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19 de marzo
SAN JOSE, ESPOSO DE LA SANTISIMA VIRGEN Y PATRONO DE LA IGLESIA UNIVERSAL
Año Litúrgico - Dom Prospero Gueranger


SAN JOSE, ESPOSO DE LA SANTISIMA VIRGEN Y PATRONO DE LA IGLESIA UNIVERSAL Año Litúrgico - Dom Prospero Gueranger

PROTECTOR DE LA VIRGINIDAD DE MARÍA. — Una alegría nos llega dentro de Cuaresma: José, el Esposo de María, el Padre adoptivo del Hijo de Dios, viene a consolarnos con su querida presencia.

El Hijo de Dios, al descender a la tierra para tomar la humanidad, necesitaba una Madre; esta Madre no podía ser otra que la más pura de las vírgenes; la maternidad divina no debia alterar en nada su incomparable virginidad. Hasta tanto que el Hijo de María fuera reconocido por Hijo de Dios, el honor de su Madre requería un protector: un hombre, pues, debía ser llamado a la gloria de ser el Esposo de María. Este fué José el más casto de todos los hombres.

PADRE ADOPTIVO DE JESÚS. — Y no sólo consiste su gloria., en haber sido escogido para proteger a la Madre del Verbo encarnado, sino también fué llamado a ejercer una paternidad adoptiva sobre el Hijo de Dios. Los Judíos llamaban a Jesús hijo de José. En el templo, en presencia de los doctores a quienes el divino Niño acababa de llenar de admiración por la sabiduría de sus preguntas y respuestas, dirigía así María la palabra a su Hijo: "Tu Padre y yo doloridos te buscábamos"; y el Santo Evangelio añade que Jesús estaba sujeto tanto a José como a Maria.

GRANDEZA DE SAN JOSÉ. — ¿Quién podrá concebir y expresar dignamente los sentimientos que llenaron el corazón de este hombre, que el Evangelio nos pinta con una sola palabra, llamándole hombre justo? Un afecto conyugal, que tenía por objeto la más santa y la más perfecta de las criaturas de Dios; el anuncio celestial, hecho por el ángel, que le reveló que su esposa lleva en su seno el fruto de salvación, y le asocia, como testigo único en la tierra, a la obra divina de la encarnación; las alegrías de Belén, cuando asistió al nacimiento del Niño, cuando custodió a la Virgen Madre y escucho los cantos angélicos, cuando vió llegar ante el recién nacido a los pastores, y poco después a los Magos; las inquietudes que vienen en seguida a interrumpir tanta dicha, cuando, en medio de la noche, tiene que huir a Egipto con el Niño y la Madre; los rigores de este destierro, la pobreza, desnudez a que fueron expuestos el Dios escondido, cuyo protector era, y la Esposa virginal, cuya dignidad comprendía cada vez mejor; la vuelta a Nazaret, la vida humilde y laboriosa que llevó en aquella aldea, donde tantas veces sus tiernos ojos contemplaron al Creador del mundo, llevando con él un trabajo humilde; y, en fin, las delicias de esta existencia sin igual en la casa que embellecía la presencia de la Reina de los ángeles, y santificaba la majestad del Hijo eterno de Dios; ambos a una dieron a José el honor de presidir aquella familia, que agrupaba con lazos más queridos al Verbo encarnado, Sabiduría del Padre y a la Virgen, incomparable obra maestra del poder y santidad de Dios.

EL PRIMER JOSÉ. — No, nunca hombre alguno, en este mundo podrá penetrar todas las grandezas de José. Para comprenderlas, se necesita abrazar toda la extensión del misterio con el que su misión en la tierra está unido, como un instrumento necesario. No nos extraña, pues, que este Padre nutricio del Hijo de Dios, haya sido figurado en la Antigua Alianza, bajo las facciones de un Patriarca del pueblo escogido. San Bernardo ha expresado magníficamente esta idea: "El primer José, dice, vendido por sus hermanos, y, en esto, figuraba Cristo, fué llevado a Egipto; el segundo, huyendo de la envidia de Herodes, llevó a Cristo a Egipto. El primer José, guardando la fidelidad a su señor, respetó a su ama; el segundo, no menos casto, fué guardián de su Señora, de la Madre de su Señor, y el testigo de su virginidad. Al primero le fué dado el com872 prender los secretos revelados por los sueños; el segundo recibió la confidencia del mismo cielo. El primero conservó las cosechas de trigo, no para él, sino para el pueblo; al segundo se le confirió el cuidado del Pan vivo que descendió del cielo, para él y para el mundo entero."

