CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

Revista Roma N° 5 - Julio de 1968
EL ASESINATO YA NO ES UN CRIMEN

F. P. de Chanteiro


EL ASESINATO YA NO ES UN - F. P. de Chanteiro

El 22 de abril se inauguró en Teherán la primera conferencia internacional, conmemorativa del XX aniversario de la “Declaración de los Derechos del Hombre”, proclamada el día 10 de diciembre de 1948.

Basta con seguir atentamente el curso, tan apasionado, de su gestación, a través de las comisiones y subcomisiones que en esa laboriosa gestación intervinieron, hasta llegar a la sesión solemnísima de la Asamblea General de las Naciones Unidas, del 10 de diciembre de 1948, para hacerse cargo de cómo las bases sobre las que descansa la Organización de las Naciones Unidas no garantizan, ni jamás podrán garantizar, la solidez de esta su construcción jurídica, de apariencias tan magníficas, que se llama “Declaración Universal de los Derechos del Hombre” y que recuerda, inspirándose en ella, la “Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano”, proclamada en 1789 por la Revolución Francesa.

Toda la historia humana —escribió San Agustín— puede ser esquemáticamente resumida en el antagonismo de lo que él llama las dos Ciudades siempre en guerra. Guerra que tiene su origen en la que radicalmente opone a los dos hombres, que hay en todo ser humano. El hombre es una sociedad en miniatura; la sociedad humana viene a ser como la ampliación del hombre, multiplicado en el tiempo y en el espacio.

Lo que divide y separa a esos dos hombres, que hay dentro de cada uno de nosotros, es, en definitiva, Dios. Lo que separa a las dos Ciudades, a las dos Sociedades, que hay en toda sociedad o ciudad humana, es, en definitiva, Dios.

Dios puso en el fondo de nuestro ser humano la expresión de su voluntad (Rom. 2,14-15), que nos indica el fin y objeto de la existencia. La voz de la conciencia nos dice a todos lo que debemos hacer y debemos evitar.

Dios hizo al hombre de suerte que éste no puede menos de buscar y querer el bien y de afirmar que se debe buscar y hacer el bien y que se debe siempre aborrecer el mal. Aun el asesino, que mata a un inocente, no puede menos de pensar y de afirmar que el asesinato es algo esencialmente malo. Precisamente por eso tratará de “justificarse” ante los demás y ante sí mismo con razones que “justifiquen” su acción; pero no podrá llegar a pensar ni a decir que el asesinato en sí mismo es algo bueno.

En el curso de la tercera sesión de la Asamblea General fue donde se puso de manifiesto la endeblez de la proyectada “Declaración de los Derechos del Hombre”. De esta, por otra parte, admirable ordenación jurídica internacional, se logró, sin echarla abajo aparentemente, el excluir a Dios, base y garantía de los derechos fundamentales que el hombre puede tener y que fueron después tan claramente proclamados. Pero, nos preguntamos, ¿sobre qué basar, si se excluye a Dios, tales Derechos del Hombre y, sobre todo, cómo garantizarlos?

Contra lo propuesto por el Brasil, por Colombia, por Bolivia, por la Argentina, etc., se alzaron principalmente la Rusia de los Soviets y Francia. La batalla filosófico-social-jurídica, que se libró en el Palacio de Chaillot, terminó —como terminan casi siempre los grandes debates que dan origen a un Pacto Internacional— después de una serie ininterrumpida de concesiones y claudicaciones. Resulta interesantísimo, y a la vez tristísimo, el repasar, veinte años después, las crónicas de aquellos días. Inglaterra, China, Africa del Sur y Chile propusieron unas fórmulas neutras, jurídicamente bien estructuradas, pero sin base alguna, que recordase a Dios. “¿Para qué Dios, al hablar de los Derechos del Hombre?”.

En 1948 fue, pues, el hombre sin Dios quien legisló, como el hombre sin Dios había legislado en 1789, a pesar de sus alusiones al Ser Supremo. Y, como siempre, ese hombre sin Dios alzó en 1948 sus torres de Babel sin preocuparse de las bases en que se debe asentar toda sólida construcción humana, sea o no sea internacional.

No matarás

El artículo 3, por ejemplo, de la “Declaración de los Derechos del Hombre” dice así: “Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona".

