CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

MATERNIDAD DIVINA Y HUMANA DE MARÍA
María Cecilia Gondra


Maternidad Divina

La Santísima Virgen María es propia, real y verdaderamente Madre de Dios, puesto que engendró al Verbo de Dios encarnado. Esto es dogma de fe expresamente definido por la Iglesia (Concilio de Efeso), y es precisamente este título el que eleva a María hasta una dignidad incomparable con el resto de las creaturas y en cierto modo infinita, porque en virtud de este atributo Ella participa del Orden Hipostático, o sea del Orden relativo a la Encarnación del Verbo, que es el orden más alto del universo.

Las primeras palabras de la Sagrada Escritura sobre la Maternidad Divina de María Santísima, están en el Génesis, el primero de los Libros que escribió Moisés por inspiración divina. Es sabido que los libros canónicos de la Sagrada Escritura — es decir los admitidos como tales por la Iglesia— son directamente inspirados, dictados por Dios a sus autores materiales, conocidos unos y otros anónimos.

En el Génesis —capítulo III, versículo 15— se dice: "Inimiticias ponam ínter te et Mulierem, et semen tuum, et semen ellius: Ipsa conteret caput tuum, et tu insidiarebus calcáneo Ejus" (Pondré enemistades entre tú y la Mujer, y entre tu descendencia y la descendencia de Ella. Ella quebrantará tu cabeza y tú tratarás de morderle el talón).

Estas palabras no pueden sino referirse a la Virgen Santísima porque solamente esta Madre Virgen, por obra directa del Espíritu Santo Dios, Tercera Persona de la Santísima Trinidad, podía quebrantar la cabeza del demonio, por intermedio de su Divino Hijo. Como simple mujer, es decir, como simple ser humano, no podía vencer al demonio, ser espiritual y excelente por naturaleza (cuando era un ángel de Dios), aunque perverso por accidente, muy superior a las fuerzas todas del hombre redimido por la Pasión de Jesús.

En estas palabras misteriosas de Dios, en el momento mismo de haberse cometido el pecado original, el pecado humano más grande que se haya cometido (porque fue hecho por quienes sabían incluso más que nosotros) están contenidas la Promesa y revelación de la Virgen Madre de Dios.

En el Antiguo Testamento, el Profeta Isaías, dice en el capítulo VII, versículo 1: "Sabed que una Virgen concebirá y parirá un Hijo, y su nombre será Emmanuel, que quiere decir "Dios en nosotros". Este es anuncio indudable, pronunciado siete siglos antes del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, de la Maternidad Divina de María, porque no es posible que una Virgen consagrada, una Virgen Purísima, dé a luz un Hijo sino por intervención divina; por tanto el fruto de esa Virgen tiene que ser necesariamente el Dios hecho Hombre.

Este hecho es verificado por tres evangelistas: San Mateo, San Lucas y San Juan, los cuales afirman que María era Madre de Dios hecho Hombre. El que contiene más detalles de esto es San Lucas, que es quien más minuciosamente habla del nacimiento y vida privada de Jesucristo. San Lucas no fue apóstol sino convertido por San Pablo, y probablemente gentil. Es tradición milenaria en la Iglesia que San Lucas conoció a Nuestra Señora, y hasta se afirma que fue obra suya el cuadro "Santa María del Perpetuo Socorro". En esto se basa la creencia de que se informó por boca de Ella de todos los detalles que da.

El Libro de los Hechos de los Apóstoles —escrito también por San Lucas— confirma la Maternidad Divina de María, sobre quien descendió el Espíritu Santo apareciéndose como una lengua de fuego, sobre su cabeza, en Pentecostés.

San Marcos no habla de la Maternidad Divina de María porque comienza su Evangelio con la predicación de Jesús.

En el siglo V de nuestra era, por los años 420 a 430, surgió la herejía de Nestorio (monje de Antioquía y Patriarca de Constantinopla), quien sostuvo que María no era Madre de Dios, del Verbo Divino, sino del Hombre Jesús.

Después de una serie de tentativas para convencerlo que se retractara de su error gravísimo, se reunió el Concilio de Efeso —III Ecuménico— en el año 431, el cual condenó la herejía de Nestorio, definiendo como dogma de fe las verdades que el gran San Cirilo de Alejandría levantara contra Nestorio.

Nestorio afirmaba que en Jesucristo no solamente hay dos naturalezas como enseña la Fe Católica, sino también dos personas diferentes: una persona humana y una Persona Divina. Así, según Nestorio, María fue madre de la persona humana (Cristotókos) pero no Madre de la Persona Divina (Teotókos). No sería entonces Madre de Dios sino Madre de Cristo. Esto fue condenado por el Concilio de Efeso.

Posteriormente, en el año 451 —bajo el pontificado de San León Magno— se reunió el Concilio de Calcedonia que condenó la herejía de Eutiques (monofisismo) que sostenía el error contrario al de Nestorio, o sea, que en Cristo no había más que una sola naturaleza, la divina. La Iglesia definió claramente en Calcedonia que en Cristo hay dos naturalezas (una divina y otra humana) en una sola Persona, la Persona Divina, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad.