MUERTE DE SAN JOSÉ. — Una vida tan llena de maravillas, no podía acabar de otro modo que por una muerte digna de ella. El momento llega cuando Jesús debía salir de la oscuridad de Nazaret y manifestarse al mundo. En adelante sus obras darían testimonio de su origen celestial; el ministerio de José estaba, pues, cumplido. Le había llegado la hora de partir de este mundo, par ir a esperar, en el descanso del seno de Abrahán, el día en que la puerta de los cielos se abriese a los justos. Junto a su lecho de muerte velaba el dueño de la vida; su postrer suspiro fué recibido por la más pura de las vírgenes, su Esposa. En medio de los suyos y asistido por ellos, José se durmió en un sueño de paz. Ahora el Esposo de María, el Padre putativo de Jesús, reina en el cielo con una gloria, inferior, sin duda, a la de María, pero adornada de prerrogativas a las cuales nadie puede ser admitido.

PROTECTOR DE LA IGLESIA. — Desde allí derrama una protección poderosa sobre los que le invocan. Escuchad la palabra inspirada de la Iglesia en la Liturgia: "Oh, José, honor de los habitantes del cielo, esperanza de nuestra vida terrena y sostén de este mundo'". ¡Qué poder en un hombre! Mas buscad también un hombre que haya tenido tratos tan íntimos con el Hijo de Dios, como José. Jesús se dignó someterse a él en la tierra; en el cielo tiene la dicha de glorificar a aquel del que quiso depender, a quien confió su infancia junto con el honor de su Madre.

Así, pues, no tiene límites el poder de San José; y la santa Iglesia nos invita hoy a recorrer con absoluta confianza a este Protector omnipotente. En medio de las terribles agitaciones de las que el mundo es víctima, invóquenle los fieles con fe y serán socorridos. En todas las necesidades del alma y del cuerpo, en todas las pruebas y en todas las crisis, tanto en el orden temporal como en el espiritual, que el cristiano puede encontrar en el camino, tiene una ayuda en San José, y su confianza no será defraudada. El rey de Egipto decía a sus pueblos hambrientos: "Id a José"; el Rey del cíelo nos hace la misma invitación; y el fiel custodio de María tiene ante El mayores créditos que el hijo de Jacob, intendente de los graneros de Menfis, tuvo ante el Faraón. La revelación de este nuevo refugio, preparado para estos últimos tiempos, fué comunicado hace tiempo según el modo ordinario de proceder de Dios, a las almas privilegiadas a las cuales era confiada como germen precioso; como sucedió con la fiesta del Santísimo Sacramento, con la del Sagrado Corazón y con otras varias. En el siglo xvi, Santa Teresa de Jesús, cuyos escritos estaban llamados a extenderse por el mundo entero, recibió en un grado extraordinario las comunicaciones divinas a este respecto y dejó impresos sus sentimientos y sus deseos en su Autobiografía.

SANTA TERESA Y SAN JOSÉ. — He aquí cómo se expresa Santa Teresa: "Tomé por abogado y señor al glorioso San José, y encomendéme mucho a él. Vi claro que así de esta necesidad, como de otras mayores de honra y pérdida de alma, este padre y señor mío me sacó con más bien que yo le sabía pedir. No me acuerdo, hasta ahora, haberle suplicado cosa, que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado Santo, de los peligros que me ha librado, así de cuerpo como de alma; que a otros santos parece les dió el Señor gracia para socorrer en una necesidad; a este glorioso Santo tengo experiencia que socorre en todas, y que quiere el Señor darnos a entender que así como le fué sujeto en la tierra, que como tenía nombre de padre siendo ayo le podía mandar, así en el cielo hace cuanto le pide. Esto han visto otras muchas personas, a quien yo decía se encomendasen a él, también por experiencia; y aún hay muchas personas que le son devotas de nuevo experimentando esta verdad'".

FIESTAS DE SAN JOSÉ. — Pío IX para responder a los numerosos deseos y a la devoción del pueblo cristiano, el 10 de septiembre de 1847, extendió a toda la Iglesia la fiesta del Patrocinio de San José, que estaba concedida a la Orden del Carmen y a algunas iglesias particulares. Más tarde Pío X la elevó a la categoría de las mayores solemnidades dotándola de una octava. Su Santidad, el Papa Pío XII, deseando dar un patrono especial a todos los obreros del mundo, ha instituido una nueva fiesta, que se celebrará el primero de mayo; y por esto ha suprimido la que estaba fijada para el miércoles de la tercera semana después de Pascua, y ha decretado que la fiesta del 19 de marzo honre a la vez a San José como esposo de la Santísima Virgen y como Patrono de la Iglesia universal.

MISA

José, llamado justo por el Espíritu Santo, es, en efecto, por sus virtudes ocultas, el modelo de los que merecen en este mundo tan bello título. Así, pues, la fiesta de este día no impide a la Iglesia tomar una gran parte de la misa del Común de Santos Confesores.

INTROITO

El justo florecerá como la palmera: se multiplicará como el cedro del Líbano: plantado en la casa del Señor, en los atrios de la casa de nuestro Dios. Salmo: Es bueno alabar al Señor: y salmear a tu nombre, oh Altísimo. 7. Gloria al Padre.

El poder del Santísimo Esposo de la Madre de Dios, es uno de los más firmes apoyos de la Iglesia; uniéndonos a ella, pertrechémonos del valor de su intercesión para con el Hijo y la Madre.

COLECTA

Suplicárnoste, Señor, seamos ayudados por los méritos del Esposo de tu santísima Madre: para que, lo que no alcanza nuestra posibilidad, nos sea dado por su intervención. Tú, que vives.

EPISTOLA

Lección del libro de la Sabiduría (Eccli., 45, 1-5).

Fué amado de Dios y de los hombres, y su memoria es bendecida. Le hizo semejante a los Santos en la gloria, y le engrandeció con el temor de los enemigos, y con sus palabras aplacó a los monstruos. Le glorificó ante los reyes, y le mandó delante de su pueblo, y le mostró su gloria. Con su fe y su mansedumbre, le hizo santo, y le eligió de entre toda carne. Le oyó a El, y su voz, y le hizo entrar en la nube. Y le dió claramente sus preceptos, y la ley de la vida y de la ciencia.

DIGNIDAD DE MOISÉS . — Estas líneas están dedicadas, en el libro del Eclesiástico, al elogio de Moisés. Fué escogido para confidente de Dios; en presencia de los reyes trasmitía al pueblo las órdenes del cielo; su gloria igualó a la de los más ilustres patriarcas y santos personajes de la era de la esperanza. "Si uno de vosotros profetiza, decía el Señor, yo me revelaría a él en visión y le hablaría a él en sueños. No así a mi siervo Moisés, que es en toda mi casa el hombre de confianza. Cara a cara hablo con él y a las claras, no por figuras; y él contempla el semblante de Yavé."

DIGNIDAD DE SAN JOSÉ. — No menos amado de Dios y no menos bendito de su pueblo, José, no es solamente el amigo de Dios; el intermediario del cielo y una nación privilegiada. El Padre soberano le comunica los derechos de su paternidad sobre su Hijo; a este Hijo, cabeza de los elegidos, y no sólo al pueblo de las figuras, es a quien trasmite las órdenes de lo alto. La autoridad que ejerce de este modo, sólo es comparada con su amor; y no es como de pasada o a hurtadillas como mira al Señor; el Hijo de Dios le llama su Padre y se porta con él como un verdadero hijo; reconoce por su obediencia y afecto, los tesoros de abnegación que encuentra en este corazón fiel y manso. ¡Qué gloria en el cielo, qué poder sobre todas las cosas, correspondiendo a su poder y santidad en este mundo, no son ahora el patrimonio de aquel que, mejor que Moisés, penetró los secretos de la nube misteriosa y conoció todos los bienes!'.

El Gradual y el Tracto, siguen, como eco de la Epístola, para cantar los privilegios del hombre que, como nadie, ha justificado este verso del salmo: La gloria y las riquezas están en su casa y su justicia permanece por los siglos de los siglos.

GRADUAL

Señor, le previniste con bendiciones de dulzura: pusiste en s'u cabeza una corona de piedras preciosas, y. Te pidió vida, y tú le diste largura de días por siglos de siglos.

TRACTO

Bienaventurado el varón que teme al Señor: en sus mandamientos se deleitará sobremanera. V. Poderosa será en la tierra su semilla: la generación de los rectos será bendecida. 7. Gloria y riquezas habrá en su casa: y su justicia permanecerá por siglos de siglos.

EVANGELIO

Continuación del santo Evangelio según San Mateo (Mt„ 1, 18-21).