¿En qué otra cosa puede mejor descansar ese derecho de vivir, sino en el MANDAMIENTO de Dios que dice por una parte: “crede y multiplícate” y que, por otra parte manda “NO MATARAS”? En el fondo de todo ser humano la voz de Dios que manda, grita en la voz de la conciencia. No hace falta ser cristiano para escuchar esa voz. Que no es ley esencialmente positiva, sino ley natoral, radicada en la misma esencia del ser humano. Si no se acepta el DEBER de observar ese Mandamiento, ¿quién puede, fuera de Dios, imponer el DEBER de aceptar el DERECHO que también los otros tienen a vivir?

La bomba atómica que destruyó Hiroshima resulta muy poca cosa en comparación con los efectos que en el Japón tiene el aborto.

Cerca de cuatro millones de japoneses mueren antes de nacer todos los años, víctimas del aborto; del aborto legal casi la mitad, y del aborto más o menos clandestino todos los otros. ¿Cuándo comienza, de acuerdo con la “Declaración de los Derechos del Hombre”, el derecho a la vida solemnemente reconocido en 1948, y cuándo, por consiguiente comienza el deber de no matar?

El estruendo causado por aquella bomba atómica tiene todavía ecos de escándalo farisaico en el mundo y sobreexcita la sensibilidad de las muchedumbres, a las que se azuza violentamente contra la NO VIOLENCIA.. . y, sin embargo, nadie clama contra el aborto, que hace en Japón más víctimas todos los años que doce bombas como la bomba de Hiroshima.

Y si fuera solamente el Japón, en cuya historia tuvo el infanyicidio legal un carácter de norma tradicional, durante siglos!.. .

No hace muchos meses todavía que en la Televisión Francesa, y en una emisión dedicada al problema de la educación sexual, se dijo por quien puede oficialmente saberlo muy bien, que “resultaría quizá exagerado el afirmar que el número de víctimas del aborto en Francia llega al número de los nacimientos”.

En Inglaterra, donde los abortos más o menos clandestinos, oficialmente constatados, pasaban anualmente de los 80.000, acaba de entrar en vigor, con fecha del 27 de abril, la ley que autoriza el aborto, adoptada por la Cámara de los Comunes el 14 de julio de 1967 y por la Cámara de los Lores el 24 de octubre del mismo año. Las doscientas mil y más mujeres que anualmente solicitan el aborto, pueden ya legalmente optar por ese medio de suprimir al hijo que vive ya en sus entrañas... si obtienen el acuerdo favorable de dos médicos. El aborto causa, pues, en la actualidad, en Inglaterra y en Francia, más víctimas entre la población civil, que las que causaron los bombardeos de la última guerra mundial.

¿Para qué seguir hablando de lo que ocurre en los Estados Unidos, en Alemania, en Suiza. .. y en España también..., si el mismo secretario general de las Naciones Unidas se pronunció el día 11 de diciembre del año pasado, en Nueva York, en favor del derecho que, según él, tienen los padres a limitar el número de sus hijos, como una posibilidad, que directamente brota de la “Declaración de los Derechos del Hombre?”.

“NO MATARAS”. El Mandamiento de Dios clamará siempre en el fondo de todo ser humano.

Pero... ¿quién es Dios para decir al hombre: NO MATARAS? La “Declaración de los Derechos del Hombre” ignora a Dios. Si se ha de matar o no se ha de matar y en qué circunstancias y a quiénes, eso lo verán y lo dirán —pese al artículo 3° de la “Declaración de los Derechos del Hombre”— los que en las Asambleas Legislativas de cada país representan a la Nación Soberana.

Y mientras se condena a muerte a tantos y tantos millones de seres humanos que no han nacido —hijos quizás de unas madres cristianas, y aun católicas, que, al asesinarlos por el aborto, les quitan no solamente la vida temporal sino el derecho a la vida divina que el bautismo les hubiera dado— hay Doctores en Sagrada Teología y en Derecho, que se alzan contra la pena de muerte, si esa pena de muerte es decretada por la sociedad como castigo de ciertos crímenes horrendos, y se callan y no gritan contra la pena de muerte, si esa pena de muerte se decreta contra unos seres del todo inocentes y que, como sus padres y asesinos, tienen derecho a vivir.

Revista "Roma" N° 5, Pg. 36

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