Dijo el Concilio de Efeso: "No porque la Naturaleza Divina tomase principio de la Virgen, ni porque fuese necesario que el Verbo naciera por segunda vez, lo cual sería vana y ridícula creencia, puesto que el Logos es anterior a todos los siglos y coeterno con el Padre, sino porque para nuestra salvación unió a Sí la naturaleza humana y procedió de mujer. No nació primero de María el Cristo-Honibre, y luego habitó en el Verbo, sino que en las mismas virginales entrañas se hizo carne". El Papa San Celestino confirmó la decisión del Concilio. Es de notar que en Efeso había vivido la Santísima Virgen acompañada de San Juan, y allí tuvo lugar su dormición, siendo inmediatamente asunta a los Cielos.

San Alfonso María de Ligorio en su libro "Las Glorias de María" dice citando al Eclesiastés (capítulo 24, versículo 24), que la Virgen y Madre afirma: "Yo soy la Madre del Amor Hermoso", y pocos párrafos más adelante agrega recordando al Profeta David: "Salva Señor al Hijo de tu esclava". San Alfonso añade: "¿De qué esclava? —pregunta San Agustín—. De la que dijo al ángel: He aquí la esclava del Señor".

Es pues indudable por afirmaciones del Antiguo y Nuevo Testamento, que María es Madre del Verbo Divino hecho Hombre, y Madre Virgen, al decir de los teólogos: Virgen antes del parto, Virgen durante el parto y Virgen después del parto, conforme lo consigna una antiquísima tradición en la Iglesia. El Hijo de Dios hecho Hombre salió del seno de María de un modo milagroso sin romper la virginidad de su Madre. Nada es imposible para Dios; así como no le fue imposible que Ella concibiera sin intervención de elemento humano alguno.

La Santísima Virgen María, según enseña San Luis María Grignion de Montfort sabía que la profecía de Isaías estaba por cumplirse, porque Dios la hizo Sede de la Sabiduría ("Sede Sapientia"). Ella sabía que el tiempo de la llegada de la Salvación por el Mesías estaba próximo, y al mismo tiempo se veía a sí misma dotada de gracias extraordinarias por Dios. Pero en su perfectísima humildad no se consideraba digna de ser la Madre del Mesías. No se consideraba digna siquiera de las gracias que recibía. Además había hecho voto de virginidad perpetua, como le dice el ángel que Dios le envía con la maravillosa embajada. Es la única objeción que pone y se turba diciendo aquellas palabras que son una plena aceptación del plan de Dios por un lado, y por el otro una demostración del bajo concepto que de sí misma tenía: "He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra". Más adelante lo confirma también en el Magnificat: "Ha mirado la humildad de su Sierva" (San Lucas, capítulo I, versículo 46).

En el Catecismo Mayor de San Pío X —capítulo IV, "Del Tercer Artículo", se afirma expresamente que el tercer artículo del Credo, nos enseña que el Hijo de Dios tomó cuerpo y alma como tenemos nosotros, en las purísimas entrañas de María Virgen, por obra del Espíritu Santo, y que nació de esta Virgen.

En cuanto a la maternidad humana de María, tenemos el testimonio de San Juan (capítulo XIX, versículo 26-27) que dice: "Habiendo mirado pues Jesús a su Madre y al discípulo que El amaba, el cual estaba allí, dice a su Madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después dice: al discípulo: Ahí tienes a tu Madre".

La forma indiscriminada y general en que Jesús habla, está indicando que en Juan se refiere a todos los hombres. De aquí nace la tradición inmemorial en la Iglesia de que María Santísima es Madre nuestra, aunque no por naturaleza, sí por adopción.

San Luis María Grignion de Montfort expresa: "Dios Padre quiere crearse hijos por María hasta la consumación del mundo y por eso le dice estas palabras: "In Jacob inhabita..." (Habita en Jacob), es decir, haz tu morada y residencia en mis hijos, los predestinados figurados en Jacob". Y luego agrega el mismo santo: "Así como en la generación natural y corporal hay un padre y una madre, también en la generación sobrehumana y espiritual, hay un Padre, que es Dios, y una Madre que es María. Todos los verdaderos hijos de Dios y predestinados, tienen a Dios por Padre y a María por Madre, y quien no tiene a María por Madre no puede tener a Dios por Padre" (Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen).

María es un misterio de Dios. Ella existe en relación al pecado que cometió Adán, pero esto no significa que Dios no la hubiera creado igual si no existiese la culpa: los designios de Dios son inescrutables.

Lo concreto es que María fue hecha llena de gracia ("gratia plena") para ser Madre de Dios, y junto con El, ser Co-Redentora del género humano, para restablecer el desorden causado por el pecado. O sea, que Ella es Madre de Dios por gracia, y Madre nuestra por misericordia.

María es la obra maestra de Dios. Es la perfección de la gracia en una creatura humana, que nació fiel en la mente de Dios y vive fiel para siempre en el Cielo.

María Santísima es el triunfo de Dios sobre el demonio; es nuestro único y bendito recurso (porque así lo quiso Dios) para llegar a El. San Juan Bosco decía: "Es imposible llegar a Jesús si no es por I medio de María". Ella es la reconciliación con la Cruz, fuente de alegría, auxilio de los cristianos, como la Iglesia la bendice en sus letanías. Vivamos en María y Ella nos llevará consigo, no sólo en esta tierra, sino también al fin de nuestras vidas, nos llevará con Ella a Dios.

Una antigua canción española, del siglo diez y seis, decía:

                                                                         "¡Madre de Dios y de nos!...
                                                           que si es Madre de Dios.
                                                             lo es por nos..."

De: "Fidelidad a la Santa Iglesia, NºXI

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DEVOCIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA