite vestro non peribit. In patientia vestra poisidebitis animas vestras.

En aquel tiempo dijo Jesus a sus discípulos: Cuando oyereis hablar de guerras y sediciones, no temáis, pues conviene que sucedan primero estas cosas, que llegue el fin. Entonces, les añadió, se conmoverán una nación contra olra, un reino contra otro reino, y habrá grandes temblores de tierra por diferentes partes, pestes, hambres, y señales grandes y espantosas en el cielo. Pero ante todo esto os prenderán, perseguirán, y entregarán á las sinagogas y cárceles, presentándoos ante los reyes y gobernadores por causa de mi nombre, lo que os sucederá en testimonio (de la fe.) Grabad en vuestros corazones la máxima de no pensar el cómo habéis de responder, pues yo os daré palabras y sabiduría, á la que no podrán resistir, ni contradecir vuestros enemigos. Sabed; que seréis entregados por vuestros padres, hermanos, parientes y amigos, que os causarán la muerte. También seréis aborrecidos de todos los hombres por mi nombre; pero no perecerá un solo cabello de vuestra cabeza. Y por lo mismo con paciencia poseeréis (ó salvaréis,. vuestras almas).

MEDITACIÓN.
De los tres santos mártires Pedro, Juan y Diego.

PUNTO PRIMERO. — Considera la fidelidad con que estos santos Mártires correspondieron al beneficio que Dios les hizo disponiendo que naciesen de padres cristianos en medio de una nación de gentiles. ¡Qué pureza de costumbres aun en un país tan estragado! ¡Qué vigilancia, qué cuidado en preservarse de la impresión que podian temer del mal ejemplo que les daban los paganos! ¡Qué atención en libertarse de los lazos y de los tropiezos! Conservaron la inocencia en una edad en que las pasiones hacen de ordinario tanto estrago; en un clima en que el amor á los deleites y la inclinación al vicio suele anticiparse á las fuerzas de la edad; en un país en que reinaba la infidelidad y el paganismo. Casi estaban en la cuna, y ya se habia apoderado de su corazón una devoción fervorosa que los derretía en ternuras: su perseverancia constante en el ejercicio de la virtud les mereció la gloria y la dicha del martirio. Nosotros, por decirlo así, casi nacimos cristianos desde el vientre de nuestras madres: salimos á luz en un país donde florece la religión cristiana; en un tiempo en que el ejemplo de tantos buenos, el ejercicio público y notorio de la Religión, la piedad sensible dominante nos solicita con tanto empeño, ya por la voz de celosos predicadores, ya por el auxilio de los Sacramentos, ya por la copia de tantos libros espirituales, ya por la muda, pero eficaz elocuencia de tantos buenos ejemplos; y con todo eso padece triste naufragio la inocencia en medio de la mayor calma. ¿Qué digo? No pocas veces se estrella contra la playa casi antes de salir del puerto. Á todas las edades se atreve el dia de hoy la corrupción de costumbres, la licencia y la disolución. Parece que el Señor, para mayor confusión nuestra, nos quiere proponer tres brillantes modelos de virtud en los tres ilustres Mártires que hoy celebramos, los tres de edadas diferentes, y también de clases muy diversas. Pablo Miki, de padres tan calificados por su nobleza como por sus empleos; Juan de Goto, de casa rica y opulenta; Diego Quisai, un pobre oficial de humilde nacimiento: Goto en la flor de su juventud, Miki en lo mas vigoroso de la edad viril, Quisai con mas de sesenta años, pasando ya los límites de la venerable ancianidad. Con todo eso los tres, y cada cual en su edad, en su condición, en su estado, haciendo una vida cristiana, fervorosa y santa. ¡Y á vista de esto quedarán bien disculpados delante de Dios nuestros desórdenes, nuestra cobardía, nuestra disolución con los pocos ni con los muchos años, con la humildad, ó con la elevación de nacimiento! ¡Ah mi Dios! que el ejemplo de la inocencia, el valor, lá virtud fervorosa de los Santos condenará sin réplica á los cristianos cobardes; confundirálos y convencerálos habiéndoles inexcusables.

PUNTO SEGUNDO. — Considera que ninguna cosa condena tanto nuestra delicadeza y nuestra cobardía como la mortificación y la magnanimidad de les santos Mártires. Aquellos héroes del cristianismo fueron hombres como nosotros; sujetos á las mismas pasiones que nosotros; expuestos á los mismos y aun a mayores peligros que nosotros; padeciendo las mismas miserias que nosotros; tropezando con los mismos estorbos que nosotros. Ellos profesaban la misma religión que nosolros, y nosotros no creemos en Evangelio diferente del que creian ellos. Ni hay que excusar nuestra falta de valor con la falta de auxilios y de gracias: muchos de nosotros puede ser que hayamos tenido, y que tengamos muchas mas de las que tuvieron ellos; pero lo que no admite duda es, que todos tenemos las que nos bastan para ser santos, si queremos. Y si es cierto que ellos tuvieron con preferencia de nosotros aquellas gracias, aquellos auxilios extraordinarios que era menester para ser mártires, fue porque cooperaron con fidelidad á las ordinarias y comunes. Y ¿quién nos quita á nosotros el corresponder á ellas como ellos correspondieron? Si no lográremos la dicha de morir por la fe, en nuestra mano está vivir arreglados á las máximas del Evangelio. Los tres Mártires fueron religiosos; pero Juan de Goto y Diego Quisai aun no habían salido del estado de novicios. Pero la observancia de la ley, la humildad, la devoción obliga en todos los estados y en todas las edades. Pablo Miki predicaba la fe con elocuencia, con fruto, haciendo su celo maravillosas conversiones. Todos podemos ser predicadores, todos podemos convertirnos en apóstoles. Estén llenos de Dios nuestros corazones y nuestras palabras, nuestras conversaciones harán conquistas á Jesucristo. Bien puede alguno no tener talento para hablar; bien puede no tener ocasión de exhortar ó de persuadir; pero ninguno hay que no pueda predicar eficazmente con el ejemplo. Ya se viva en comunidad, ya en casa particular; ¿qué bienes no produce en los que viven debajo de un mismo techo, y obligados a una misma regla, la vida ejemplar de los fervorosos y de los perfectos? ¿Qué bien no hace en toda su casa un padre, una madre de familia cuya virtud, cuya vida ordenada y cristiana es una exhortación, es una misión perpetua? El grande arte de la virtud se aprende mejor con los ojos que con los oídos. Pierden toda su fuerza los mejores consejos, cuando el que los da practica lo contrario de lo que aconseja. Grita mucho al alma la vida ejemplar mas muda, y siempre grita con fruto. La cruz no era menos cruz para los santos Mártires del Japon que para todos los demás fieles. Con todo eso suspiran por ella, la abrazan tiernamente, aunque saben que en ella han de acabar su vida. Nosotros profesamos la misma Religión, creemos las mismas verdades, seguimos el mismo Evangelio. Pero ¡qué diferencia tan monstruosa hay entre nuestra vida y la suya! Y ¿esperaremos no obstante la misma suerte y la propia recompensa?

Vos, .Señor, que sois tan Salvador nuestro como lo fuisteis de los santos Mártires, no permitáis que se pierdan en nosotros estas reflexiones. Aumentad nuestra fe, encended nuestro corazón con la misma caridad, alumbrad nuestras almas con las mismas luces, y haced por vuestra misericordia, que siendo fieles á vuestra gracia, trabajemos eficazmente de hoy en adelante en el único negocio de nuestra salvación.

Jaculatorias. — ¿Qué preciosa es, Señor, a vuestros ojos la muerte de vuestros Santos! (Psalm. CXV).
Nada bastará, Dios mió, á separarme de vuestro amor: ni tribulaciones, ni trabajos, ni hambre, ni desnudez, ni peligros, ni persecuciones, ni la misma muerte. [Rom. VIII).

PROPÓSITOS.

1 El ejemplo de los Santos nos confunde, y hace frivolas nuestras excusas. No hay que alegar nuestra flaqueza para disculpar nuestra cobardía: la verdadera flaqueza está en nuestra mala voluntad. Este es el recurso de los herejes para acallar sus remordimientos y para autorizar sus desórdenes: fingen voluntatiamente una impotencia invencible á causa de nuestra flaqueza. Es verdad que de nuestra propia cosecha no somos mas que la misma miseria; pero esta impotencia natural se suple ventajosamente con la gracia, que solo falta á quien no quiere tenerla. No hay Santo en el cielo que no debiese su salvación y su dicha á la gracia del Redentor: no hay condenado en el infierno que no esté plenamente convencido de que él fue únicamente el artífice de su reprobación eterna. Desengañémonos, que los Santos tuvieron tan fuertes estorbos que vencer, tan violentas pasiones que domar, tan grande flaqueza que esforzar: y nosotros tenemos, además de eso, lo que ellos no tuvieron (al menos los primeros) que es el aliento y la virtud de sus ejemplos. Ellos fueron Santos con la gracia del Señor; ¿porqué no lo podremos ser nosotros con los auxilios de la misma gracia? Ríndete desde hoy á esta importante Verdad, y haz estas reflexiones llenas de consuelo en las fiestas de todos los Santos; porque ninguno hay que no nos reprenda nuestra flaqueza voluntaria. Aprovéchate del ejemplo que te dan, y aprende bien la gran lección que te enseñan.

2 Ama la cruz y sentirás poco tu flaqueza: sé mortificado, y serás fiel y generoso. Asústanse los sentidos solo con la memoria de los preceptos y de las máximas del Evangelio. Á solo el nombre de mortificación se sobresaltan, se estremecen las pasiones: el amor propio, siempre de inteligencia con estos enemigos de nuestra salvación, reclama, se amotina contra las leyes de la vida cristiana. No des oidos á sus gritos, ríete de sus esfuerzos, desprecia sus amenazas. Ama la cruz, ejercítate en la mortificación; no se pase dia alguno sin adorar á Cristo crucificado; sin besar sus llagas muchas veces, sin pedirle el espíritu de mortificación y de penitencia. Sirve mucho, aprovecha mucho la tierna devoción con la santa cruz, para que seamos menos delicados, menos sensibles y mas mortificados.

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SANTORAL DEL MES DE FEBRERO