Estando desposada con José, María, la Madre de Jesús, antes de que se juntasen, se halló haber concebido del Espíritu Santo. Mas José, su marido, como fuese justo y no quisiera difamarla, pensó abandonarla secretamente. Y, pensando él en esto, he aquí que se le apareció en sueños el Angel del Señor, diciéndole: José, hijo de David, no temas recibir a María, tu mujer, porque, lo que ha nacido en ella, del Espíritu Santo es. Y dará a luz un Hijo, y le llamarás Jesús, pues El ha de salvar a su pueblo de sus pecados.

LA PRUEBA DE SAN JOSÉ. — Dios sometió al Esposo de María a una prueba durísima. José, tal es la experiencia de las almas más santas había de ser para sus devotos una guía incomparable en la vía espiritual; y esta es la razón por la que él debía conocer también la aflicción, crisol necesario, donde toda santidad se purifica. Mas la Sabiduría no abandona nunca a aquellos que buscan sus veredas. Como lo canta la Iglesia en este mismo día, ella conducía al justo por las vías rectas, sin la cual, él no tiene conocimiento, y le mostraba su divina luz en esta noche donde sus pensamientos buscaban penosamente descubrir el camino de la justicia; le fué dado el conocimiento de los secretos celestiales; en recompensa del sufrimiento del corazón, veía el lugar que le reservaba el inscrustable plan de la Divina Providencia, en este reino de Dios, cuyos resplandores estaban llamados a iluminar por siempre, desde su pobre morada, al mundo entero. Verdaderamente, pues, podía reconocer que la Sabiduría, en efecto, había ennoblecido su trabajo y fecundado sus penas. Siempre del mismo a modo da a los justos el premio de sus trabajos y les conduce por vías admirables.

Cantamos en el Ofertorio esta efusión de grandezas divinas, que elevan al humilde artesano de Nazaret por encima de todos los reyes, sus antepasados.

OFERTORIO

Mi verdad y mi misericordia están con él: y en mi nombre será exaltada su fortaleza.

En la Secreta sepamos con la Iglesia confiar, al bienaventurado custodio del Niño-Dios la protección de los dones de Dios en nuestras almas; él alimentará a Jesús en nosotros y le hará crecer a la estatura de hombre perfecto, como lo hizo hace xx siglos.

SECRETA

Ofrecérnoste, Señor, la deuda de nuestra servidumbre, rogándote humildemente protejas en nosotros tus dones, por los sufragios de San José, Esposo de la Madre de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, en cuya veneranda festividad te inmolamos estas hostias de alabanza. Por el mismo Señor.

La Iglesia reemplaza hoy el Prefacio ordinario de Cuaresma, por una fórmula especial de acción de gracias, donde mezcla a los acentos de su gozo y de su reconocimiento, el recuerdo del santísimo Esposo de la Virgen, Madre de Dios. Este prefacio, que se dice en todas las misas de San José, fué introducido en el Misal romano por el Papa Benedicto XV.

PREFACIO

Es verdaderamente digno y justo, equitativo y saludable que. siempre y en todas partes, te demos gracias a ti, Señor santo, Padre omnipotente, eterno Dios: Y el que te alabemos, bendigamos y ensalcemos con las debidas alabanzas en la fiesta de San José. El cual, por ser Un varón justo, fué dado por ti como Esposo a la Virgen Madre de Dios: y como un servidor fiel y prudente, fué constituido sobre tu Familia: para que guardara con paternal cuidado a tu Unigénito, nuestro Señw Jesucristo, concebido por obra del Espíritu Santo. Por quien alaban a tu Majestad los Angeles, la adoran las Dominaciones, la temen las Potestades; los cielos, y las Virtudes de los Cielos, y los santos Serafines, la celebran con igual exultación. Con los cuales te pedimos admitas también nuestras voces, diciendo con humilde confesión: Santo...

La Comunión recuerda el mensaje del ángel, cuando anuncia a José que Dios mismo ha tomado posesión de María, su Esposa. Es el Banquete sagrado ¿no asemeja la feliz suerte de la Iglesia a la de la Virgen Madre?

COMUNION

José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa porque lo que ha nacido en ella, del Espíritu Santo es.

La Poscomunión vuelve a expresar la idea que insinuó la Secreta: que Dios se digne poner de nuevo sus dones, y el mismo Jesús que acabamos de recibir, bajo la custodia, tan segura, de José.

POSCOMUNION

Asístenos, oh Dios misericordioso, te lo suplicamos: y, por intercesión del santo Confesor José, conserva propicio en nosotros tus dones. Por el Señor.

PLEGARIA DE ALABANZA A SAN JOSÉ. — Padre y protector de los fieles, glorioso San José: bendecimos a nuestra santa madre la Iglesia que, en el declinar del mundo, nos ha enseñado a esperar en ti. Largos siglos pasaron sin que tus grandezas fuesen manifiestas; pero tú has sido en el cielo uno de los más poderosos intercesores del género humano. Jefe de la sagrada familia, de la cual un Dios era miembro, sigues ejerciendo tu ministerio paternal para con nosotros. Tu acción oculta se hacía sentir en la salvación de los pueblos y de los particulares; mas la tierra experimentaba tu ayuda, sin haber aún instituido, para reconocerla, los homenajes que hoy te ofrece. Un conocimiento mejor entendido de tus grandezas y de tu poder, la proclamación de tu patrocinio, sobre todas nuestras necesidades, estaba reservado a estos desventurados tiempos, cuando el estado del mundo, en situación desesperada, invoca los socorros que no fueron revelados a los tiempos precedentes. Nosotros venimos, pues, a tus plantas, ¡oh José! para rendir homenaje en tí a un poder de intercesión que no conoce límites, a una bondad que abraza todos los hermanos de Jesús en una misma adopción.

Ninguna de nuestras necesidades es ajena a tu conocimiento y a tu poder; los menores hijos de la Iglesia tienen derecho a recurrir a ti de día y de noche, seguros de encontrar en ti la acogida de un padre tierno y complaciente. Nosotros no lo olvidamos, ¡oh José!, te pedimos que nos ayudes en la adquisición de las virtudes, de las que Dios quiere que esté adornada nuestra alma, en los combates que tenemos que tener con nuestro enemigo, en los sacrificios que estamos obligados a hacer con frecuencia. Haznos dignos de ser llamados hijos tuyos, ¡oh tú, Padre de los fieles! Mas tu soberano poder no se ejerce solamente en los intereses de la vida futura; la experiencia de todos los días, muestra cuán poderoso es tu socorro para obtener la protección celestial en las cosas temporales, mientras nuestros deseos no son contrarios a los designios de Dios. Osamos, pues, depositar en tus manos nuestros intereses de este mundo, nuestras esperanzas, nuestros deseos y nuestros temores. Te fué confiado el cuidado de la casa de Nazaret; sé el consejero y ayuda de todos los que abandonan en tus manos sus quehaceres temporales.

Augusto jefe de la sagrada familia: la familia cristiana está bajo tu cuidado especial; vela sobre ella en estos tiempos calamitosos. Responde favorablemente a aquellos y aquellas que se dirigen a ti en esos momentos solemnes, cuando tienen que escoger la ayuda con la que tienen que pasar esta vida y preparar el camino para otra mejor. Mantén entre los esposos la dignidad y el respeto mutuo que son la salvaguardia del honor conyugal; obténles la fecundidad, muestra de celestiales bendiciones. Tus devotos oh José, aborrezcan esos infames cálculos que socaban lo que hay de más santo, atraen la maldición divina sobre las razas y amenazan a la sociedad con una ruina moral y material a la vez. Disipa los prejuicios tan vergonzosos como culpables; haz que vuelva al honor esta santa conciencia, cuya estima deben conservar siempre los esposos cristianos, y a la cual están obligados a rendir homenaje, so pena de ser como paganos, de los que dijo el Apóstol, "que seguían sus apetitos porque no conocían a Dios".

Finalmente una postrera plegaria, ¡Oh glorioso San José! Existe en nuestra vida un momento supremo, momento decisivo para toda la eternidad: el momento de la muerte. Sin embargo de eso, al examinarnos, nos sentimos con menos inquietudes, sabiendo que la divina bondad lo ha hecho uno de los principales objetos de tu soberano poder. Has sido investido de misericordioso cuidado para facilitar al cristiano que espera de ti, la ayuda para la eternidad. A ti, oh José, nos debemos dirigir para alcanzar una buena muerte. Esta prerrogativa debía reservársete a ti, cuya muerte feliz, entre los brazos de Jesús y de María, fué la admiración del cielo y uno de los más sublimes espectáculos que ha ofrecido la tierra. Sé, pues, nuestro recurso, oh José, en este solemne y último instante de la vida terrena. Confiamos en María, a la que rogamos cada día, que nos sea propicia en la hora de nuestra partida; mas sabemos que María se alegra de la confianza que nosotros tenemos en tiy y que, donde estás tú, ella también se digna estar igualmente. Fortalecidos por la esperanza de tu paternal bondad, oh José, esperamos tranquilos la hora decisiva, porque sabemos que, si somos fieles en pedírtela, tu ayuda nos está asegurada.

SANTORAL DEL MES DE MARZO